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Cuba: ¿Dónde está el milagro?

Cuba: ¿Dónde está el milagro?
Contrario a lo vaticinado por analistas y académicos pagados por poderosos intereses, la transición socialista cubana rebasó los terribles años 90 con el respaldo mayoritario de la población y poco más de un lustro después asombra al mundo.

El milagro político de la Revolución subsiste, a pesar de las rudas limitaciones económicas afrontadas entonces, del despegue de algunos problemas sociales y de las campañas propagandísticas articuladas por los sectores conservadores del exilio y de las fuerzas de poder en Estados Unidos o Europa.

Elocuentes fueron las respuestas del pueblo a los protagonistas de los disturbios escenificados en el malecón habanero en agosto de 1994, o a las masivas jornadas realizadas para exigir la devolución del niño secuestrado en Miami, Florida, Elian González, o las convocatorias anuales del Día Internacional de los Trabajadores.

También los votos ciudadanos acumulados durante los comicios electorales efectuados en la Mayor de las Antillas desde la instauración del Poder Popular, en 1976: tanto en las elecciones parciales, cada dos años y medio, como generales, cada cinco, este indicador superó el 95 por ciento.

En octubre de 2002, durante el proceso de selección de los integrantes de los gobiernos municipales, el 95,75 por ciento de los ciudadanos cubanos con derecho al sufragio concurrieron a las urnas, casi 85 mil más que en los comicios efectuados dos años antes.

Muchos se preguntan dónde está el secreto de tan bajos índices de abstencionismo, contrario a la tendencia en el mundo, sobre todo si se considera que en Cuba no existe la más mínima coacción para ejercer lo que por ley es un derecho voluntario, mediado por la movilización de las organizaciones de masas para que la ciudadanía concurra.

¿Por qué la mayoría de las personas asisten a las urnas incluso en las primeras horas de los sufragios? Es probable que la respuesta quede inconclusa, pero de lo que no cabe duda alguna es de que la inmensa mayoría de los cubanos sienten ese acto como una reafirmación de apoyo a la Revolución y una responsabilidad ciudadana.

Los procesos eleccionarios devienen momento de unidad nacional y de defensa de la soberanía de este archipiélago, mientras en algunos países de América Latina y el Caribe este indicador ha oscilado entre 32 y 57,1 por ciento, como ocurrió en Colombia en 1998, reflejo del descontento generalizado con la clase política local.

Estas y otras demostraciones de fe en el proceso transformador inaugurado en enero de 1959, demostraron la existencia de inigualables reservas morales creadas de manera progresiva en la conciencia colectiva del sujeto popular por lo que el intelectual cubano, Rafael Hernández, denominara la mano invisible del socialismo.

De igual modo, acciones de esa naturaleza desmintieron el supuesto rompimiento de los habitantes de este país con el sistema en vías de construcción o con los líderes de la Revolución Cubana, desde el ángulo ideológico, político, social o societal.

El aprecio ciudadano a la dirección gubernamental y a su habilidad estratégica en el orden político, la efectividad del debatido rediseño de la economía local y la aplicación de un sui generis modelo sociológico con perspectivas futuristas, son apenas algunos de los factores que explican la superación de la crisis vivida en los 90.

Más allá de frías estadísticas, el milagro cubano revela la validez de la constante superación de estructuras, instituciones, modos de pensar, actuar y reinventar el desarrollo de una nación por vías realmente democráticas.

Los efectos inmediatos del Período Especial en Tiempos de Paz, sólo comprensibles desde la óptica de sus principales testigos- el pueblo cubano-, pusieron en juego la capacidad creativa de los nacionales desde sus hogares hasta en la academia.

Ingeniosas alquimias, que contrarrestaron carencias de aseo personal u otras, culinarias atípicas, inimaginables modos de transportación y múltiples iniciativas populares, tuvieron como respaldo y acicate la elaboración de propuestas científicas destinadas a evitar el rompimiento con la orientación socialista de los cambios implementados en ese entorno.

Entre las elaboraciones más importantes de la etapa estuvo el rejuvenecimiento y fortalecimiento de la institucionalidad del país, sin desatenderse del concepto de plurirrepresentatividad social, concebido como una alternativa al pluripartidismo y que sustenta toda la experiencia democrática en esta nación.

Los cambios introducidos en la Constitución y en la Ley Electoral, en julio y octubre de 1992, de forma respectiva, ampliaron los espacios para el ejercicio de los derechos políticos de todos los ciudadanos y validaron el respeto a las diferencias de opiniones en ese sentido.

De hecho, las nuevas normativas para los comicios restringieron aún más el papel de los representantes políticos territoriales en la nominación de candidatos a las Asambleas Provinciales y a la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento).

Según la Ley no. 1305 de 1976 y la Ley no. 37 de 1982, los dirigentes del Partido Comunista de Cuba presidían las Comisiones de Candidaturas encargadas de elaborar las listas de Candidatos a Delegados a esos entes de gobierno.

Pero a partir de la reforma electoral establecida en 1992, miembros de la Central de Trabajadores de Cuba presidieron esas labores sin la participación de representantes de las organizaciones políticas.

Los cambios introducidos avalaron la elección, en las asambleas barriales de electores o de circunscripción, de los delegados a las Asambleas Provinciales del poder Popular, cimiente del sistema participativo de poder en este país.

La selección de los candidatos, por voto directo y público de la mayoría de los participantes en las asambleas de vecinos, parte de las propuestas realizadas por los ciudadanos habilitados, que a tono con la legislación vigente, son las personas mayores de 16 años facultadas política y mentalmente.

Estas tienen el derecho de proponer y ser elegidos en las Asambleas y se traduce en su posible asunción como legislador en un futuro, de vencer las distintas etapas previstas para los sufragios desde el nivel barrial hasta el nacional.

Antecedido por la supresión de las sanciones o limitaciones para el ingreso de los creyentes a las organizaciones políticas fundamentales, en este ámbito también se eliminaron las disposiciones discriminatorias hacia los seguidores de cualquier religión que subsistían en la legislación fundamental de la República.

Punto de partida de estas renovaciones fue la celebración del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (1992), en el cual se modificaron los Estatutos y se eliminaron las ambiguas formulaciones que permitían interpretar la no aceptación de los creyentes religiosos en las filas de esa organización.

En ese encuentro se propusieron además los cambios en la Carta Magna, que implicaron la precisión explícita del carácter laico del Estado, de la libertad religiosa en tanto derecho y de la no discriminación por razones religiosas.

De igual modo, la Constitución garantizó a partir de esa fecha que no se impidiera el ejercicio del culto, con agravantes si el delito fuera practicado por algún funcionario estatal, con lo cual se desterraba cualquier posibilidad de abuso de poder u otro similar.

Muy a la par, la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del PCC- encargada desde los años 60 de las relaciones oficiales con las organizaciones religiosas- desplegó una estrategia favorable al acercamiento a las denominaciones religiosas nacionales y extranjeras, con lo cual evidenció el afán por superar distancias y viabilizar la comprensión.

Aunque práctica social y política intermedia exigen aún la superación de algunos tabúes alrededor de estos y otros temas, tales disposiciones y las normativas electorales adoptadas entonces sentaron las pautas para la superación de obsoletas concepciones tendientes a lastrar el necesario apoyo popular.

Conllevaron además al fortalecimiento de la representatividad social en los distintos órganos de dirección del archipiélago, al contemplarse en su aplicación la urgencia de superar concepciones adultocéntricas y falocéntricas arrastradas desde antaño.

La potenciación del rejuvenecimiento del cuerpo parlamentario y de las diversas estructuras de gobierno, y de la inclusión paulatina de mujeres en los diferentes órganos de mando, armonizó con los cambios socioculturales, laborales y demográficos registrados en el territorio hacia esos años.

Estas variables sirven apenas de referentes en el intento de abarcar las posibles fuentes de energía de la magia del socialismo cubano y del inagotable respeto a su principal guía, el Comandante en Jefe Fidel Castro, más ratifican la vitalidad de una alternativa de desarrollo orientada al rescate de lo mejor de los seres humanos.

Las actuaciones de un número considerable de profesionales creados por la Revolución, durante su casi medio siglo de existencia, despiertan la admiración en todos los rincones del mundo por quienes permanecen montados en el tren rodante desde el primero de enero de 1959.

A su vez, prueban la capacidad regenerativa de un sistema sociopolítico y económico basado en principios de equidad, que incluso alguna vez llegaron al absurdo con tal de restañar las heridas de un pasado de discriminación, miserias y sometimiento a intereses foráneos.

Esto induce a pensar que, a pesar de los pronósticos sobre el fin de la historia y de las utopías, quedan muchas páginas por escribir sobre este modo de convertir a un pueblo en el principal diseñador, censor y protagonista de su historia.

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