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La indetenible búsqueda del anunciado paraíso

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Ni la construcción de muros contentivos por parte de Estados Unidos, ni otras estrategias contrarias a los derechos humanos detendrán el movimiento migratorio que despegó en Latinoamérica hace más de medio siglo y que hoy alcanza proporciones desmesuradas.

Estadísticas acopiadas por varios organismos internacionales revelan que en el último lustro se incrementó de forma considerable el flujo de personas de esta región, empeñadas en alcanzar el paraíso prometido por los poderosos medios de comunicación globalizados.

A pesar de las frustraciones que enfrentan muchos en el riesgoso camino hacia el norte y del irrespeto que luego deben sortear en los países receptores, los emigrados del área sumaron 25 millones en 2005.

Esta cifra, que marcó la superación de los 21 millones registrados cinco años antes, equivalió al 12 por ciento del total de 200 millones de personas en esa situación en todo el mundo.

Tal proceso seguirá dándose con idénticos volúmenes en las décadas venideras, acarreando para estas naciones la pérdida de poblaciones en edad productiva, la trata de personas, el tráfico de emigrantes y la constante movilidad, coinciden estudiosos de estos temas.

Tendencia tan cuestionada sólo podrá ser contrarrestada impulsando seriamente el desarrollo económico de los países de la zona, donde el porcentaje de personas forzadas a buscar oportunidades más allá de las fronteras locales asciende a un ritmo del cuatro por ciento.

En otros términos, por cada inmigrante que llega a Latinoamérica y el Caribe, cuatro procuran abrirse camino fuera de manera temporal o definitiva para evadir la pobreza que enfrentan en sus naciones y contribuir al bienestar de sus familias.

México, territorio más cercano al principal país receptor de emigrantes del subcontinente, clasifica como el mayor aportador en este proceso, con más de nueve millones de ciudadanos con ese status.

Aunque el 17 de mayo de 2006 el Senado estadounidense aprobó la construcción de un muro de 595 kilómetros a lo largo de la frontera común, en su etapa inicial, y de 800 kilómetros de barreras para impedir el paso de automóviles, esa cantidad sigue en ascenso.

Los miembros de la Comunidad del Caribe, con casi dos millones de emigrados, y Colombia, sujeto a constantes enfrentamientos armados y altos niveles de violencia por más de cuatro décadas, con un millón y medio, clasifican luego en ese listado.

Datos de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) reflejan que los países con menos magnitudes de emigrados oscilan entre los 100 mil y 450 mil, como es el caso de Bolivia, Chile, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Uruguay y Venezuela.

Múltiples factores inciden en el aumento progresivo de esas estadísticas, que pueden variar y determinar la colocación en un orden diferente a estos países si son consideradas en términos relativos.

El flujo migratorio protagonizado por millones de latinoamericanos y caribeños acarrea la constante pérdida de capital humano, en especial, de la población altamente calificada.

De ese modo, la consolidación de una masa crítica de conocimiento en estos territorios se ve sujeta a un constante riesgo y ello reduce las posibilidades de contar con profesionales de valía para aumentar la competitividad.

En cambio, Estados Unidos y otros receptores de emigrantes reciben de manera continua grandes contingentes de mano de obra barata sin haber invertido recursos financieros o de otro tipo en su formación.

Por lo general, estas personas asumen las labores menos reconocidas dentro de la escala social y peor remuneradas en casi todos los países receptores, pero en especial en la tierra del Tío Sam.

La población latinoamericana y caribeña residente en Estados Unidos, según datos del organismo surgido en 1948 bajo el auspicio de la Organización de Naciones Unidas, alcanzó los 18 millones en 2005, es decir, más de la mitad del total de los emigrantes de esta área.

Más, en los últimos años, los destinos posibles de ese grupo humano se diversificaron por la confluencia de las variables que inciden en la expulsión y el aumento de la demanda de trabajadores especializados.

En la multiplicación de destinos también influyeron la estructuración de importantes redes sociales en los países más avanzados económicamente, los vínculos históricos y la interrelación creciente a escala personal por efecto del empleo de tecnologías más abarcadoras para la comunicación.

Las investigaciones demuestran que alrededor de tres millones de latinoamericanos se encuentran fuera de este continente en semejante condición, la mayoría de ellos en Europa.

Mientras los sudamericanos prefieren probar suerte por lo general en Francia, Italia y Portugal, España sigue siendo la elegida por la más de la mitad de los emigrados de esta parte del mundo.

Los caribeños anglo-parlantes o de habla francesa, en cambio, suelen dirigirse hacia Inglaterra y Holanda, amparados en algunos casos por los vínculos establecidos bajo el status colonial.

Aunque en menor cuantía, Canadá, Japón, Australia e Israel, cuentan también con comunidades de emigrados oriundos de esta región, según CEPAL.

Poco interesadas en revertir la depauperación socioeconómica que enfrentan sus pueblos, autoridades gubernamentales y políticos neoliberales miran con beneplácito el fortalecimiento del flujo migratorio hacia el norte.

Esta actitud se basa en el supuesto papel que desempeñan las remesas de dinero enviadas por estas personas a sus familiares, consideradas por varios especialitas como reactivadoras de las endebles economías locales.

Para el 2005, el Banco Interamericano de Desarrollo previó que el monto de los envíos monetarios de los emigrados hacia el subcontinente ascenderían a 55 mil millones de dólares, 10 mil millones más que durante el 2004 y casi el doble que durante el 2002.

Tales pronósticos fueron superados en algunos casos particulares y aún persiste la inclinación al alza en estos registros, corroboran diversas fuentes oficiales y foros regionales.

México, Brasil, Colombia y El Salvador son los países que reciben mayor volumen de dinero en esta parte del hemisferio, contrario a lo que perciben Trinidad y Tobago y Uruguay.

Economistas alertaron que el llamado pulgarcito de Centroamérica mantiene una mayor dependencia de estos envíos en toda el área, ya que representan el 13,5 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB).

Tales registros y la movilidad generada por las remesas explican en parte su incidencia en el ámbito político de distintos países Latinoamericanos, donde en casos específicos fue esgrimida para inclinar la balanza a favor de candidatos presidenciales.

Si se considera la relación entre envíos monetarios y proporción del volumen total de la economía, los países pequeños con ingresos medios o inferiores clasifican como los principales receptores.

Sólo para Nicaragua estos representa un porcentaje mayor que para El Salvador, donde asciende al 15 por ciento anual.

Otros países para los cuales las remesas tienen un peso relativo importante son: Honduras (10,7 por ciento de su PIB), República Dominicana (9,1 por ciento), Guatemala (6,8 por ciento) y Ecuador (5,9 por ciento).

Durante los más de cuatro siglos de existencia que acumulan, los movimientos migratorios en Latinoamérica y el Caribe estuvieron vinculados a una amplia serie de factores de índole histórica, política, económica, cultural y demográfica.

La exportación forzada de negros africanos, ligada a la conquista y colonización del continente, y la necesidad de muchos europeos, sobre todo del sur, de buscar nuevos horizontes, arrastró hacia la región amplios contingentes de población foránea.

También de forma indistinta y en menor medida, chinos, japoneses, y personas provenientes de otros países asiáticos o del Medio Oriente llegaron a estas tierras.

Pero hacia la década de 1950, el subcontinente se transformó vertiginosamente de receptor de migración en expulsor constante de personas por este concepto.

Vista también como una válvula de escape a la que apelan los seres humanos para alejarse de los lugares donde no se consiguen opciones de desarrollo genuinas, la migración internacional mantiene vigencia.

En el ámbito latinoamericano, esta se refuerza ante la falta de perspectivas de futuro debido a la desatención estatal y deviene muchas veces en frustración.

Quienes logran sobrevivir en el tortuoso camino hacia el american way of life no siempre logran revertir la calidad de sus vidas, en cambio, suelen chocar con la burla total a sus derechos ciudadanos.

Lunes, 17 de Marzo de 2008 01:18. Isabel Soto Mayedo #. América Latina

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