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Las venas abiertas de América Latina: un libro para Obama

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    La historia íntegra del subdesarrollo de América Latina es la historia del desarrollo del capitalismo mundial, asegura el ensayista Eduardo Galeano, en ese texto imprescindible que ahora tiene en sus manos el presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

   Gracias al gesto del mandatario venezolano, Hugo Chávez, podrá ilustrarse el sucesor de George W. Bush en cuanto a la trayectoria de dolor de este subcontinente, uno de los más desfavorecidos por el orden mundial establecido a partir del siglo XVI.

   Probablemente, ninguno de los libros de la larga lista que tiene pendiente por leer Obama –como pregonan funcionarios de su gobierno- contenga tanta riqueza acumulada en términos literarios, históricos, culturales, sociológicos, entre otros. Mejor aun: pongo en duda que alguno pueda degustarse como este, frente al cual goza el pensamiento.

   “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.

   Así inicia su recuento el periodista uruguayo, ex colaborador de Prensa Latina, quien de modo magistral recompone la trayectoria de los países situados del Río Bravo a la Patagonia, primero desangrados por los colonialistas europeos y después, por su vecino del norte.

   “Potosí, Zacatecas, y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho”, recuerda Galeano.

   También la desolación ensombreció el porvenir del “nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo que tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa”.

   Estos son apenas los comienzos de un relato que -libre de las ceñidas exigencias de la academia- ínsita a profundizar en los múltiples porqués de las elevadas cifras de pobreza, desnutrición, enfermedades y depredación del medio ambiente arrastradas por estas naciones.

   “Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder”.

   Verdad de Perogrullo parece tal afirmación en esta vigésimo primera centuria, sobre todo para quienes sufrimos las secuelas de estos procesos y en medio de una crisis global de dimensiones ilimitadas, más cada razón esgrimida para reforzarla vale si se trata de aniquilar probables sombras en la memoria.

   “De la plantación colonial, subordinada a las necesidades extranjeras y financiada, en muchos casos, desde el extranjero, proviene en línea recta el latifundio de nuestros días. Este es uno de los cuellos de botella que estrangulan el desarrollo económico de América Latina y uno de los factores primordiales de la marginación y la pobreza de las masas latinoamericanas”.

   ¿Qué efecto tendrá en un descendiente de esclavos africanos releer los abusos sufridos por sus ancestros en tales reinos del terror? Los libros redimen y calman, decía nuestro José Martí, pero también conducen inexorablemente a la reflexión.

   “Del Potomac al río de la Plata, los esclavos edificaron las casas de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron el algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrear los cauces en busca de oro”. Esclavos también construyeron la Casa Blanca.

   El peso de la lejanía cargaron siempre sus espaldas los que, arrancados de sus tierras africanas, lograron sobrevivir a la injusticia y propiciaron con su trabajo la conformación del gran capital que facilitó la revolución industrial, particularmente, en Estados Unidos de América.

   Negros e indígenas son desde entonces los sectores más marginados en todo el hemisferio, salvo en aquellos espacios donde llegaron al poder gobiernos empeñados en revertir milenios de padecimientos.

   Pero pese a los esfuerzos “son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos”.

   Como escrita en este tiempo, parece la alusión del Premio Casa de las Américas a la culpabilidad de los organismos financieros internacionales en esta situación: “so pretexto de la mágica estabilización monetaria, el Fondo Monetario Internacional,…impone en América Latina una política que agudiza los desequilibrios en lugar de aliviarlos.”

   “Nacido en Estados Unidos, con sede en Estados Unidos y al servicio de Estados Unidos, el Fondo opera, en efecto, como un inspector internacional, sin cuyo visto bueno la banca norteamericana no afloja los cordones de la bolsa”. El Banco Mundial y agrupaciones filantrópicas de alcance universal actúan de modo semejante desde los años 1970.

   Sin embargo, poco aluden las poderosas cadenas de comunicación a estos desastres. Mejor, piensan sus directivos, dedicar espacios a especular sobre la supuesta intención malsana de Chávez al ceder en forma pacífica un libro al principal representante estadounidense.

   No importa lo que digan. Cuesta creer que Obama no sucumba a la tentación de leer el texto recibido en Puerto España, en el ámbito de la edición de la Cumbre de las Américas más aplastante para los defensores de la hegemonía norteamericana en el sur.

   La rama de olivo tendida por uno de los líderes del proceso de cambio en estas tierras vale la pena hojearla y ojearla. Sólo el repaso de esas páginas y la interiorización del significado de cada palabra impresa en ellas, puede conducir a buscar fórmulas tendientes a la armonía soñada por esta parte y anunciada por la otra.



 


 

Viernes, 24 de Abril de 2009 08:27. Isabel Soto Mayedo #. Amerrique

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