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Centroamérica: torres más altas de este lado del mundo

Cuando de los rascacielos más altos del mundo se habla, enseguida la imaginación se transporta a Japón, Estados Unidos, China, Dubai y otros lugares, pero en el recorrido bien pudiera reconocerse la intención de los centroamericanos por no quedarse atrás.
Sin cuantiosos recursos económicos como sus rivales en esta lid, si de alturas se trata en el área cabe destacar la torre Global Bank, de Panamá; la Club Premier, de Guatemala; la Cuscatlán, de El Salvador; y la Panorama Life, de Tegucigalpa, Honduras, por sólo citar algunas.
Tales majestuosidades arquitectónicas contemporáneas son muestras de la aplicación de las más modernas técnicas de construcción y sobrepasan el suelo en casi 150 metros como promedio.
Ellas conviven en la zona con restos de un pasado de gloria en el orden constructivo, atribuido en lo fundamental a mujeres y hombres de la cultura maya, entre los que descuellan el guatemalteco complejo de Tikal y el de Copán, en Honduras.
Pese a los efectos nefastos de la ruptura en el desarrollo natural de los pueblos ancestrales de la región -por los procesos de conquista y colonización iniciados en la decimosexta centuria-, la impronta de la modernidad dejó a su paso grandezas como la panameña torre Global Bank.
Esta obra alcanza 176 metros y 43 pisos, por lo que es considerada la más alta y moderna del centro del subcontinente.
Arquitectos coinciden en afirmar que Ciudad de Panamá es la más privilegiada en cuanto a proyectos de alturas considerables por la escasa incidencia de terremotos y otros fenómenos sísmicos, en relación con sus vecinas centroamericanas.
En la metrópoli, elegida junto a la brasileña Curitiba, capital internacional de la cultura en 2003, confluyen los edificios más altos y modernos del área y viejos inmuebles al estilo colonial.
Sin embargo, las restantes naciones de la región despuntan también: la torre Club Premier -con 101 metros y 31 niveles de altura- es la más elevada de su tipo en la capital guatemalteca y destaca entre gran variedad de restaurantes, hoteles, tiendas, cientos de galerías y museos.
Algo similar ocurre con la Panorama Life, su homóloga en Tegucigalpa, Honduras, que funciona como complejo de apartamentos y cuenta con 25 niveles y 101,5 metros de altura.
San Salvador, identificada como el Valle de las Hamacas por la elevada secuencia de terremotos registrados en sus predios desde hace varios siglos, posee majestuosas estructuras como la del Banco de Cuscatlán.
Esta obra dejó atrás a otras de su naturaleza en el llamado pulgarcito centroamericano cuando fue erigida, en 1989, tanto en lo relacionado con la magnitud como en lo tocante a los estilos modernos de construcción.
La torre de Cuscatlán, con 74 metros de altura y 22 niveles, era la más alta del país hasta hace apenas dos años pero corre el riesgo de perder esa condición ante el avance de programas de construcción de complejos de apartamentos y áticos en la parte norte de la urbe.
También San Salvador cuenta con el estadio más grande de Centroamérica y el Caribe -igual identificado por Cuscatlán en honor al antiguo nombre de la ciudad-, con una capacidad para 45 mil personas en gradas.
Managua, capital de Nicaragua, exhibe igualmente gran variedad de edificios de alturas considerables pero los especialistas concuerdan en que el más elevado es la torre del Banco de América.
El inmueble más alto de ese país posee 15 pisos y 56 metros de altura, y su fortaleza quedó demostrada luego de resistir las sacudidas del fuerte terremoto de 1972.
La fuerte sacudida tuvo lugar el sábado 23 de diciembre y alcanzó una magnitud 6,2 en la escala sismológica de Richter. En correspondencia, el centro de la ciudad quedó destruido, murieron cerca de 10 mil personas y 20 mil terminaron lesionadas.
Sin embargo, la torre del Banco de América sobrevivió al temblor gracias a la técnica aplicada en su construcción, original de México, en virtud de la cual sigue a “flote” en el subsuelo.
El reino de los baobabs
El sentimiento de la urgencia animó al piloto perdido en el diminuto planeta de El pequeño príncipe a dibujar un baobab, planta conocida de forma indistinta como adansonia, árbol botella o del pan del mono.
Cuando por primera vez leí que estos son grandes como iglesias, lejos estaba de saber que su tronco alcanza 25 metros de altura y un perímetro de hasta 40 metros, por lo cual sólo pueden abarcarlo más de una decena de mujeres u hombres entrelazados.
Un rebaño de elefantes no acabaría con un solo baobab, asegura el francés Antoine de Saint-Exupéry en la obra que despertó múltiples interrogantes a varias generaciones y las acompaña para toda la vida.
“Las semillas son invisibles…Duermen en lo secreto de la tierra hasta que, tomada por la fantasía, una de ellas se despierta. Entonces se estira y tímidamente comienza a empujar hacia el sol una maravillosa ramita inofensiva”.
¿Será también este el principio de los baobabs? Cuesta creerlo ante la imponente fuerza que transmite el tronco de este árbol leñoso de madera blanda, frente al cual la reacción humana por excelencia es la admiración o la mudez. Entonces se corre el riesgo de creer la predicción: “si un baobab no se arranca a tiempo, ya jamás se podrá arrancar.
Cubre todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs demasiado numerosos, lo hacen estallar”. Según Saint- Exupéry, el peligro de esta variedad es poco conocido.
Leyendas populares cuentan que si una persona bebe agua con semillas de baobab, quedará protegido del ataque de los cocodrilos, pero si osa arrancarle una flor al árbol, morirá devorado por un león.
Otros mitos refieren que, conciente de su potencia, el baobab osó desafiar a los dioses y en castigo, lo condenaron a crecer con la copa bajo tierra y las raíces hacia arriba.
El parecido entre las ramas y las raíces de estos árboles indujo también a afirmar que crecen de cabeza o que estas son los brazos de antiguos guerreros allí enterrados, quienes luchan por salir y volver a la batalla.
Se dice que existe un ejemplar tan inmenso que en su interior puede alojar una estación de autobuses y hasta 40 personas. Igual hablan de otro, situado a 500 kilómetros de Johannesburgo, donde tiene cobija una cantina y pueden llegar a juntarse 50 individuos.
Lo cierto es que suelen ser longevos: existen baobabs de aproximadamente cuatro mil años de edad. Sus flores son blancas, con forma de mano, y producen un fruto parecido al melón o sandía pequeño.
Los frutos del árbol de la vida, para los africanos, son ricos en fibra, vitamina C, azúcar, potasio y calcio. De ellos se obtiene una refrescante bebida, pueden ser consumidos como pasta y de sus hojas se hace sopa.
Fuertes cuerdas pueden fabricarse de la corteza de los baobabs, usados por las tribus de zonas desérticas –al sur del Sahara, en las montañas Lebombo, Madagascar y otras- como reservorio de agua.
En los troncos ahuecados de modo natural por la vejez se pueden almacenar hasta 120 mil litros del indispensable líquido y alguna que otra vez, sirvieron de cárcel, casa, granero, establo, capilla y sala de reunión.
Pero el baobab puede vivir a su vez en alturas comprendidas entre el nivel del mar y los mil 250 metros. Tal vez por ello se explica que en la caribeña isla de Barbados existan dos ejemplares de esta planta.
Probablemente llegaron al pequeño territorio antillano -de apenas 416 kilómetros cuadrados de extensión y alrededor de 270 mil habitantes- provenientes de Guinea, en 1738. Desde entonces, constituyen una de las reliquias más apreciadas en ese país tropical.
Mientras, organizaciones ecologistas de todo el mundo procuran frenar la desaparición progresiva de algunas variedades de baobab, por el uso y abuso al que son sometidos por las transnacionales interesadas en comercializar productos alimenticios, cosméticos y farmacéuticos obtenidos a partir de sus frutos y semillas.
Espejos: una puerta a otro mundo

Los espejos eran, para los antiguos mesoamericanos, una suerte de frontera entre el presente y el futuro: a través de ellos supuestamente podía adivinarse el porvenir y establecer la comunicación con los ancestros y con los dioses.
Tales atributos hacían de este objeto de uso cotidiano una suerte de puerta a otro mundo, sólo reservada para quienes concentraban el poder en esas sociedades, destacados guerreros y personas de élite.
La posesión de un espejo proporcionaba estatus y su carácter mítico reducía su uso a las grandes ofrendas colocadas en los monumentos de las ciudades construidas por los mayas y otras civilizaciones asentadas, antes de la llegada de los colonizadores españoles, desde México hasta Honduras.
Evidencias históricas reflejan que los espejos fueron utilizados en Teotihuacán o la Ciudad de los dioses- en lengua nahualt-, pero también en otros sitios poblaciones antiguos de la región, entre los que destacan los Altos de Guatemala.
En las culturas maya, olmeca, tolteca, y teotihuacana, entre otras, estos eran elaborados a partir de la pirita, mineral del grupo de los sulfuros y de color amarillo, también llamado el oro de los tontos por su parecido al codiciado metal.
El rostro de quien se miraba en estos espejos aparecía fraccionado, por las múltiples incrustaciones que lo componían, de allí que para muchos esa fuese una señal de la magia contenida en el objeto.
Investigadores del proyecto Las formas expresivas en México, Centroamérica y el Suroeste de Estados Unidos: dinámicas de creación y transmisión, coinciden en que los espejos eran vinculados a su vez con el sol.
Para el especialista Gregory Pereira, la asociación con el Astro Rey derivó de las propiedades físicas de la pirita, capaz de producir fuego.
Los espejos de este metal eran conocidos desde el Período Preclásico o Formativo, es decir, desde los años 2500 antes de nuestra era al 200 de nuestra era, pero su expansión por Mesoamérica corresponde al clásico temprano- de 150 al 200-600 de nuestra era-, época en la cual estos estaban hechos de una sola pieza de superficie cóncava.
Sin embargo, con el tiempo estos sufrieron innovaciones técnicas y de ser tallados en una sola pieza, incorporaron otros compuestos hasta lograr una base circular a veces y cuadrada otras, por lo general realizadas con pizarra o arenisca.
Los espejos eran elaborados muchas veces en discos de madera, sobre los cuales eran colocados complejos mosaicos, que además de pirita tienen otros materiales, como la turquesa.
Más allá de mirarse, las mujeres y hombres de rango en aquellas culturas originarias en el subcontinente, consideraron los espejos una fuente de conocimientos ocultos, oráculos o presagios, porque supuestamente de ellos podían emerger seres procedentes de otros mundos.
De manera similar, en todo el occidente cristiano, muchos mitos corrieron alrededor de estos objetos y algunos de ellos trascienden hasta nuestros días, como aquel que reza que romper un espejo da mala suerte.
Para los antiguos griegos, por ejemplo, la rotura del espejo durante una sesión de catroptomancia- arte de la adivinación o comunicación con el mundo espiritual a través de estos- anunciaba la muerte.
Algunos estudiosos de estos temas consideran probable, sin embargo, que esta superstición obedezca a la idea de que la imagen reflejada en el espejo es el doble o el alma de quien los utiliza y que, en consecuencia, romperlo equivale a poner su vida en peligro.
Para otros, tal creencia está vinculada estrechamente a los factores económicos: los primeros espejos de cristal aparecieron en Venecia durante el siglo XV, estaban recubiertos por una lámina de plata, eran muy caros, y las señoras para evitar su pérdida, advertían a los criados que su rotura equivalía a siete años de mala suerte.
Quizás como respuesta a la amenaza, la voz popular comenzó a aconsejar desde entonces, que “un espejo roto no admite más remedio que comprar otro”.
Raíces indígenas centroamericanas

La sociedad centroamericana es multiétnica, pluricultural y multilingüe; casi la quinta parte de su población -7,6 millones de habitantes- son indígenas y están asentados mayoritariamente en zonas rurales, coinciden registros estatales en el área.
Sin embargo, antropólogos e historiadores concuerdan en que cualquier intento de generalización sobre el estado de estos pueblos autóctonos en Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Belice, Costa Rica y Panamá chocará con la falta de una división clara entre indios y no indios por la aculturación registrada desde siglos pasados.
La apertura de la carretera panamericana, las actividades de compañías privadas, como anteriormente la acción misionera y otros factores, transformaron la sociedad y la cultura indígenas centroamericanas a partir de la irrupción de los colonizadores europeos en 1502, plantean los investigadores Graciela Malgesini y Carlos Giménez.
Un censo practicado en Panamá dio la cifra de 62 mil 187 indígenas: 35 mil 867 guaymíes, 20 mil 543 cunas y cinco mil 777 chocós.
Los primeros, expandidos por las provincias de Chiriquí, Bocas del Toro y Veraguas, viven en casas separadas unas de otras y situadas en cerros, valles o cerca de los ríos; son agricultores y ganaderos, practican la caza, la pesca y la recolección, aunque un buen número trabaja también en las compañías fruteras.
Conservan los guaymíes muchos rasgos de su cultura, igual que buena parte de los cunas, que se subdividen en los insulares de San Blas y los continentales o de Tierra Firme.
Por su parte, los chocós
-oriundos de Colombia y radicados en el Darién- conservan bastantes rasgos tradicionales pero el comercio del plátano, que practican, supone un factor de cambio cultural, no siempre positivo.
Nicaragua, en cambio, posee más de 40 mil personas identificadas como indias, casi la mitad de ellas pertenecientes a la etnia de los misquitos, que habitan en las selvas de la costa atlántica en San Carlos y Santa Cruz, entre Sauce y Bilhuaskarma, y entre Klar y cabo Gracias a Dios.
Otros grupos son el sumo, que vive repartido por el interior del país; el rama, el cual habita en las proximidades de las lagunas de Bluefields; el ulva, reducido a un pequeño territorio entre los ríos Mico y Siquia, y el Matagalpa, en la ciudad homónima y cabecera del río Tuma.
Honduras cuenta con más de 100 mil indígenas de varios grupos: chorotegas, miquiranos, guajiros, patoros, jicaques, misquitos, sumos y lencas, pero los más distintivos son los llamados caribes negros o garífunas, población mestiza que llegó al territorio tras iniciarse la conquista española.
En el país más pequeño de la región, El Salvador, la población es bastante homogénea como consecuencia del mestizaje que siguió a la irrupción de los colonizadores europeos, mas se identifican como indios casi 100 mil individuos.
Unos 80 mil son pipiles, de origen náhuatl, y el resto son nahuas, quichés y cakchiqueles, que viven repartidos por los departamentos de Chalatenango, Santa Ana, Ahuachapán, Sonsonate, La Libertad, San Salvador, Cuscatlán y Usulután.
En Belice, un censo realizado en 2003 constató que la población mestiza asciende a 46,4 por ciento; los indígenas mayas llegan a 10 por ciento y los garífunas, 6,4 por ciento.
Mas, los censos realizados en Guatemala no concuerdan con la realidad, porque los organizadores procuran demostrar que el país se está ladinizando, expresó el investigador Francisco Ortiz, quien aseguró que el 60 por ciento de los guatemaltecos son indígenas y por lo menos el 50 por ciento habla un idioma originario.
Señalan datos oficiales que en ese territorio son mayoría los de ascendencia maya -achi’, akateco, awakateco, ch’orti’, chuj, itza, ixil, popti’, q’anjob’al, kaqchikel, k’iche’, mam, mopan, poqomam, pocomchi’, q’eqchi’, sakapulteko, sipakapense, tektiteko, tz’utujil y uspanteco- y junto a ellos sobreviven descendientes del antiguo pueblo xinca y garífunas.
Pero lejos de ser socios plenos e iguales con el resto de los habitantes de Centroamérica, los indígenas son excluidos políticamente, discriminados culturalmente y marginados económicamente, criticó el costarricense Diario Extra, en su edición del 20 de agosto.
Una ojeada a los indicadores de desarrollo humano y social, según los organismos internacionales, permite comprobar esa realidad, pocas veces apreciada por las entidades estatales encargadas de revertirla.
EN COSTA RICA
Datos oficiales refieren que en Costa Rica, país con 4,5 millones de habitantes, viven 63 mil 876 indígenas, distribuidos, en su mayoría, en 24 territorios pertenecientes a ocho pueblos: chorotega, bribri, cabecar, brunca, huetar, maleku, teribe y guaymi.
La situación de los pueblos originarios en Costa Rica, por ejemplo, prueba la ineficacia de la respuesta gubernamental a los problemas de ese sector a través de la Comisión Nacional de Asuntos Indígenas (CONAI).
Diseñada para atender a estas comunidades, esa entidad estatal es considerada por algunos entendidos un mecanismo de dominación colonial en este siglo porque su gestión desatiende lo establecido en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La CONAI impone las decisiones gubernamentales y cercena los derechos ciudadanos de los indígenas, por lo general desconocidos por los medios de comunicación y sujetos a un creciente etnocidio como sus similares en el subcontinente, aseguraron líderes de ese sector.
En Costa Rica hay pueblos indígenas imposibles de recuperar o que tienen su muerte anunciada, mientras otros tal vez puedan rescatar parte de su acervo si se adoptan medidas urgentes con ese fin, asegura Carlos Alberto Chavarri, presidente de la Federación para el Desarrollo Cultural y Social de las Etnias Indígenas Costarricenses.
PROBLEMAS COMUNES
Entre los problemas que aquejan a estas y otras poblaciones autóctonas centroamericanas está la falta de acceso a la tierra, la baja resolución de demandas agrarias, el irrespeto a los territorios comunales y los desplazamientos forzados por proyectos de desarrollo económico.
La baja cobertura de la educación bilingüe, por la escasez de maestros capacitados, y las cifras de escolarización, son otras dificultades enfrentadas por estas etnias, junto al deterioro de la salud por la elevada incidencia de enfermedades asociadas a la pobreza y el subdesarrollo: desnutrición, tuberculosis, diarrea y neumonía, entre otras.
Todo esto redunda en crecientes cifras de mortalidad infantil y materna en estas poblaciones, lo que unido a los anteriores factores, motiva la prolongación de los patrones de exclusión y discriminación con respecto a estos pueblos.
Costa Rica: la leyenda de Puente de Piedra

Camino a un pueblo llamado Grecia, en la provincia costarricense de Alajuela, existe una puente natural de piedra que es probablemente el más famoso de todo el país centroamericano, porque muchos atribuyen su creación al mismísimo Diablo. Casi siempre que un visitante llega a la pintoresca localidad, situada al noroeste de la capital tica y considerada una de las mejor conservadas y limpias de la región, los pobladores suelen sugerirle que se pare debajo de la construcción pétrea y compruebe la existencia de una cabidad enorme al dorso de la misma, justo donde cierra el arco. Aunque los científicos insisten en que el hueco en el puente se formó a partir de la erosión de la piedra, algunos citadinos creen que tiene un origen sobrenatural y por ello inducen a la acción, antesala del relato de una leyenda transmitida de forma oral por varias generaciones. Ticas y ticos cuentan que en el tiempo de las carretas, los campesinos que tenían su casa al otro lado del cañón estaban obligados a recorrer mas de medio día río abajo para poder cruzarlo y llegar al pueblo. Pero una noche, uno de ellos se detuvo en medio del área cuando regresaba a su hogar e invocó al Pisuica- modo en que llamaban al Diablo- y le prometió que le daría su alma a cambio de que le construyera un puente antes de que cantara el gallo, es decir, antes del amanecer. El príncipe de los ángeles rebelados contra Dios y arrojados por él al abismo, según la tradición judeocristiana, estuvo de acuerdo con la propuesta y comenzó a trabajar con una agilidad tremenda para cumplir el deseo del hombre y así ganárselo como servidor en sus turbias empresas. Cuando estaba a punto de salir el sol y al espíritu del mal solo le faltaba una piedra por colocar, el campesino fue hasta su carreta con cara burlona, hurgó en un saco que llevaba en ella y a puntapiés sacó unos gallos, que al cantar, salvaron su alma y lo libraron del compromiso. El hombre cargó de nuevo con prisa el transporte y al alcanzar el puente se despidió del Diablo con aire triunfante, de acuerdo con la narración popular La leyenda del Puente de Piedra de Grecia, pueblo agrícola ubicado en el Valle Central de Costa Rica, es un atrayente más del turismo hacia una zona distintiva por su bello paisaje de montañas y exuberantes escenarios. En el conjunto arquitectónico de la ciudad destaca la Catedral de las Mercedes, una iglesia metálica única, de estilo gótico y pintada de un rojo profundo, que fue construida con pedazos de metal importados de Bélgica en 1890. Sin embargo, las Cataratas Los Chorros en Tucares de Grecia y el serpentario identificado como Mundo de las Culebras también captan a muchos foráneos. Sobre todo el segundo, donde pueden apreciarse en su ambiente natural ejemplares de más de 50 especies de estos reptiles de todo el mundo. Pero sin dudas, de acuerdo con el escritor Elías Zeledón, la leyenda del puente que corona el poblado distingue entre todos estos atributos, porque prueba la riqueza creativa de mujeres y hombres de la zona a través del tiempo. Esta forma parte de la mitología folclórica tica, compuesta por múltiples relatos de almas en pena, elementos de magia o de la cultura indígena, todo reflejo de la elevada religiosidad que caracteriza a un pueblo mayoritariamente católico. Entre los exponentes más populares de estas leyendas se inscriben las de la Cegua, la de la Llorona y la del Cadejo, similares a las de otros países de latinoamericanos, y las del Padre o Fraile sin cabeza, la Carreta sin Bueyes, la Tulevieja, la Monja del Vaso del Hospital San Juan de Dios y los duendes. Pero sin dudas la más importante de todas ellas narra la aparición de la Santa Patrona de Costa Rica, la Virgen de los Ángeles, reconocida de manera afectuosa por ticas y ticos como La Negrita. La narración sobre la aparición de la imagen de piedra oscura, supuestamente encontrada por la mulata Juana Pereira, junto a otros 96 de estos relatos populares aparece en la compilación titulada Leyendas costarricenses, obra de Zeledón.
Joyas latinoamericanas: entre el encanto y el peligro

Múltiples joyas arquitectónicas de la antigüedad latinoamericana y grandezas naturales esparcidas por estas tierras, pudieran desaparecer por los efectos del tiempo, “el implacable, el que pasó”- como dice el poeta-, pero también por la desidia humana.
La indolencia de varias generaciones, causa fundamental de los cambios climáticos cuyos efectos percibimos cada vez más, está en el sustrato del riesgo que corren obras colosales como la peruana ciudad de Machu Picchu; el salvadoreño Tazumal; o la majestuosa Teotihuacán, en la planicie central de México, entre otras.
El 19 de octubre de 2004, medios de difusión latinoamericanos propalaron que la pared sureña de una estructura menor del Tazumal- una de las ruinas arqueológicas mayas más importantes del hemisferio occidental- había caído por efecto de la desatención a la conservación, restauración y recuperación del patrimonio cultural local.
Mientras las autoridades salvadoreñas culpaban del desastre a las lluvias filtradas por las grietas provocadas por anteriores terremotos, arqueólogos e historiadores insistían en que la estructura apenas fue repellada con cemento a mediados del siglo XX y jamás retocada a pesar de los sismos registrados entre enero a febrero del 2001.
Informes de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, señalan que de modo similar, la también identificada como la Ciudad Perdida de los Incas, pudiera destruirse progresivamente por el excesivo flujo turístico en la zona, donde las visitas anuales rebasan las 800 mil personas.
El desproporcionado y poco controlado crecimiento urbano, la construcción de hoteles y restaurantes en la localidad aledaña de Aguas Calientes, y la progresiva erosión de las riberas de los ríos, también amenazan a Machu Picchu- montaña vieja en lengua quechua-, construida en homenaje al fundador del imperio, Pachakuteq.
Las quebraduras en algunas de estás y otras edificaciones históricas o la pérdida parcial de ellas son fruto de la mala gestión gubernamental y de abusos cometidos con el propósito de atraer al turismo hacia esas reliquias arquitectónicas, evidencias de una creatividad desmedida, mas no siempre valorada como corresponde.
El libre acceso a tan delicadas piezas, obra de los pobladores del subcontinente seis siglos antes, las afecta seriamente y se suma a los impactos de las inclemencias del tiempo.
Tales peligros acechan de igual modo a algunos de los patrimonios naturales ubicados en los países situados del Río Bravo a la Patagonia, donde la pesca ilegal, la tala indiscriminada, la sobre explotación impulsada por las transnacionales del norte, y otros confluyen en detrimento de importantes reservas ecológicas.
Directivos de la Fundación Marviva denunciaron que al menos nueve lanchas tripuladas por pescadores ilegales saquearon en menos de un mes- julio de 2008- las aguas de la costarricense Isla del Coco y cargaron con ejemplares de valiosas especies marinas.
Los representantes de la agrupación ecologista aseguraron que la pesca ilegal en esa zona ocurre a “vista y paciencia de los guardaparques” y que las autoridades gubernamentales no ejercen su función de resguardar la importante área marina protegida.
El fenómeno identificado como calentamiento global, resultante en gran medida de la tala indiscriminada y de los daños infringidos a la capa de ozono por la constante emisión de gases a la atmósfera, acecha igual a la selva amazónica suramericana.
Un previsible aumento de dos a tres grados centígrados en las temperaturas, transformará entre 30 y 60 por ciento de la superficie del llamado pulmón verde del mundo en una sabana seca para el año 2050, coinciden científicos y ambientalistas.
También el aumento de la temperatura del agua y la acidificación del mar, cuestiones vinculadas al progresivo cambio climático que amenaza incluso a la especie humana, provocaron daños en más del 40 por ciento de los 297 kilómetros de arrecife de la barrera coralina de Belice, situada en áreas del Mar Caribe.
¿Hacia dónde vamos?, cabe cuestionarse, porque como señala el teólogo Leonardo Boff, parece que resulta más fácil enviar personas a la luna y traerlas de regreso que hacer que los humanos respeten los ritmos de la naturaleza.
Formar una alianza mundial para cuidar de la tierra y a unas personas de las otras, o correr el riesgo de nuestra destrucción y de la devastación de la diversidad de la vida, es la principal meta que sugiere con respecto a estas problemáticas el ex sacerdote católico brasileño.
De la Mar Océana al Mar de los Caribes

El Caribe quedó reconocido en toda su extensión y devino zona reservada sólo a los españoles veinte y cinco años después del encuentro de los europeos con lo que entonces se anunció como el Nuevo Mundo.
Pero para la fecha, a nadie se le ocurrió llamar de ese modo al mar donde descansan numerosas islas, islotes, cayos y arrecifes que enlazan, cual puente gigantesco inconcluso, a la península de la Florida (Norte) con Sudamérica por la desembocadura del río Orinoco en Venezuela.
En tanto denominación de una región geográfica, Caribe es un invento del siglo XX, ese que dejamos atrás hace apenas cuatro años y en el que la región transitó del dominio europeo a la hegemonía estadounidense.
Mas si del mar hablamos, tendremos que remontarnos a finales del XVIII, cuando bajo el influjo de la revolución burguesa francesa el mundo empezó a hablar de un "Mer des Caraïbes" o Mar de los Caribes, aunque desde hacía mucho tiempo el término era conocido.
Las palabras, como todas las invenciones humanas, guardan una historia entre sus sílabas y arrastran consigo ideologías, discursos e imaginarios de los hombres y épocas en que se concibieron.
La primera traducción de la palabra al español se remonta a 1493, cuando el gran descubridor genovés Cristóbal Colón tomó nota en su diario de unos caribes o caníbales, tras su visita a la isla de Guadalupe.
El anuncio sobre el hallazgo de restos humanos sobre el fuego, cociéndose en agua, o de huesos mondos desde hacía tiempo en la otrora isla Turuquerie, impactó al supuesto mundo civilizado de entonces y se esgrimió como excusa para esclavizar a hombres que no tenían alma porque comían carne humana, según los colonizadores.
Las evidencias de los sacrificios realizados por los guerreros caribes a sus dioses sirvieron además para sustentar una redefinición del término con el cual serían estigmatizados los nativos rebeldes de toda el área.
Mientras tanto, el mar en que ellos se desenvolvieron era anunciado en Europa por cartógrafos y cosmógrafos de múltiples maneras: Mar Océana, Golfo de Tierra Firme e, incluso, Atlántico Norte.
Sólo al mediar el siglo XVI apareció un mapa francés que detallaba un Mer des Antilles, pese a que la corona española insistía en llamar las Indias a lo que sus súbditos reconocían como provincias y no como lo que en realidad eran, posesiones coloniales.
Cuando europeos y criollos anglo norteamericanos comenzaron a concretar su dominio sobre las Antillas Menores, casi un siglo después, optaron por renombrar al área como Caribbean Sea y a sus objetivos territoriales como Caribby o Caribbee Island.
Así, administradores, colonos y marineros de habla inglesa se encargaron progresivamente de trasladar el nombre de los antiguos dueños de las islas al mar que ellas delimitaban, aunque eventualmente prevalecería entre ellos el término más eurocéntrico y oficial que trasciende hasta nuestros días: West Indies.
Los ecos de la denominada Revolución Atlántica- que engloba la guerra de independencia de las Trece Colonias de Norteamérica (1776), las revoluciones francesa (1789) y haitiana (1791), y los procesos independentistas en Hispanoamérica- contribuirían a que mares y océanos se fueran delineando e, incluso, un Mar Caribe.
La geopolítica suele evidenciarse en determinadas circunstancias históricas y este es el caso: los acontecimientos que sacudieron el mundo desde finales del XVIII propiciaron la delimitación de nuevas fronteras, el surgimiento de países y cambios en el orden nominativo de muchos territorios.
En ese contexto, e irónicamente, los caribes fueron perpetuados en la historia al bautizarse con su nombre al mar que también domaron, cuando casi estaban aniquilados o reducidos a reservaciones en Martinica y Dominica o exiliados en la costa de los Mosquitos y Honduras por los británicos.
El Salvador: El Lago de Coatepeque

Una de las joyas naturales de El Salvador es el Lago de Coatepeque o del Cerro de la Serpiente- según lengua nahuatl-, situado en el cráter volcánico más grande del país identificado como el pulgarcito centroamericano.
Para los geólogos, este volcán de tipo caldera explotó violentamente alrededor de 25 mil años antes y cubrió el territorio y parte de la región istmeña con una capa de cenizas.
Como legado de esas emanaciones quedó el lecho donde creció el lago, cuya cuenca posee 40,6 kilómetros cuadrados, con una profundidad máxima de 80 metros y está situada a 18 kilómetros al sur de la ciudad de Santa Ana
El lugar se distingue por dos pequeñas penínsulas denominadas Los Anteojos- debido a su similitud en tamaño, forma y distancia entre ellas- y, la Isla del Cerro, donde los indios pipiles tenían un templo y un monolito representativo de la diosa Itzcueye.
La de vestidos de obsidiana era para ese grupo étnico la esposa de Quetzalcoatl o Serpiente Emplumada y a ambos les ofrecían tras una victoria la fiesta o mitote, cuya duración podía oscilar entre cinco y 15 días, según el cronista español Diego Carcía Palacios.
El Lago de Coatepeque es conocido también como el Vichy salvadoreño, debido a las propiedades medicinales de sus verdosas aguas y a su belleza, comparada por algunos con sus similares en los Alpes suizos.
La erupción del volcán de Santa Ana, en 2005, favoreció de cierta manera a las comunidades aledañas al lugar, porque les creó una playa de un centenar de metros de ancho a la cual pueden acceder, opinan algunos vecinos.
Frente a este balneario se encuentra la Isla Teopan, de una riqueza biológica inigualable y parte del complejo Los Volcanes, por su cercanía al Área Natural Protegida San Marcelino.
La disminución de las lluvias por la deforestación; la apertura de pozos profundos en las riberas, los elevados niveles de evaporación y el viento, y la extracción constante de agua por encima de los niveles de ingreso, son algunas de las amenazas que se ciernen sobre esta maravilla natural.
Desde 2004, un estudio puso al descubierto que el caudal había perdido 12 metros de profundidad y todo parece indicar, sigue bajando considerablemente.
De acuerdo con datos del Ministerio de Medioambiente y Recursos Naturales, aunque la zona es propiedad estatal, en teoría, el 80 por ciento de las riberas del lago son privadas, incluidas sus playas y entradas de agua.
En sus márgenes existen a su vez casi 500 villas de recreo, las cuales utilizan un promedio diario de 25 barriles del líquido para el consumo y riego de jardines, comentó Juan Quintanilla, secretario de la Asociación de Desarrollo Comunal de Santa Rosa.
Según la coordinadora del Área de Información y Estudios del Servicio Hidrológico, Celina Mena, esto guarda relación con ciertos periodos de humedad y con el uso del recurso hídrico por parte de los pobladores de más de 13 comunidades y de las quintas privadas.
Coatepeque tuvo varios momentos de fama a lo largo de su historia: sobre sus aguas se celebraron las competencias de remo de los XIX Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, en 2002.
Dos años después este también fue noticia, cuando ahí se depositaron los restos del empresario de aviación y líder del grupo aéreo Taca, Federico Bloch, asesinado en circunstancias no esclarecidas en la carretera de Santa Tecla a Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad.
Pero una leyenda popular se encargó de eternizar el lugar: cuentan que el dueño de una hermosa mansión, situada a orillas del lago, salió a dar un paseo en una canoa artesanal y cerca de la isla fue arrastrado por una corriente subterránea hasta los dominios de la diosa de agua dulce.
Esta, atraída por él, lo transformó en un ser marino dotado de ciertos poderes y desde entonces, El Tabudo- como se le conoce- aparece como un humilde pescador y a las personas que le agradan las convierte en enormes peces de colores o en sirenas.
Río Plátano: el Amazonas hondureño

Entre las siete probables maravillas naturales del mundo compite la Biósfera del Río Plátano, corazón del corredor biológico mesoamericano, localizado entre los departamentos de Colón, Olancho y Gracias a Dios, al noroeste de Honduras.
Alrededor de ocho mil 300 kilómetros cuadrados abarca esta zona selvática, donde coinciden numerosos ríos que fluyen hacia el mar Caribe y habitan 586 variedades de plantas como tulipanes, laureles, orquídeas y árboles maderables.
La Biosfera del Río Plátano- considerado el Amazonas hondureño- es igual refugio de 375 especies de gaviotas, golondrinas, patos de agua, martín pescador, tucanes, guacamayas y hasta de águilas harpías, entre otras aves.
Como en tiempos de sus ancestros, también viven en el área cuatro grupos étnicos: los misquitos, garífunas, pech, tawahkas, quienes luchan por mantener sus culturas.
Estas comunidades están dentro y en las orillas de la reserva, Patrimonio de la Humanidad desde 1982, y carecen de servicios básicos al estilo de la energía eléctrica, agua potable y telefonía.
El más grande bosque centroamericano envuelve grandes e impresionantes leyendas, motivo por el cual decenas de arqueólogos de disímiles partes del mundo viajaron hasta él para descifrar alguna de ellas.
Entre los misterios más impresionantes están los petroglifos en Walpunbansirpi, en Walpunbantara, y en Las Cicutas del río Aner, pueblo ubicado en la zona sureste de la reserva.
Despiertan la curiosidad del viajero a su vez otras grandes piedras talladas, las cuales pueden apreciarse en los recorridos por lo largo de las riberas de los cauces de la zona.
Para el arqueólogo y director de la Asociación Copán, Ricardo Agurcia, los petroglifos son expresiones de arte rupestre de grupos indígenas que habitaron en la zona hace más de dos mil años antes de nuestra era y son sumamente espectaculares.
Imágenes parecidas a la cara de un simio y diversos tipos de escrituras engalanan esta parte del patrimonio del bosque, donde destaca el mito sobre la desconocida Ciudad Blanca.
Esta pudo haber sido una urbe ancestral, suele comentar a los turistas el guía naturista, Gabriel Suansin, pero historiadores coinciden en que el lugar nunca existió o nunca fue hallado hasta el momento.
Varias expediciones arqueológicas complementarias consideraron la hipótesis de que los antiguos pobladores de la biosfera eran un eslabón importante entre las principales culturas precolombinas de Norte y Suramérica, de acuerdo con el diario hondureño La Prensa.
No obstante, desentrañar los misterios ocultos entre tan amplia extensión de bosques resulta complejo ante la ausencia de vestigios de viviendas, iglesias o algo que las distinguiera, en opinión de Argucia.
La Biosfera del Río Plátano es una zona subdesarrollada y es difícil montar expediciones para investigar, consideró el especialista y añadió que hay mucha belleza y calidad arqueológica, pero la carencia de recursos en una de las naciones más pobres de Centroamérica impide profundizar en ellas.
Varias son las amenazas sobre el área: la tala indiscriminada, el avance de la frontera agrícola, el progresivo acceso de colonos con esos fines o ganaderos, y las consiguientes erosión del suelo, reducción del agua y contaminación de los recursos hídricos por los agroquímicos.
Los riesgos sobre la posible maravilla natural del mundo también guardan relación con la caza y el tráfico de especies animales para el mercado de mascotas exóticas y la falta de políticas ambientales adecuadas o la no aplicación de las previstas
Augurios en los libros del Chilam Balam

La rabia acumulada por la destrucción de sus comunidades y el empeño en infundir vida a la mitología y tradiciones mayas inspiraron los apocalípticos libros del Chilam Balam.
Concebidos tres siglos después de iniciada la conquista y colonización de América”, éstos vaticinan el posible desmoronamiento de la bóveda celeste, el hundimiento de la tierra, la destrucción y renacimiento de los nueve niveles del inframundo, los 13 cielos, y el robo de la Gran Serpiente.
De modo similar al Popol Vuh o Libro del Consejo de los mayas quichés, estas obras narran un mito originario donde los dioses de ese mundo oculto mantienen cautivo al universo y relacionan los anuncios de sus deidades sobre el dolor que causarían hombres extraños.
“Venido de la boca de Dios es y lo manifiestan cinco sacerdotes. Sacerdotes Adoradores, llegados a la presencia de Dios. Ellos profetizaron la carga de la amargura para cuando venga a entrar el cristianismo”, recordaban tres siglos después.
Los autores de estos textos aseguraban que el Profeta y Evangelista Balam auguró además que junto a esa creencia se expandirían por esta parte del mundo “vómitos de sangre, pestes, sequías, años de langosta, viruelas, la carga de la miseria, el pleito del diablo”.
Las referencias a quienes se “beben a los hermanos esclavos de la tierra” reflejan el velado rechazo a esos seres de barba que cambiaron por la fuerza del arcabuz el rumbo de estas comunidades.
“Falsos son sus Reyes, tiranos en sus tronos, avarientos de sus flores...No hay verdad en las palabras de los extranjeros. Los hijos de las grandes casas desiertas, los hijos de los grandes hombres de las casas despobladas, dirán que es cierto que vinieron ellos aquí”.
En lo fundamental, los libros del Chilam Balam rescatan tradiciones religiosas y mitológicas de los mayas, razón por la cual destaca entre ellos la "cuenta de los katunes", relatoría de sucesos históricos de notable repercusión.
Estos hechos fueron analizados conforme a la lógica del concepto del tiempo cíclico elaborado por los sabios de esa civilización.
Varios investigadores coinciden en que el chilam balam o sacerdote-jaguar pudo haber existido y que la titulación de los manuscritos derivó del respeto que logró granjearse entre sus contemporáneos por su honor y grandeza.
Otros afirman que el nombramiento de estos textos responde al reconocimiento a un supuesto adivino de cosas ocultas al resto de sus paisanos o a varios de ellos.
Lo cierto es que, tal como llegaron a nuestro tiempo, contienen una incalculable información sobre la sociedad en el Yucatán colonial, permeada del ámbito en que fueron concebidos y de los aportes de la cultura española.
Tal era el respeto de estas mujeres y hombres a lo narrado en esos textos, que un determinado libro de este grupo, propiedad de una comunidad o estrato social, era resguardado por el jefe, sabio o sacerdote.
Para garantizar su rápida identificación, al título original se le añadía el patronímico con el que se conocía a esa población, lo cual explica la existencia del Chilam Balam de Chumayel y de los de Maní, Tizimín, Laua, Ixil y Tusik, entre otros que sobrevivieron al desgaste del tiempo y al descuido de los seres humanos.
Hecho lamentable, si se considera que estas fuentes facilitan una mejor comprensión del México colonial, en el que la Iglesia Católica trató de imponer la fe a partir de una cuestionada obra evangelizadora y de una amplia labor educacional, como en el resto del subcontinente.
Con el ánimo de propagar el cristianismo para “salvar a las almas” diseminadas por estas tierras de los “terribles fuegos del infierno”, miembros de las distintas órdenes religiosas enseñaron el castellano y hasta el latín a varios nativos.
Resultado de esas enseñanzas, a los idiomas indígenas se les adaptó el alfabeto llegado a través del Atlántico y se le añadieron signos representativos de los sonidos que les eran ajenos.
La nueva escritura se organizó con fines puramente religiosos en la mayor parte de los casos, pero herederos de un peculiar estilo de narrar, los mayas pronto captaron su potencial para expresar sus ideas.
En igual proporción que lograron dominar los códigos impuestos, procuraron a su vez asentar en la lengua de los conquistadores profecías, rituales e incluso, peticiones a la corona española.
De los prestigiosos manuscritos surgidos bajo este signo, pocos son tan reconocidos como los Libros del Chilam Balam, identificados en base a la costumbre de designar a los sacerdotes, chamanes o videntes de esta cultura mesoamericana con el vocablo chilam.
Balam, en cambio, hace alusión al temido jaguar, solo que en este caso fue utilizado conforme a su acepción de título honorífico.
El texto hallado en Chumayel afirma que las palabras recogidas en sus páginas fueron compuestas para ser dichas “al oído de los que no tienen padre y de los que no tienen casa” y llama a ocultarlas “como se esconde la Joya de la Piedra Preciosa”.
Por su parte, la interpretación histórica de Yucatán o profecía del sacerdote Napuc Tun pronosticaba que la tierra ardería y chorrearía amargura como antesala al tiempo del dolor, del llanto y la miseria.
“En los días que vamos a tener, ¿qué Sacerdote, qué Profeta dirá rectamente la voz de las Escrituras?”, se preguntaba a su vez el sabio o sacerdote Ah Kuil Chel, reconocido como uno de los anunciadores del futuro en estos libros.
Mas, los entendidos suelen apreciar en mayor medida las palabras del Chilam Balam por la sutileza con la cual logra transmitir sus opiniones, supuestamente vinculadas a la impronta del cristianismo trasplantado por los europeos.
Tras reconocer que en el Trece Ahau serían arrolladas las deidades mayas Itzá y Tacna, preconizaba que en señal del único Dios (Hunab Ku, "Unica-deidad") llegaría el Arbol sagrado (Uaom Ché, madero-enhiesto) de lo alto, mientras que por el poniente se acercarían los hombres del Sol (Ah Kines, "Sacerdotes-del culto-solar").
Al mismo tiempo, llamaba a recibir a los huéspedes de barba, provenientes de las tierras del oriente y conductores de la señal de Dios, pero auguraba que este sería el principio de los que denominó hombres del Segundo Tiempo.
“Cuando levanten su señal en alto, cuando la levanten con el Arbol de Vida, todo cambiará de un golpe. Y aparecerá el sucesor del primer árbol de la tierra, y será manifiesto el cambio para todos”, afirmaba.
Luego añadía: “Buena es la palabra de arriba, Padre. Entra su reino, entra en nuestras almas el verdadero Dios; pero abren allí sus lazos, Padre, los grandes cachorros que se beben a los hermanos esclavos de la tierra.
“Marchita está la vida y muerto el corazón de sus flores, y los que meten su jícara hasta el fondo, los que lo estiran todo hasta romperlo, dañan y chupan las flores de los otros”.
Estos y otros pronunciamientos, recogidos en los ocho libros que sobrevivieron de los 18 atribuidos al adivino o brujo Balam, se suman a los que recuerdan sucesos desde el siglo V de nuestra era hasta bien avanzado el período colonial.
Quizás eso explica por qué también se refieren a la tragedia de los vencidos, al proceso de la conquista y vaticinan todo lo que acarrearía el ejercicio del poder de los españoles en esta región.
Comercio de esclavos y monopolios negreros en el Caribe

Aunque la esclavitud data de los orígenes de la civilización, el tráfico de esclavos al Caribe se inició de modo formal hacia el 12 de febrero de 1528 con la aprobación del rey de España.
Según el historiador cubano, José Luciano Franco, dos comerciantes alemanes, Henri Ehinger y Jérome Sayler, agentes de los Welser, banqueros que dominaban las finanzas de la corona española junto a los Fugger, resultaron los primeros beneficiarios de esa autorización.
Otras fuentes señalan como pioneros del trasiego de esclavos hacia el Caribe a los genoveses, lo cierto es que a ambos grupos se sumaron con mucha rapidez portugueses, franceses e ingleses.
Desde entonces, Portugal perdió el monopolio del mercadeo de seres humanos arrancados de Africa, mientras las otras naciones europeas creaban sus propios mecanismos para participar del lucrativo negocio.
Los traficantes de esclavos ingleses irrumpieron en el escenario caribeño entre 1562 y 1569, con la llegada de John Hawkins, quien inauguró ese ciclo al cederles a los colonos españoles en Santo Domingo un lote de africanos a cambio de oro, azúcar y cueros.
Con antelación, Hawkins se había erigido en uno de los principales promotores del comercio de contrabando en la región, con el cual era burlado el férreo monopolio comercial impuesto por España a los que habitaban en sus colonias.
La derrota de la Armada Invencible en 1588, la decadencia de la Casa de Austria y la ocupación de Jamaica, en 1655, darían riendas sueltas al trasiego de esclavos en el Caribe a manos de los británicos.
Desde entonces, la Isla Tortuga devino refugio favorito de negreros, contrabandistas y piratas, mientras la Company of Royal Adventures disfrutaba del derecho exclusivo de organizar el inhumano comercio desde el Cabo Blanco hasta el de Buena Esperanza.
Los beneficios obtenidos en virtud de ese supuesto derecho, obtenido en 1661, se redujeron sensiblemente en el contexto de la guerra contra los holandeses, por lo que surgió, en 1672, la Royal African Company.
La nueva compañía, cuyos accionistas eran miembros de la realeza inglesa, transportó hacia las colonias españolas en la América, sobre todo a las caribeñas, alrededor de 46 mil 396 esclavos africanos en apenas nueve años.
Algo similar ocurriría en las Antillas Francesas, donde la trata negrera fue impulsada por el gobernador de Saint Domingue, Du Casse, quien alentó a los reyes católicos Luis XIV, de Francia, y a Felipe V, de España, a firmar el Tratado de Asiento de 1701.
Du Casse, jefe de los piratas del Rey Sol, había sido nombrado caballero de la orden de San Luis y promovido a almirante de la flota del monarca, quien hasta lo obsequió con su Memorias del arte de gobernar.
Bajo su inspiración, el convenio de 1701 reconoció a la Compañía de Guinea el monopolio de la introducción de mano de obra africana en las colonias españolas en el Caribe y en parte del continente.
Esa suerte de empresa capitalista de primera generación se comprometió a expedir cuatro mil 800 esclavos cada año, durante una década, desde cualquier punto de Africa occidental, hacia Veracruz, Cumaná, Portobelo, La Habana y Cartagena de Indias.
Como vía para el trasiego de su carga humana hacia el continente, la Compañía de Guinea se sirvió fundamentalmente de las posibilidades geofísicas del istmo de Panamá hasta el Perú.
La guerra entablada por la Sucesión del trono español modificó radicalmente las relaciones de fuerza en Europa y dio a Inglaterra y a sus aliados, Portugal y Holanda, la hegemonía absoluta sobre el comercio negrero en las islas caribeñas, sobre todo en Cuba.
El acuerdo de paz firmado en Madrid, el 27 de marzo de 1713, y ratificado por uno de los artículos del Tratado de Utrecht, cedió a los ingleses el monopolio del comercio de esclavos en el área por razón de 30 años.
La South Sea Company, fundada en Londres, concentró gran parte de las ventajas de esa licencia comercial y unos de sus representantes, el irlandés Richard O´Farrill, proveniente de la Isla de Monserrat, asumiría la organización de la trata desde la Mayor de las Antillas.
En la segunda ciudad de importancia de la Isla, O´Farrill creó un depósito de seres, desde donde se organizaron los reenvíos de mano de obra africana hacia México hasta inicios del siglo XVIII.
La excusa para aniquilar la posición privilegiada de la que disfrutaban los traficantes ingleses se gestó en el contexto de la confrontación entre Gran Bretaña y España, en 1740, a partir de lo cual comerciantes cubanos y españoles tomaron las riendas del negocio.
Con la creación de la Real Compañía de Comercio de La Habana, el monopolio del comercio exterior de los territorios más importantes del área y la responsabilidad de proveer de esclavos a los plantadores azucareros criollos, recayó en los tratantes asentados en Cuba.
La jugosa empresa cesó sus funciones en 1799 y el Real Decreto del 23 de enero del año siguiente autorizaría a los negreros cubanos, dominicanos y puertorriqueños a comprar fuerza de trabajo en las colonias francesas del Caribe.
El progresivo incremento de la demanda de esclavos obligaría más tarde a la corona a admitir el libre comercio de seres en las grandes Antillas, lo cual se extendió por Real Decisión el 24 de noviembre de 1791 a los traficantes de Santa Fe, Buenos Aires y Caracas.
Varios especialistas coinciden en el papel primordial desempeñado por los mercaderes de esclavos de la Cuba de inicios del XIX, pero junto a estos gozaron del infame negocio, al decir de Luciano Franco, contrabandistas ingleses, franceses e, incluso, estadounidenses.
Con el avance de la revolución industrial y de modernos estilos de producción y cambio en la etapa premonopolista del capitalismo, cobró fuerza la campaña por la supresión de la trata y de la esclavitud.
Muchos discursos abolicionistas, emanados principalmente de la cuna del desarrollo científico técnico de entonces, Inglaterra, mezclaron reclamos justos ribeteados de romanticismo para disfrazar los verdaderos intereses económicos de los abolicionistas.
Aunque la esclavitud se suprimió en Haití y Santo Domingo tras la primera revolución independentista de Latinoamérica y en 1807 se prohibió armar navíos negreros en las colonias británicas e introducir esclavos, un año después, el tráfico de almas no se detuvo.
Al cuantificar la cantidad de africanos forzados a trabajar en América en los tres últimos siglos coloniales, lo autores coinciden en señalar entre 15 y 18 millones de personas.
Estadísticas de la Casa de Contratación de Sevilla aseguran que, sólo en Cuba, fueron desembarcados legalmente 60 mil esclavos entre 1512 y 1763, cifra que se incrementó en proporción con la expansión de la industria azucarera y del trabajo minero en el Oriente de la Isla.
Unos 55 mil viajes de los barcos negreros, marcados por el horror y la insalubridad, trasportaron esa carga de seres humanos arrancados de sus culturas y obligados a asimilarse a nuevos contextos sociopolíticos.
Lo peor de tal inventario es constatar que en las travesías o capturas alentadas por particulares y monopolios europeos dedicados al mercadeo de esclavos morirían cinco o seis por cada persona llegada al Nuevo Mundo.
Desagravio a los chimúes

Centrar la atención en los sacrificios humanos ofrendados por los chimúes a sus dioses puede alejarnos de la esencia de esta antigua cultura, que reinó más de 600 años en parte de la región andina.
Este pueblo se asentó en los valles de Moche y Chicama, en zonas del departamento peruano de La Libertad, y llegó a dominar hasta Tumbes por el norte y Carabayllo (Lima) por el sur.
Por capital, los sucesores directos de los mochicas escogieron Chan Chan, calificada la ciudad de adobe o barro más grande del continente porque albergó a una población de casi 60 mil personas.
La agricultura intensiva sustentó a esta cultura, artífice de ingeniosas obras hidráulicas y técnicas agrícolas como las huachaques o chacras hundidas: parte del suelo librado de la arena para sacarle su humedad.
Amplios embalses para contener el agua de los ríos o subterráneas y pozos diseñados para su extracción, conocidos como puquios, se sumaron a estas.
La pesca en canoas o caballitos de totora y los tejidos de algodón, lana de llama, alpaca y vicuña, son parte del legado de estas comunidades, cuya moneda de cambio para el comercio eran pequeñas hachitas de bronce.
En época de los chimúes la metalurgia alcanzó su apogeo en la costa norte del Perú y se revirtió en magníficos trabajos a partir de cobre, bronce, oro y plata e incluso de la tumbaga, aleación de oro y cobre.
Estos pueblos también superaron a sus ancestros porque, según los historiadores, sus moradas estaban siempre abiertas a pesar de lo cual ocurrían pocos robos.
Quizás esto respondía a que la represión era la respuesta a tales acciones: sorprendido in fraganti, el culpable era ahorcado en la plaza pública y con él, sus cómplices.
Si por el contrario, este lograba escapar sin ser descubierto, sus paisanos colgaban de un poste espigas de maíz en señal de sacrificio a la Luna y a las dos estrellas Pata para que estas hicieran justicia.
Mujeres adúlteras y vírgenes impuras eran condenadas también con la muerte, pero antes de ejecutarlas las paseaban delante de una gran concurrencia antes de empujarlas a un precipicio.
Luego, los cuerpos de los condenados eran ofrecidos a las aves de rapiña para que estos animales “repartieran sus restos a los demonios”.
Para los chimúes, la creación del hombre resultó de cuatro estrellas, dos de las cuales concibieron a los caciques y nobles y las otras a las gentes comunes.
Según el mito, estos astros nutrían a la humanidad al hacer germinar los granos en los campos y por eso contaban el año a partir de la aparición de tal o cual estrella en el firmamento.
Pero la divinidad más venerada fue la Luna: considerada más poderosa que el Sol y agasajada con ofrendas de niños de cinco años, chicha, frutas y la construcción del Huaca Sian por los indios de Pacasmayo.
Los chimúes creían que epidemias o penurias eran prueba de la cólera de los dioses y se esforzaban en apaciguarlos con ayunos y continencias.
Representativa de esta civilización es el Tumi: cuchillo ceremonial de oro de un metro por 30 centímetros, usado en los ritos religiosos.
La sangre era el fin de estos actos inspirados en lo que, se suponía, añoraban los hombres del ultramundo para alimentarse y de los que se recuerda de forma particular el de Punta Lobos.
Para historiadores contemporáneos empeñados en ver sombras más que luces de los primeros pobladores del subcontinente, esta entrega resultó una masacre porque redundó en el sacrificio de 200 muchachas.
Otros recuerdan que en ese ámbito, marcado por el enfrentamiento a los conquistadores incaicos, los chimúes trataron de obsequiar a sus deidades en demasía para vencer o al menos intimidar a sus enemigos.
La impronta de los primeros grandes conquistadores de Sudamérica marcó el declive de esta civilización, una de las más apreciadas por su creatividad en el área.
Copán: El mayor texto labrado de América
Gran parte del saber maya perdura grabado en el mayor texto labrado de América, los enormes monolitos que conforman la escalera de dos mil 500 jeroglíficos de Copán Ruinas, ubicada a 438 kilómetros al noroeste de Tegucigalpa . Esos inmensos bloques de piedra, cubiertos por esculturas de intrincada trama y una calidad superior a otras encontradas en el continente, fueron avistados hace más de una centuria en la espesa selva del noroeste de Honduras.
Las inscripciones recogidas en el más meridional de los majestuosos restos de esa civilización, que se expandió desde el sudeste mexicano por parte de Centroamérica a partir del 2000 a.n.e., permitió datar esa construcción a mediados del siglo VIII.
Todo parece indicar que la elevada escalera, de la cual apenas se encuentran en su sitio original los 16 primeros peldaños, posibilitaba acceder a la cúspide de la piràmide donde había un templo superior ahora desaparecido.
A su valor escultórico y arqueológico, la escalera jeroglífica de Copán suma el hecho de ser una de las escasas reliquias que escapó de la tradición de sus creadores, probablemente dirigidos por un sujeto llamado Humo Concha, quien procuraba homenajear a sus antepasados.
Cuenta la leyenda que los mayas tenían por costumbre derribar las viejas edificaciones para erigir otras nuevas sobre ellas y eso no ocurrió en el sitio más visitado del ahora Parque Nacional de Copán Ruinas.
Aunque después de intensas búsquedas, en zonas aledañas aparecieron ocho templos construidos sobre las ruinas del precedente, el texto pétreo tiene sus raíces en el suelo.
Y aunque varios de sus mil 250 bloques rodaron ante el empuje del tiempo, lo cincelado en ellos reveló valiosas informaciones sobre los mayas, cuyas raíces perduran también en territorios de lo que conocemos hoy como México, Guatemala, Belice, y El Salvador.
Ese grupo humano logró su despegue socioeconómico y político mucho antes de la era prehispánica, al punto de ser el único de este hemisferio en inventar un verdadero sistema de escritura.
Las muestras labradas de Copán, donde existen vestigios de presencia maya por unos dos mil años, enseñaron además que esos hombres diseñaron un calendario astronómico capaz de predecir eclipses solares y lunares y los movimientos de los planetas Venus y Júpiter.
La historia de la otrora ciudad estado se remonta hasta más allá del año 435, cuando una poderosa familia principesca comenzó a gobernar el lugar.
Estudios contemporáneos de los restos óseos hallados en su jurisdicción permitieron establecer que sus pobladores padecían de desnutrición y enfermedades, quizás porque la fertilidad del valle en algún momento se agotó ante la continua explotación.
Poco se sabe de los primeros reyes que gobernaron Copán y de las relaciones que mantenían con otros asentamientos similares diseminados en la región, pero es posible afirmar que bajo el reinado de Jaguar de Humo (628-695) creció ese núcleo urbano en lo geográfico, militar y económico.
Ahora, un largo paseo flanqueado por árboles posibilita acceder al denominado Parque Arqueológico, visitado por el 6,5 por ciento de los turistas que pasan por Honduras cada año.
A los añejos atractivos de la zona, donde las referencias al décimo tercer gobernante, llamado 18-Conejo, considerado como el Rey de las Artes, suelen ser recurrentes, se añade la posibilidad de degustar el Atol Chucó, comida típica hondureña, o el legendario mezcal o pulque xtabentún, bebida alcohólica de origen maya.
Pero dicen los lugareños que más vale no excederse en el consumo, sobre todo si se pretende ascender al más espectacular monumento de Copán, cuyos peldaños cuentan la historia de la ciudad como ningún otro.
La escalinata se organiza en un solo tramo de 90 peldaños y 10 metros de anchura, contando los muretes de contención laterales, por los cuales resulta poco cualquier cuidado al avanzar.
El controversial origen del hombre americano

El interés por despejar la incógnita acerca de la naturaleza del hombre americano despertó desde el instante mismo en que se produjo el choque de los europeos con el Nuevo Mundo, a finales del siglo XV.
Los pioneros de la conquista, inspirados en las enseñanzas de los libros paganos antiguos y en los mitos cristianos relacionados con el surgimiento de la humanidad, donde nada se decía sobre estos, negaron cualquier rasgo humano a los recién hallados.
Pero esas ideas pronto fueron rechazadas y la bula papal del 9 de junio de 1537 admitió que los pobladores de las tierras encontradas allende el Atlántico eran verdaderos seres racionales, dotados de alma.
El problema entonces comenzó a girar alrededor de la procedencia de esos hombres, que muchos europeos de la época relacionaron con pueblos de la antigüedad clásica: egipcios, cananeos, fenicios, griegos, romanos, cartagineses u otros.
Arias Montano, en el siglo XVI, se encargaría de defender la tesis de que los indios americanos eran descendientes de judíos tataranietos de Noé, el constructor del arca salvadora de especies durante el diluvio universal.
Otros imaginaron a los aborígenes miembros o parientes de las 10 tribus de Israel, arrasadas por los asirios en el VII antes de nuestra era (a.n.e.) y supuestamente refugiadas en las extensas tierras encontradas por el almirante genovés Cristóbal Colón (1451-1506) y sus seguidores.
Esa tesis se sostuvo hasta el siglo XIX, junto con otras defensoras del vínculo de los habitantes del Nuevo Mundo con sobrevivientes de una expedición encabezada por el conquistador macedonio Alejandro Magno (356-323 a.n.e.), o de mogoles desaparecidos en 1380 cuando pretendían invadir Japón.
En el siglo de la Ilustración, seudo-científicos interesados en despejar la incógnita ubicaron el origen del hombre americano en la mítica Atlántida, continente supuestamente sumergido 500 mil años antes, o en Mu-Lemuria o en los mormones.
Todavía hoy, pese a los progresos de la ciencia, esa corriente cobra vigencia en los argumentos manejados por quienes consideran la participación de extraterrestres en la fundación de las culturas americanas.
El rigor científico alumbró el debate sobre el tema en 1810, cuando el eminente sabio alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) situó la matriz de los ancestros del hemisferio occidental en pueblos asiáticos que atravesaron el estrecho de Behring hacia el norte del continente.
Ya en las postrimerías de esa centuria, aparecieron las llamadas teorías autoctonistas, partidarias de ubicar el nacimiento de la especie humana en diferentes lugares del mundo, pero en épocas diversas.
La opinión más difundida en ese período fue la del paleontólogo argentino Florentino Ameghino (1854-1911), quien postuló en su libro "La antigüedad del hombre de la Plata" que las pampas argentinas eran la cuna de la humanidad.
Para el experto autodidacta, todos los mamíferos -incluyendo su Tetraprothomo argentinus, antecedente directo del hombre actual- eran originarios de Sudamérica, de donde se expandieron por toda la tierra.
El rechazo casi unitario a esa teoría prosperó al comprobarse que los monos americanos pertenecen a una rama muy alejada de los antropoides, lo que descarta cualquier posibilidad de surgimiento de elementos humanoides en este lado del mundo por vía evolutiva.
Pero los estudiosos subestimaban la buena memoria del indio americano: en los Anales de los cakchiqueles aparece parte de la respuesta al problema y también en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas quichés:
"No está bien claro, sin embargo, cómo fue su paso sobre el mar; como si no hubiera mar pasaron hacia este lado; sobre piedras en hilera sobre la arena. Por esa razón fueron llamadas Piedras de Hilera, Arenas arrancadas, nombres que ellos les dieron cuando pasaron entre el mar, habiéndose dividido las aguas cuando pasaron".
Investigaciones ulteriores dieron la razón a los autores anónimos del Popol Vuh y a lo enunciado por Humboldt: el hombre americano es originario de Asia y arribó a estas tierras hace aproximadamente 40 mil años a través del norteño estrecho de Behring.
La plataforma continental que une a la península siberiana de Chukotsky con la península de Seward en Alaska, sumergida hoy apenas 37 metros bajo las aguas, sirvió de vía no sólo para los homo sapiens, sino también para diversas especies de animales.
Por la zona, congelada casi todo el año, aún puede cruzarse de un lugar a otro y, probablemente, fue el punto de partida de quienes se expandieron por el continente americano de norte a sur en diversas oleadas hasta llegar a la Patagonia (9000 a.n.e.).
El hallazgo de los siete restos humanos más antiguos del hemisferio occidental, todos con rasgos del hombre moderno, prueban esa tesis: el hombre-mujer de Tepexpan (México), el cráneo de Punín (Ecuador), los de Fontezuela y Arrecife (Argentina) y los de Lagoa Santa (Brasil).
Para Paul Rivet (1876-1958), antropólogo y etnólogo francés, las sucesivas inmigraciones asiáticas por Behring constituyen el aporte primitivo más antiguo y más importante al poblamiento de América, pero no son el único origen del hombre de estas tierras.
A diferencia de la teoría del origen único de Ales Hrdlicka (1869-1943), geólogo checo nacionalizado estadounidense, el experto galo defendió que en épocas tardías y, de forma secundaria, australianos, polinesios y melanesios u otros intervinieron en ese proceso.
La integración de los melanesios es sugerida por la existencia del gran grupo paleo-americano o de Lagoa Santa (Minas Gerais, Brasil), el quipus andino, similitudes de dialectos, mutilaciones, sangrías, trepanaciones e incrustaciones dentarias.
A esos magníficos navegantes se les atribuye el descubrimiento de la mayoría de las islas del Pacífico, por lo cual no se descarta su llegada a las costas americanas en época tan temprana.
Aunque voces discordantes sugieren continuar las pesquisas sobre el tema antes de concluir, la extraordinaria similitud étnica, cultural, lingüística, de cultivos, costumbres entre los remotos americanos y melanesios-polinesios mueve a considerar con seriedad esa hipótesis.
Las dudas siguen alrededor de la dirección en la cual se produjeron esos contactos, pese a que algunos arriesgaron sus vidas hasta demostrar la posibilidad del cruce del océano Pacífico en balsas o troncos de árboles ahuecados, similares a los creados por esos pueblos.
Tal es el caso de la expedición de la Kon-Tiki, protagonizada en 1947 por etnólogo noruego Thor Heyerdalh desde el Perú hasta el archipiélago de Tuamotú (Polinesia) y la del investigador francés Eric de Bisschop, realizada una década después en sentido inverso hacia Chile.
Algunos especialistas, como el antropólogo portugués Mendes Correia, consideran que los australianos contribuyeron con las tribus más meridionales de Sudamérica, luego de atravesar por la Antártida, el continente helado, en tiempos más favorables.
El suspenso sigue rondando esa aproximación a los posibles orígenes del hombre americano, pero por suerte, las fantásticas teorías de los pioneros de la conquista yacen empolvadas en los archivos desde hace mucho tiempo.
Los primeros pobladores de El Salvador

Para su estudio, los especialistas suelen subdividirlos en tres grupos: premaya o arcaico, maya y náhoa o nahua, en cierta medida por sus vínculos con las grandes culturas americanas que se establecieron desde el norte.
Pese a las pesquisas realizadas, aún se desconocen los rasgos fundamentales de los arcaicos o premayas, de los cuales apenas se encontraron huellas paleontológicas y arqueológicas hacia 1917.
Todo parece indicar que ese grupo poblacional no alcanzó a mezclarse con las civilizaciones que arribaron luego a la zona, porque sus restos fueron sepultados por erupciones volcánicas ocurridas en el período prehispánico.
Los pueblos incluidos en el denominado núcleo maya vivieron en El Salvador desde el siglo I de nuestra era hasta el VI, mientras que el náhoa o nahua se estableció en la zona como resultado de sucesivas migraciones iniciadas por los toltecas cerca del siglo XI.
Pocomanes y chorties son algunos de los grupos mayences reconocidos por los pioneros de la conquista y colonización, igual que los lencas, pueblo cuyo dominio se extendió desde las márgenes del Rió Lempa hasta la actual zona oriental de la República.
Para el etnólogo y lingüista Carlos Antonio Castro, estos últimos, resultados del entrecruzamiento de misquitos- chibchas y mayences, constituyeron la avanzada de los aborígenes chibchanos expandidos por Centroamérica.
Al arribo de los europeos, los lencas estaba a punto de ser absorbidos por los pipiles, grupo nahua al cual se le atribuye el carácter nuclear de la cultura salvadoreña desde el punto de vista antropológico.
Su larga convivencia con esa comunidad había influido en que hablasen el náhualt y practicasen costumbres sociorreligiosas muy parecidas.
Entre sus divinidades se distinguían el Tigre que vuela (Comizahual) e Icelaca, deidad de dos caras que representaba el pasado y advertía sobre el porvenir.
Investigaciones practicadas arrojaron que los pipiles llegaron a El Salvador procedentes de México tras el colapso del imperio Tala, alrededor del año mil de nuestra era y erigieron importantes ciudades como la de Cuscatlán y Techan Izalco, en el mil 54.
También Apanectl, Tehuacan, Opaztepetl, Ixtepetl y Guacotecti, según refirió el historiador y ensayista salvadoreño Santiago Barberena (1851-1916) en su Historia de El Salvador.
Los pipiles, descendientes de la civilización Tolteca que introdujo el culto al dios de la lluvia Tlaloc y se extendió desde orillas del Lempa hasta el Río Paz, desarrollaron una democracia militar caracterizada por la propiedad común de la tierra.
Hasta la fecha, se reconocen cuatro ramas importantes de esa cultura: los cuzcatlecos, los Izalcos (muy ricos por su elevada producción de cacao), los Nonualcos (radicados en la zona central del país y reconocidos por su afición a la guerra) y Los Mazahuas.
La sociedad pipil era en esencia clasita y tendiente al desarrollo de la esclavitud, en un principio como resultado de los enfrentamientos entre las distintas tribus y no por razones hereditarias.
Pese a eso, subsistían aún algunas formas de trabajo en común en sembradíos destinados a alimentar a los huérfanos y desvalidos, similar al que se realizaba en el extenso imperio incaico.
Las leyendas sobre las proezas de los más notables gobernantes de la comunidad pipil, que en lengua Nahuat significa Noble o Señor, llegan hasta nuestros días.
Axitl Quetzalcóatl, el Fundador, es uno de los más reconocidos ya que se le atribuye el haber conducido hasta la región centroamericana la migración náhua- toltteca fundacional.
La práctica de la agricultura entre los pipiles era obligatoria y ordenada por el cacique, pero desconocían del arado, no disponían de animales de tiro, montura y carga.
A pesar de esas limitantes, lograban cosechar en abundancia maíz, frijol, cacao, tabaco y otros productos tropicales, en gran medida por los avanzados sistemas de riego que lograron distribuir por todos los terrenos cultivados.
El amplio sistema de legislación penal pipil protegía el régimen agrícola, la división clasista de la sociedad, la religión y las instituciones fundamentales como la familia.
La muerte, como castigo, sólo estaba reservada a quienes despreciaran los sacrificios a los dioses, tuviesen trato carnal con mujeres ajenas o parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad, a los violadores y a los reos por hurto grave.
El mentiroso era considerado un ser despreciable en la comunidad, por lo cual se le azotaba hasta el cansancio y si la mentira guardaba relación con asuntos de guerra, podían ser convertidos en esclavos.
Cualquiera que tuviese contacto carnal de índole sexual con una esclava ajena también podía ser reducido a esa condición.
El Sol naciente, Quelzalcoátl en su dualidad de dios del viento y estrella de la mañana, era adorado tanto como Tláloc (dios de la lluvia), Tonatiuh y Metzi, el sol adulto y la luna respectivamente.
La práctica del anualismo, colocación de la vida de un individuo bajo la protección de un animal o anual, era cuestión esencial entre los miembros de la comunidad y se extiende hasta nuestros días.
Otras culturas encontradas por los europeos fueron los juicos, clasificados por el etnólogo francés Paúl Rivet (1876-1958) como autónomos en lo lingüístico, y los matagalpos, misquitos-semimatagalpa o grupo chontal de Nicaragua.
El patrimonio arqueológico salvadoreño, compuesto entre otros por las ruinas del Tazumal, Pompe y El Trapiche- situados en la ciudad de Chalchuapa, departamento occidental de Santa Ana- recuerdan el paso de los primeros pobladores del territorio.
A la pirámide trunca de 23 metros de altura que reina en la zona, semiderruida por efectos climatológicos y por la desatención de las autoridades, pueden sumarse las ruinas de San Andrés, en el departamento de la Libertad y los de Cihuatán, al norte de la capital.
Estudios arqueológicos demostraron que el Tazumal fue creado por una de las comunidades de mayor antigüedad en el hemisferio, con evidencias de ocupación humana continua desde mil 200 años antes de nuestra era hasta el presente.
Aunque los pipiles solían establecer comunidades nuevas, escogieron al Tazumal como centro alrededor del 900 de nuestra era y construyeron una pirámide al estilo mexicano, un juego de pelota y un templo a Quetzalcoatl, en su versión de Ehecatl, dios del viento.
San Andrés, uno de los más grandes centros prehispánicos, constituyó una capital regional alrededor del 600 a 900 de nuestra era y congregó a una población de más de 12 mil habitantes.
Mientras Joya de Cerén, en el valle de Zapotitán a 35 kilómetros al occidente de San Salvador, conserva unas 15 estructuras a pesar de la incidencia de la erupción del volcán Caldera mil 400 años atrás.
Núcleos indígenas con raíces pipiles subsisten en El Salvador del siglo XXI en Izalco, Sonzonate, Panchimalco, los Nonoalcos y Sesori y muchos de sus miembros hablan el nauta arcaico además del idioma impuesto por los colonizadores españoles.
Esas comunidades aborígenes se encuentran sometidas a condiciones infrahumanas, como gran parte de la población rural y suburbana del país, y su pasado suele mostrarse en nebulosa.
La destrucción de los Códices fundamentales de los pipiles por la Inquisición católica durante el período colonial y los afanes de la oligarquía local y foránea contemporánea, interesada en acelerar la supuesta modernización de la sociedad, han contribuido en gran medida a ello.
¿Maravillas en el mundo antiguo latinoamericano?

Desde los tiempos de la Roma clásica, se acuñó la existencia de siete maravillas en el mundo antiguo y pese a que los siglos trajeron consigo infinidad de otros conceptos y opiniones, esa idea se erigió como dogma respetado por muchos.
Las pirámides de Gizeh, los Jardines Colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Efeso, la estatua de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría, aún son consideradas las obras más grandiosas de su tiempo.
Algunos intentan enriquecer ese añejo inventario con joyas arquitectónicas concebidas en distintas regiones del planeta posteriormente, pero resulta interesante constatar que sólo una gloria americana aparece incluida.
Junto al Coliseo romano, el Taj Mahal hindú, la Gran Muralla china, el Kremlin moscovita y la italiana torre de Pisa, se relaciona tímidamente a Chichén Itzá, ese "libro de piedra roto que recuerda las esculturas de encajes y las pinturas finísimas de uno de los centros culturales mayas", al decir de José Martí.
Los que así piensan quizás desconozcan que muchos de los que arribaron a las "Indias Occidentales", durante la conquista y colonización, dejaron constancia del impacto que les causaron algunas construcciones realizadas hasta entonces en nuestro continente.
La ingeniosa mezcla de elementos dio como resultado respetables ejemplares del arte de las construcciones, como Uxmal, Palenque o la capital de los aztecas, Tenochtitlán, con su pirámide de cinco terrazas, custodiada por 40 templos menores y el inmenso santuario destinado a venerar a Huitzilopochtli.
Mientras en Europa múltiples epidemias arrasaban con más de la tercera parte de la población, las urbes creadas por los aztecas eran verdaderos templos a la sanidad.
Largos acueductos filtraban el agua salobre desde el lago hasta la tierra firme, la orina se recogía en vasos de arcilla y antecedentes de los retretes públicos, colocados en canoas a lo largo de las riberas, estaban destinados a recoger los desechos humanos con el fin de procesarlos para abonar los suelos.
Alguien que tuvo el privilegio de visitar Teotihuacán -una de las ciudades más grandes del mundo en el siglo XV-, aseguró que es un lugar fantástico.
Basta con observar las réplicas de la serpiente emplumada Quetzalcoatl, esculpidas en cada uno de los niveles de la pirámide rectangular dedicada a la deidad reverenciada por los más supersticiosos guerreros de la historia americana.
Qué decir de los Chimú, esa civilización casi olvidada cuyo centro fue la ciudad de Chan Chan, donde los asombrados europeos encontraron inmensos palacios, jardines y santuarios similares a los del Sol y de la Luna.
Más que cualquier elogio apasionado, ilustran los templos y la pirámide de cuatro niveles superiores a los de la famosa Keops egipcia, en la mexicana Cholula; el Huaca del Sol mochica y los trazados nazcas.
No menos impresionantes resultan las construcciones con bloques de piedra de hasta 100 toneladas de peso, como la pirámide escalonada de Acapana (unos 15 metros de altura), la Puerta del Sol en Calasasaya y la casi inaccesible Machu Picchu.
Y aquellos hombres que, sin conocer siquiera la rueda u otras técnicas necesarias para cortar objetos tan potentes, delinearon inmensas moles de piedra como las asediadas por el viento marino en la chilena Isla de Pascua.
El repaso serio de las “ruinas indias", que perduran en Latinoamérica, tal vez impulsaría a algunos a defender el criterio de que el reducido listado impuesto por la concepción eurocéntrica de la historia es susceptible de enriquecerse.
Si bien estas datan de tiempos más cercanos, en mucho pueden equipararse a las majestuosas obras creadas por los pueblos egipcio, romano, griego y babilonio.
Detrás de los culpables del derrumbe progresivo del Tazumal

El derrumbe de la pared sureña de una estructura menor del Tazumal, una de las ruinas arqueológicas mayas más importantes del hemisferio occidental, sorprendió a pocos en El Salvador el 19 de octubre de 2004.
Desde hace más de tres décadas, especialistas y defensores del acervo de la pequeña nación centroamericana denuncian la desatención de los gobernantes a la conservación, restauración y recuperación del patrimonio cultural local, para el cual el presupuesto es siempre insuficiente.
Por eso no extrañó que autoridades y medios de prensa solamente culparan del desastre ocurrido en la ciudad de Chalchuapa, departamento de Santa Ana, en el extremo oeste de El Salvador, a las últimas lluvias, "que se filtraron por las grietas dejadas por anteriores terremotos".
Incluso, Federico Hernández, presidente de la estatal Concultura, institución encargada de velar por obras de ese tipo, dejó asombrados a muchos al considerar que este derrumbe es "una gran oportunidad para conocer las entrañas del Tazumal" y anunció el inicio de una investigación arqueológica de fondo.
La construcción del sitio, situado a 85 kilómetros de la capital salvadoreña, atravesó por 14 fases desde el 1500 antes de nuestra era hasta el 900 de la actual, según los expertos.
Pese a ser una de las obras arquitectónicas más antiguas del hemisferio occidental, la estructura de Tazumal apenas fue repellada con cemento en los años 50 y durante los terremotos que sacudieron al país de enero a febrero del 2001 una de las pilastras de la pirámide principal se desplomó.
Desde entonces, varios empleados del lugar advirtieron indistintamente sobre el mal estado de sus restos, pero fueron desoídos por las autoridades.
El jefe del departamento de arqueología de la entidad encargada de velar por el patrimonio cultural de la nación, Fabricio Valdivieso, admitió que el mantenimiento que se le daba a la pirámide era "eventual".
Pese a ello, esgrimió que la pared, de 23 metros de largo por siete de ancho, se vino abajo como resultado del deterioro provocado por el paso del tiempo y la filtración de las lluvias invernales.
Los alrededores de Chalchuapa constituyen una zona arqueológica en la que confluyen, además del Tazumal, varios sitios reconocidos como Casa Blanca, El Trapiche y la Laguna de Cuscachapa.
Investigaciones arqueológicas demostraron que la zona fue ocupada por los humanos de forma continua desde unos mil 200 años antes de nuestra era.
La primera referencia sobre Tazumal data de 1892, cuando el ingeniero, doctor e historiador Santiago Barberena (de origen guatemalteco) trasladó la escultura monumental conocida como la Estela de Tazumal al Museo de Antropología "David J. Guzmán".
El arqueólogo estadounidense Stanley Boggs asumió su registro formal en 1940, tras identificar 13 estructuras, desde plataformas pequeñas hasta el montículo grande mencionado por Barberena, con 24 metros de altura, en medio del sitio histórico de unas 20 hectáreas de superficie.
Cuscatlán, como era llamado el territorio salvadoreño en lengua náhuatl, es considerado el "pulgarcito" de América por su escasa extensión territorial, pese a la cual concentra gran número de vestigios de la antigüedad regional.
Dentro del denominado "mundo maya", este territorio, uno de los más poblados en los últimos tres mil 500 años, clasifica en primer lugar por su pequeñez y su abundante acervo, en gran medida inexplorado.
Uno de los descubrimientos más valiosos relacionado con la avanzada cultura centroamericana, cuyo grado de desarrollo era muy similar a la de los aztecas a la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, ocurrió hace poco en Joya de Cerén, la llamada "Pompeya americana".
La región, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se encuentra a unos 30 kilómetros al noroeste de San Salvador.
¿Quién puede asegurar que esos vestigios, los de Casa Blanca, El Trapiche y la Laguna de Cuscachapa, no corran una suerte parecida a los del sitio arqueológico de Tazumal?
De continuar tales prácticas, en El Salvador y en otros países del área mesoamericana, generaciones venideras perderán la oportunidad de conocer de primera mano la grandeza de sus ancestros o "primeros padres", como llamara el guatemalteco Manuel Galich (1913-1984) a los creadores de esas monumentales obras.
lLa reina negra de América
La primera reina negra del hemisferio occidental recibió su cetro de ébano en 1811- en una ceremonia muy parecida a la realizada por Napoleón Bonaparte en la catedral parisina de Notre Dame un año antes- y sus restos descansan en la tumba de una pequeña iglesia en Pisa, Italia, donde la otrora monarca vivió exiliada.
Tal suerte llegó a la otrora esclava por su vínculo matrimonial con Henri Cristophe, uno de los principales dirigentes de la insurrección antiesclavista y anticolonialista ocurrida de 1791 a 1804 en la porción de la isla La Española en la cual se habían asentado los franceses a fines del XVII.
Apenas 15 años tenía María Luisa cuando conoció a Cristophe, quien de esclavo negro y criado de mesón, hizo una brillante carrera como soldado, general victorioso, presidente (1807-1811) y ascendió al trono como el rey Henri I (1811-1820).
La suerte de la antigua colonia gala, que se convertiría en la de mayor productividad en todas las Antillas, marcó la vida de ambos, provenientes del sector más marginado de la muy estratificada y discriminatoria sociedad.
Pese a su superioridad numérica en el pequeño territorio caribeño, nada disfrutaban los de su estamento de la prosperidad alcanzada como resultado de la evolución de la economía de plantación, instalada por los franceses, y que tanto impulsó la introducción de negros esclavos.
Sobre el trabajo de esa mayoría descansaba el cultivo del azúcar, café, algodón e índigo en las grandes haciendas de Saint Domingue, al mismo tiempo que en la porción española de la isla todas las fuerzas se destinaban a la producción ganadera.
El espectacular proceso de crecimiento económico de la parte francesa de La Española comenzó a partir de 1783 por el aumento de la productividad, que hizo mucho más competitivos los costos de producción en relación con los de sus rivales británicos.
Saint Domingue desplazó a Jamaica y Barbados de su condición hegemónica en la generación y comercio azucareros, pero el incremento del número de ingenios requirió de una cantidad excesiva de esclavos.
Varios investigadores calculan que en vísperas de la Revolución Francesa llegaban a la colonia caribeña cerca de 30 mil negros cada año, por lo cual de los 172 mil esclavos que había en 1754, se pasó a 240 mil en 1777.
Ya en 1789 eran más de 450 mil los negros africanos en Saint Domingue, lo que suponía el 85 o el 90 por ciento de la población, cifra muy por encima de la registrada en toda la América española entonces.
Pero en el substrato de ese progreso se estaban gestando las contradicciones que amenazarían con posterioridad al sector azucarero, base económica de la riqueza alcanzada.
Por una parte, plantadores o grandes propietarios blancos se veían perjudicados por el control de los comerciantes franceses sobre la trata y las refinerías de azúcar construidas en los principales puertos metropolitanos.
El resentimiento acumulado por ese sector alentó el deseo de imitar a los independentistas norteamericanos para escapar a las presiones ejercidas desde la metrópoli, pero por debajo de sus intereses estaban los de casi 40 mil pequeños blancos.
Burócratas, soldados, pequeños plantadores, comerciantes, administradores de plantaciones, entre otros, mantenían una muy tensa relación con los cerca de 28 mil mulatos libres, propietarios de casi la tercera parte de estas plantaciones y de los esclavos de la colonia.
La clave de esa paradoja radicaba en que la legislación francesa reconocía el derecho de sucesión para los hijos de blancos y esclavas negras reconocidos por los padres.
Pero los negros llevaban la peor parte, por lo cual los aires de libertad, igualdad y fraternidad que soplaron desde la metrópoli en 1789 pronto despertaron el espíritu libertario, ante la ambigüedad de posiciones adoptadas por sus propietarios.
Los colonos o grandes blancos, principalmente franceses, vieron en la Revolución una vía para lograr la satisfacción de sus reclamaciones socioeconómicas a través de sus asambleas y trataron de impedir cualquier acción abolicionista con el apoyo de los pequeños blancos.
Unos y otros fueron desoídos por las autoridades francesas, pese a lo cual demostraron su disposición a reprimir cualquier postulado igualitario que amenazara sus privilegios en Saint Domingue, como el enarbolado por los mulatos o gentes de color en 1790.
La sublevación encabezada por Vincent Ogé y reprimida por esos sectores sirvió de preludio a la convocatoria lanzada por los negros en Bois Caiman, el 23 de agosto de 1791, donde se llamó a la lucha contra la esclavitud.
Dirigidos por Boukman, sacerdote del vodú, los más discriminados se lanzaron a la conquista de sus derechos y terminarían radicalizando el proceso anticolonial al defender también la idea de la independencia.
A la muerte de su guía espiritual, surgieron otros líderes como Francoise Dominique Toussaint (Louverture más tarde, cuando alcanzó la cima de su grandeza), Jean Jacques Dessalines, Henri Christophe y los mulatos libres Andrés Rigaud y Alexandre Pétion, entre otros.
Christophe, devenido ídolo del pueblo, fue elegido presidente del Estado haitiano fundado en el norte del territorio en 1806 y enseguida demostró sus intenciones de situar a su nación entre las más relevantes de la época.
La construcción del suntuoso Saint Souci, el más hermoso edificio residencial de toda la América, en opinión de sus contemporáneos, y de la fortaleza la Ferriere, con huecos para 355 cañones, bien reflejan esa realidad.
A cuatro años de llegar al poder, Cristophe se proclamó Henri I y el 12 de junio de 1811, en una catedral improvisada al efecto, el arzobispo Cornelle Brelle depositó las coronas sobre su cabeza y la de su esposa, y los ungió con aceite de coco.
Es posible que al mismo tiempo, como señaló el historiador y periodista español Juan Balansó, Napoleón se estuviese mordiendo las uñas ante aquel calco de su propia coronación, donde sólo el cetro de oro había sido reemplazado por uno de ébano.
Mientras, Henri I creaba su corte con ocho duques, 22 condes, 27 barones y cuatro caballeros, escogidos entre sus antiguos compañeros de lucha y con sugerentes apelativos como duque de la Mermelada, conde de la Limonada y barón del Cacao.
El llamado Napoleón negro era para muchos el rey de hierro, pero María Luisa siguió siendo reverenciada por ser una monarca bondadosa, capaz de asimilar como suyo a Armando Eugenio, fruto de una relación anterior tenida por su esposo.
Tanto amor se profesaba la pareja, según la correspondencia intercambiada entre ambos, que la fecha de su matrimonio, 15 de julio, fue decretada por Cristophe festividad nacional en homenaje a la esposa.
Pero la monarquía terminó convirtiéndose en un régimen despótico que motivó una sublevación popular. Esto, junto a la apoplejía que comenzó a padecer, influyeron en la decisión de Cristophe, de suicidarse el 8 de octubre de 1820, a los 53 años.
María Luisa y sus dos hijas partieron al exilio, primero a Inglaterra y luego a Italia, ante la terminación del reinado, pese a lo cual su condición de viuda de jefe de Estado fue respetada por mucho tiempo.
Los días de la primera reina negra de América se ensombrecieron con esa partida y, peor aún, cuando en Europa hubo que amputarle una pierna como resultado de una infección, acompañada por una neumonía, que terminó con su vida en marzo de 1851.
El patrimonio del diablo

Cualquiera pensaría que el diablo, además de ejercer su jurisdicción sobre el extenso territorio celeste conocido como infierno, posee un vasto patrimonio en la tierra. Y es que el imaginario popular suele atribuirle numerosas propiedades a ambos lados del Atlántico al príncipe de los ángeles rebelados contra Dios y arrojados por él al abismo, según la tradición judeocristiana.
Aunque la caribeña Isla del Diablo, en la Guayana Francesa, es quizás la más famosa, no es la única llamada así o comparada con espíritu del mal: la panameña Isla de Coiba, la colombiana Gorgona, la italiana Isla de Pianosa, entre otras, también corren esa suerte.
La pequeña ínsula rocosa situada al norte de la Guayana Francesa se granjeó el seudónimo de Isla del Diablo al ser convertida por Francia en una colonia penal desde 1852 hasta 1946.
Durante esos años, arribaron en distintas oleadas 56 mil prisioneros galos al siniestro lugar, considerado por muchos de ellos un destino sin retorno, por la escasa salubridad que causó la muerte de centenares de reos y la extrema vigilancia de las autoridades coloniales.
Los horrores sufridos por los sometidos a ese destierro fueron revelados por el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío, confinado a ella en 1894, tras ser condenado injustamente de espionaje por un tribunal militar.
Luego Henri Charriere, se encargaría de describir en su famosa novela autobiográfica, Papillón, las torturas, la malaria, los leprosos, las inclemencias del tiempo y los mosquitos que solían acompañar a aquellos presos muertos en vida.
A ambos testimonios se sumaría el de René Lucien Belbenoit, quien llegó al lugar en 1922 como parte de un contingente de prisioneros enviado por las autoridades galas y no desistió hasta escapar de él una década después.
Durante su permanencia allí, Belbenoit sufrió 11 meses en una celda oscura llamada la guillotina seca: 340 días en los que hubo de ingeniárselas para no volverse loco.
Para miles de presos, obligados a trabajar todos los días desde la salida del sol hasta la noche, desnudos y sin apenas un pedazo de trapo para protegerse del sol ecuatorial y de los insectos, el bosque de Charvain sirvió finalmente de cementerio.
La Isla de Coiba, al oeste de Panamá, también fue durante casi un siglo el hogar de una colonia penal, donde el hacinamiento, las torturas y los maltratos estaban a la orden del día, tipo Isla del Diablo, por lo que indistintamente era llamada así.
En la actualidad, la colonia está cerrando operaciones y los pocos prisioneros que quedan en ella permanecen bajo una fuerte custodia, alejados de los lugares que frecuentan los turistas, interesados en descubrir las maravillas del famoso Parque Marino de Coiba.
Otra de las propiedades atribuidas al Diablo es la colombiana Isla de Gorgona, en el Pacífico, donde se construyó una colonia carcelaria a finales de los 50 del XX por orden del ex presidente colombiano, Alberto Lleras Camargo.
La isla resultaba ideal para construir allí un infierno terrenal: unos pocos kilómetros de tierra, cubiertos por cerros selváticos de hasta 300 metros de altura, donde pululaban las serpientes venenosas, rodeados por aguas oscuras y profundas habitadas por varias especies de tiburón.
Por esas razones, pronto muchos bautizaron a la ínsula colombiana como La Isla Maldita, done algunos condenados se suicidaron; otros planearon fugas imposibles y los más, se prepararon para sobrevivir a los peores tormentos.
Pero el presidio duró apenas 25 años: ante las continuas denuncias sobre la progresiva destrucción del ecosistema de Gorgona, llamada así por Francisco de Pizarro en alusión a Medusa, la semidiosa de cabellera de serpientes, el mandatario, Virgilio Barco, decidió clausurarlo.
Del otro lado del Atlántico, bordeando la península itálica, se encuentra la Isla de Pianosa, considerada desde la prehistoria un territorio de paso, una conexión entre el continente europeo y el macizo Sardo Corso, y una sucursal del diablo desde mediados del XIX.
Hacia esa fecha, Pianosa se convirtió en una colonia penal, luego transformada en cárcel de máxima seguridad donde fueron encerrados los capos más peligrosos de la Cosa Nostra, del calibre de Totó Riina en los años de la gran lucha contra la mafia.
También en la región más austral del mundo se encuentra Ushuaia, ciudad argentina, considerada por muchos tierra del Diablo aunque su nombre en lengua Yámana significa "bahía penetrando al poniente", donde las autoridades decidieron construir una Prisión Militar en 1902.
En esa cárcel para reincidentes, estuvieron recluidos convictos famosos como el estafador Juan Dufour, tras haber escapado de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa; el primer asesino serial del país sudamericano, Mateo Banks, y Cayetano Santo Godino (El Petiso Orejudo), asesino de niños.
Ah!, pero el espíritu del mal, representado por el escritor alemán Goethe a través de Mefistófeles, logra despertar además la imaginación de numerosos literatos, cineastas, compositores y artistas en general.
El drama franco español, Los amantes de la isla del diablo, de Jesús Franco (1972), y La isla del diablo, comedia de aventuras española de Juan Piquer (1994), son sólo muestras de ello.
Y para que la melodía no falte, el cantautor español, Víctor Manuel le dedicó una canción.
El encanto de la costarricense Isla del Coco

Quien recorrió el rectángulo que forma la Isla del Coco, Patrimonio Natural de la Humanidad desde 1997, difícilmente pueda olvidarla y más bien vivirá expectante por las amenazas que acechan a los vestigios culturales y especies diseminadas por ella.
Cuesta aceptar que algunos seres humanos son capaces de profanar lugares como ese, cuyo estado de conservación y aislamiento, lo convierten en uno de los sitios privilegiados del mundo pese a sus escasos 24 kilómetros cuadrados.
La excepcionalidad del territorio, avistado por europeos por vez primera entre 1531 y 1542, radica en una serie de condiciones relativas a su origen volcánico, localización, carácter de isla oceánica y edificaciones de valor histórico.
Cuenta la leyenda que en sus intrincados bosques están escondidos valiosos tesoros enterrados por piratas y corsarios, quienes transformaron a la Isla del Coco en su refugio durante los siglos XVII y XVIII y la llamaron así por la abundancia de esa fruta.
La posible riqueza ocultada motivó casi 300 expediciones de búsqueda hacia el lugar, que sirvió igual de colonia penal, agrícola y estación de descanso y aprovisionamiento de tripulaciones balleneras que operaban ilegalmente cerca de Islas Galápagos.
Situado en la parte central del Pacífico Oriental, identificado en tiempos coloniales como Mar del Sur, el territorio dista 532 kilómetros de las costas ticas y reina en medio de 1997 kilómetros cuadrados de área de ecosistemas marinos protegidos.
Muchos especialistas lo consideran por ello un laboratorio ideal para realizar investigaciones sobre la dinámica de los ecosistemas del planeta y su relación con los cambios globales del ambiente marino y terrestre.
También la historia concentrada en las inscripciones realizadas en tiempos remotos en las rocas de las bahías de Chatham y Wafer, únicos accesos factibles de desembarco seguros en la Isla del Coco, se entrecruza con una flora y fauna envidiables.
Aunque este espacio carece de mamíferos terrestres autóctonos, cerdos, gatos, cabras, ratas, y venados de cola blanca sorprenden al visitante de vez en vez.
Estos animales fueron introducidos por el hombre, intencional o accidentalmente, y algunos de ellos impactaron de forma desfavorable el medio y la diversidad biológica en la zona.
En cambio, aves visitantes, vientos, corrientes marinas y materiales flotantes, propiciaron la expansión de una flora compuesta por 235 especies de plantas, 60 de ellas endémicas, que hacen las delicias de cualquiera con un poco de sensibilidad.
Matices de verde y azul adornan la geografía donde confluyen además 100 variedades de aves, 400 de insectos, cinco de reptiles, número similar de artrópodos, 600 de moluscos (40 autóctonos), 57 de crustáceos, 32 de corales, y más de 250 de peces.
Desde 1791 hasta la fecha, los científicos que frecuentaron la isla la catalogaron como un sitio único en el mundo por su riqueza en arrecifes de coral, sus tiburones martillo y tiburones ballena, así como los miles de peces multicolores que habitan a su alrededor.
Pero la integridad de la Isla del Coco está amenazada por la pesca ilegal, que compromete seriamente la fauna, los ecosistemas marinos y la función del territorio como zona de reproducción y mantenimiento de productividad marina.
A esto se añaden el deterioro progresivo propiciado por las exploraciones turísticas desplegadas a partir de 1932 hacia esa área protegida y destino codiciado por miles de visitantes de distintas partes del mundo.
La Isla del Coco es frecuentada por gran cantidad y variedad de embarcaciones dedicadas al transporte desde diferentes puntos del litoral pacífico costarricense y personas interesadas en practicar el buceo submarino recreativo u otras acciones sin medir sus efectos.
/ism
Costa Rica: La Chola

En tiempos de anorexia y frecuentes anuncios de quirófanos orientados a la transformación estética de mujeres y hombres cualquiera queda sorprendido al tropezar con un altar al sobrepeso en Costa Rica.
La Chola, situada en la Avenida Central, entre las calles 2 y 4, de la capital tica, saluda a los transeúntes sin signos de complejos, con atuendos apropiados para su estatura y peso corporal y tal vez segura de cuanto alcanzó en estos años.
El mujerón de bronce, obra del artista tico Manuel Vargas, mide dos metros y 10 centímetros y pesa unos 500 kilogramos y es interpretada también como una reverencia a las personas de campo.
Algunos de los viejitos que suelen sentarse en los bancos cercanos a ella, tal vez esperando una señal de bonanza o un gesto de caridad en medio de las carencias que padecen, suponen que la doña tiene la mirada de quien busca algo.
Ninguno supo decirme cuándo la mujer llegó al lugar, pero sonrieron ante la cara de asombro que puse al constatar su presencia y conocer que algunos hasta la veneran.
Aunque muchos infantes se asustan al verla, resulta frecuente ver a quienes pasan saludarla, pararse frente a ella para escudriñar sus curvas o tomarse alguna foto, comentaron.
Tampoco faltan los que le dan la mano o la tocan sin disimulos por cualquiera de sus partes con gesto libidinoso o para mofarse de sus dimensiones.
Más ella les tiene paciencia y sigue expuesta con gesto tranquilo a la lluvia constante en tiempos de invierno, al rocío de las noches san josefinas y al sol veraniego.
Un tico entradito en años y jaranero dice que la mujer de bronce alcanza tanta calentura en el verano que hasta piropos le lanza a sus vecinos de avanza edad para contentarlos.
Durante el Festival de la luz la vi ataviada de collar y gorrito navideño, en otra ocasión quedé extasiada ante la cantidad de confeti que le habían regalado y hasta cierta envidia sentí de su suerte.
Dicen sus compañeros del diario que también durante el mundial de fútbol le encaramaron una bandera costarricense, como si ella se apuntara todo, al decir de los entrevistados.
La Chola es la "la doña del mae que está barriendo el Parque Central", aseguró uno de ellos y el señalado sonrió como quien vive orgulloso de tener tal compañía en medio de tantas soledades.
El cuestionamiento a las probables intenciones del autor con su obra pasó de moda, pero álgido fue en sus inicios: en opinión de algunos, más que un monumento respetuoso a las gordas, esto era una burla.
Pero otra cosa suponen montones de personas, especialistas o no. No hay intenciones de ridículo en el trazado, ni en los gestos, ni en la mirada de la mujer de bronce.
Ella vino como muchas gentes de campo a probar suerte en San José y decidió quedarse a alegrar a quienes pasean por el centro tal vez en busca de otras oportunidades para su desarrollo.
Con eso, parece indicar su permanencia en el lugar, La Chola se siente retribuida. /ismSan Vicente y las Granadinas: rastros aborígenes

San Vicente y las Granadinas destaca en el contexto caribeño debido a la enorme cantidad de petroglifos expandidos por sus 389 kilómetros cuadrados.
La valía de estos tallados en las piedras de las cavernas del territorio descansa en el aporte de varias culturas autóctonas de la región y ameniza el paisaje natural circundante.
Muestra elocuente del arte rupestre de los antiguos pobladores del área son las formas laberínticas y rostros antropomorfos de rasgos infantiles diseminados por la Cueva de Buccament, situada en la margen izquierda del valle homónimo, en San Vicente.
Esta gruta o gran solapa de nueve metros de altura, situada a más de 200 metros de la costa occidental de esa Isla, exhibe un gran mural realizado por los aborígenes con muy complejos dibujos.
Caracoles en espiral, figuras de cuatro puntas, representaciones de cisnes, serpientes y otros animales, rostros y órganos sexuales humanos, aparecen casi siempre entrelazados en este museo natural.
La profundidad de los trazos en las piedras de Buccament es por lo general de apenas un centímetro por igual de anchura.
Para los especialistas, el dibujo más distintivo de la gruta es un conjunto de cinco figuras, situado en la boca de esta, de los cuales cuatro son caras sencillas con ojos formados por puntos, y las bocas, por rayas.
Quienes recorrieron el mar de las Antillas en canoas por más de un año, como parte de la expedición científica comandada por el geógrafo cubano Antonio Núñez Jiménez, coincidieron en que las representaciones en el lugar perseguían comunicar algo indescifrable para ellos.
Los dibujos parecen un enrevesado alfabeto o jeroglífico múltiple y el que no podamos entenderlos, no implica que no representen una idea, un mito, un mensaje, escribió el destacado investigador hace dos décadas, pero cuyos estudios conservan una total vigencia.
De modo similar, la atención del visitante es captada por la mole de piedra levantada en el cauce del río Rutland, cercano al cacerío Leveth, en Layou, San Vicente.
Con 9,50 metros de largo por 2,80 de ancho, esta resalta además por las figuras talladas por los indios en uno de sus costados y en la parte superior.
Una cabeza triangular plagada de adornos distingue junto a otra parecida a un trofeo de caza, colgada de una soga con un nudo en su extremo, similares a otras de Sudamérica.
Esas no son las únicas de su tipo que pueden apreciarse en la localidad de Layou y en su totalidad constituyen un enigma en la región: todavía resulta impreciso si responden a la llegada de los arahuacos al área o a otras culturas.
Otro de los conjuntos rupestres más apreciados en San Vicente es la estación situada en la carretera que pasa por Liberty y Lodge, a 1,2 kilómetros del mar que baña la capital, Kingstown.
Consta de ocho petroglifos orientados al norte y tallados en roca de andesita, los cuales incluyen una suerte de búho, un pato y otros dibujos concéntricos.
La costa de Indian Bay, salpicada por el Caribe y a sólo kilómetro y medio del aeropuerto de Arnos Vale, presenta una de las vistas más hermosas de este territorio.
En ese litoral los aborígenes tallaron en el plano de una roca inclinada, constituida también de andesita, una estructura de difícil interpretación pero considerada por algunos un pájaro de alas recogidas al estilo de la historia de estos hombres.
Tal vez, desde entonces, los primeros pobladores de esas tierras previeron que sus sueños, miedos, conflictos, alegrías y tristezas, quedarían resguardados en las misteriosas formas elaboradas en las rocas e incomprensibles para los contemporáneos.
Uruguay: el carnaval más extenso

Tres meses dura el carnaval más largo del mundo, en el que la "llamada" de los uruguayos descendientes de africanos constituye el acontecimiento ineludible.
El sonido del cuerno, similar al que emitían los esclavos en tiempos coloniales para convocar a los de sus tribus, invita aún a abandonarse al son de los tambores y el baile del candombe desde la previa, en enero, hasta la identificada como yapa, en marzo.
En ese ámbito, resulta inevitable recordar a las mujeres y hombres arrancados de sus tierras allende el Atlántico, quienes usaban los pocos días de asueto que les concedían sus amos para reencontrarse y celebrar por la sobrevivencia.
El desfile de unos 120 conjuntos, acompañados de los repiqueteos de tambores chico, repique, piano o bombo y encabezados por portabanderas, sigue a la llamada en estos tiempos.
Cada uno de los estandartes enarbolados en esa marcha posee un color diferente, relacionado con el país del cual provenían mayormente los esclavos en ese territorio sudamericano: Kenia, Senegal y Biafra.
A estos los sigue el escobillero, joven que hace malabares con un palo. También la Mama Vieja, que ironiza a las llamadas señoras en aquel entonces.
Junto a ellos desfilan el curandero o gramillero, quien anda con el botiquín del doctor blanco pero con yuyos o remedios tribales, los cuerpos de baile y los tamboreros.
En el jolgorio, que se celebra en la calle Flores, no faltan los estandartes con múltiples símbolos del imaginario africano y las cuerdas de tambores, unos 60 por comparsa.
La vieja calle sirve de escenario por la rica tradición afro y resistencia ciudadana de quienes la habitaron en otros tiempos, aseguran vecinos del lugar.
Sin embargo, muchos se quejan de que los funcionarios de la Municipalidad de Montevideo colocan sillas en las veredas y exigen a los interesados en usarlas comprar entradas numeradas con antelación.
Cuentan que un mes antes de la llamada, las casas de la Flores tienen alquilados sus balcones y terrazas para ver mejor el desfile, al mismo tiempo que proveen de asado, sándwiches, tortas, bebidas, el uso de los baños y también la cocina.
Esta última, por lo general, es demandada para calentar el agua destinada al expandido mate, porque el desfile comienza a las nueve de la noche y finaliza cerca de las seis de la mañana.
Otros espacios explotados en el contexto del largo carnaval uruguayo es el Teatro de Verano, anfiteatro al aire libre, enclavado entre dos cuchillas, a espaldas de un río.
En él compiten grupos humorísticos, parodistas, lubolos- expresión afro relacionada con los negros y blancos pintados de negros- y personas de ambos sexos empeñadas en mostrar las murgas, género teatral musical.
El canto, el diálogo, los gestos, las vestimentas, la puesta en escena son los elementos de comunicación de esa propuesta, presentada en tres fases.
En ellas, todo tiene un estricto sentido direccional dado por un tema. En 2006 fueron la Duda, la Muerte, el Fin del siglo y otros, vinculados a las obras de filósofos, historiadores, literatos y autores de renombre del país como Eduardo Galeano.
No es solo un juego de divertimento sino la vida, donde la alegría esta presente, pero si no pescas lo que siente y vive la gente "regás fuera de la maceta", aseguran los directivos del espectáculo.
Sudamérica: secretos entre las piedras

La historia sudamericana tal vez sería más exacta si algún día lográsemos descubrir todos los secretos escondidos entre las piedras de sus ciudades, fuentes de orgullo local y regional.
Pese al desarrollo irregular de la arqueología en la región, es sabido que en los territorios conquistados por España llegaron a construirse al menos 225 urbes en los primeros 100 años de este proceso.
En lo que a sus rasgos se refiere, estas ciudades obedecían a las reglas establecidas por las leyes de la metrópoli: semejaban un marco de ajedrez, que rodeaba la plaza central, donde estaban situados los edificios más importantes de justicia, administración y religión.
El estilo damero, como también es identificado, implicaba igualmente la regulación de la distribución de los pobladores del lugar, siempre a favor de los funcionarios públicos y comerciantes más acaudalados.
Tales personajes, con su comitiva de esclavos africanos, sirvientes e indígenas, residían en lujosas mansiones alrededor de la plaza mayor o central, mientras que las personas dedicadas a otros oficios y de menos recursos vivían más alejadas de esa área.
Los marginados a los bloques periféricos, en sociedades estratificadas de este tipo, eran clasificados como plebeyos y hasta distinguidos por razas, status, color de piel y aspecto general.
La fuerza de la iglesia fue sin duda la característica principal de la cultura sudamericana, mas en ciertas áreas controladas por los españoles, algunos religiosos procuraron proteger a los nativos de la agresividad de los conquistadores.
Contra el horror de que fueron víctimas los indios en esta y otras zonas, se manifestaron los jesuitas de modo particular, sobre todo en lo que denominaron Paraguay -que incluía a Uruguay, el norte de Argentina y el sur de Brasil.
En esos territorios crearon para los guaraníes una treintena de comunidades o pueblos misioneros desde 1588, que abarcaron a 100 mil personas.
Estas reducciones, como también trascendieron, estaban situadas alrededor de una plaza central, a cuyo lado se encontraban la Iglesia y los depósitos o almacenes.
En el otro extremo del círculo eran erigidas amplias construcciones destinadas a albergar a los indios, a razón de unas 100 familias o más por cada una de ellas.
Además de la cristianización de los pueblos originarios de estas tierras y de los dividendos obtenidos con su trabajo, estas misiones jugaron un rol estratégico en la protección del territorio bajo hegemonía hispánica, en contra de los invasores de São Paulo.
Con la partida de esa orden, por edicto de la Corona española, las misiones fueron desintegradas de forma paulatina, y apenas hace medio siglo, sus ruinas comenzaron a ser investigadas con mayor seriedad.
En Brasil, donde la estructura arqueológica ha sido más activa y regular, el interés de los investigadores en las misiones llevó en 1985 a un acuerdo entre el Patrimonio Brasileño y tres Universidades del Estado de Río Grande do Sul.
Desde entonces, las temporadas de campo son regulares, apuntando a transformar los sitios arqueológicos de São Miguel, São Lourenço y São João en verdaderos museos al aire libre.
En el territorio que abarcaba la antigua colonia portuguesa, varias causas incidieron en un desarrollo más lento en el orden arquitectónico y también en los estudios sobre esta materia.
Mas, en las últimas centurias, las ciudades de ese país se erigieron en símbolos poderosos de lo que implicó para la nación la leyenda del Orden y Progreso, implícita hasta en la bandera republicana.
Desde la proclamación de la República, en 1889, Brasil quedó sumergido en un letargo de modernismo, que se evidenció sobre manera en la lucha por la excelencia en las localidades urbanas y llevó a muchos a considerar cualquier edificio moderno mejor que uno viejo.
Esto explica en parte la transferencia de la capital de Río de Janeiro a Brasilia (1961), ciudad construida bajo cánones contemporáneos, cuya creación también respondió a variables económicas, políticas y sociales.
La inmensa megalópolis de São Paulo, capital económica de Sudamérica, en opinión de algunos es el ejemplo más claro de lucha contra el recuerdo material: en menos de cuatro décadas, esta sobrepasó el papel desempeñado por Río de Janeiro y Buenos Aires en etapas anteriores.
Tanto las modernas ciudades, como las legadas por los ancestros de la región, esconden incontables respuestas y tal vez esperan porque especialistas de diversas ramas unan sus saberes para revelarles los misterios contenidos entre sus piedras.
Raíces históricas de los guaraníes

La reconstrucción del árbol genealógico de los guaraníes suele chocar con la ausencia de evidencias históricas que revelen las raíces de esta cultura, probablemente originada en alguna región amazónica y casi exterminada por los conquistadores.
A pesar de las copiosas referencias a sus costumbres y estilos de vida, los cronistas de Indias poco aportaron en ese sentido: ninguno pudo precisar el punto desde el cual estos se expandieron por el sur del continente americano.
Algunos historiadores sugieren que, probablemente, este corrimiento se dio rumbo al norte y en forma de abanico, a partir de los territorios comprendidos entre los ríos Paraná y Paraguay.
En virtud de ello, señalan, luego lograron registrarse asentamientos de esta familia en Las Guayanas, la costa atlántica, el Amazonas y en las estribaciones peruano bolivianas de la cordillera andina.
Otra es la opinión de antropólogos, quienes coinciden en que la zona comprendida por lo que se conoce hoy como Paraguay está poblada por blancos y mestizos en mayoría, con una escasa presencia indígena.
Pero en medio del debate, salta a la vista una realidad insoslayable: este es el único país bilingüe casi ciento por ciento en Latinoamérica, para orgullo de muchos de sus pobladores.
Eso no es casual, coinciden los entendidos, sino que tiene raíces históricas muy profundas, ligadas de manera directa a la presencia de los jesuitas y sus misiones en el siglo XVIII.
No obstante el daño que infligieron sobre el desarrollo natural de los pueblos asentados en el área, estos religiosos legaron numerosas informaciones de mujeres y hombres, y del régimen multifamiliar.
Por ellos y por la tradición oral arrastrada hasta nuestros días, se conoció que los primeros miembros de la familia guaraní vivían muy dispersos, sin responder a un poder central semejante al europeo, sino más bien a un jefe o patriarca, y constantemente rivalizaban entre sí.
En tales factores descansó la derrota propinada por los conquistadores a su llegada a la región y la reducción de la mayoría de estas comunidades a la servidumbre, bajo el slogan de la supuesta evangelización.
Sin embargo, puede decirse que los tupí-guaraníes fueron los únicos que intentaron escapar del dominio de los extranjeros, al apelar a la migración masiva hacia las selvas de la gran cuenca amazónica y de las orillas de los Andes.
Esta diáspora sólo es comparable con la realizada por algunas tribus caribes en las Antillas y todavía debe profundizarse en los recorridos seguidos a través de Brasil, o desde Paraguay hacia el noroeste o el oeste.
De momento se conoce que una de las oleadas más fuertes ocurrió en 1522 y que de ella apenas quedaron los chiriguanos de Bolivia. Otra registrada a mediados de esa centuria cruzó el territorio brasileño, desde la costa oriental hasta Chapapoyas, en Perú.
También en el curso de la segunda mitad del siglo XVI, hasta 1612, columnas tupinambas se desplazaron desde Pernambuco al río Madeira.
Aún a mediados del XVIII, señala el investigador Luis Pericot en América Indígena, grupos tupíes de la Guayana francesa huyeron de los identificados como indios de los portugueses, probablemente reclutados como esclavos por los cazadores o bandeirantes.
Vindicación de Anastasio Aquino, rey de los nonualcos

Opiniones divergentes aún atraviesa el recuento de las proezas de Anastasio Aquino, miembro de la familia de los pipiles nonualcos, quien encabezó la primera rebelión organizada de los indígenas en El Salvador, a finales de 1832 y comienzos de 1833.
La gran mayoría lo considera un héroe, figura central en la historia del país y precursor de las revueltas ocurridas una centuria después bajo similares gritos de tierra y libertad, pese a ser calificado por algunos retrógrados de bandolero.
No obstante el logro de la independencia del dominio colonial español en 1821, los pueblos autóctonos seguían explotados por oligarcas y terratenientes criollos en minas y haciendas, obligados a enrolarse en las fuerzas creadas por ellos para guerrear entre sí.
El levantamiento de Aquino ocurrió en ese contexto y es considerado una de las tantas respuestas de los indígenas contra el mantenimiento de la explotación sobre el sector en el territorio.
Para otros, demostró la inconformidad de un alto porcentaje de la población en el período por el sostenimiento del status quo legado de la otrora metrópoli, mientras ciertos grupos procuraban acelerar a cualquier riesgo la integración regional.
Versiones que llegan hasta nuestros días plantean que él irrumpió con sus seguidores en el templo católico El Pilar, de San Vicente, tomó la corona del santo José, venerado allí, y tras colocarla en su cabeza, se autoproclamó Rey de los Nonualcos.
Detractores de Aquino insisten en la supuesta ofensa a los católicos o señalan como causa principal de la revuelta el amor de este por una ladina o blanca llamada Matilde Marín, o que el patrón de la hacienda La Jalponguita tenía a su hermano Blas en el cepo.
De acuerdo con defensores, el valor demostrado en el campo de batalla por el nacido en abril de 1792, en Santiago Nonualco, le granjeó el reconocimiento como rey por parte de los indígenas sin necesidad de agenciarse una corona prestada.
Historiadores salvadoreños concuerdan en que el cuartel general de Aquino estaba en una enorme cueva en el caserío de Los Lobatos, cantón de Santa Cruz Loma, y que tuvo otras sedes en un accidente geográfico similar del Cantón de San Sebastián o en el Cerro de Tacuazín.
El avance de las fuerzas del también autotitulado Comandante General de las Armas Libertadoras Indígenas hacia Olocuilta sólo pretendía la recuperación de las tierras arrebatadas por los terratenientes, del trato humano y la liberación de la servidumbre.
Roque Dalton, en su monografía El Salvador (1965), asegura que al llegar a Tepetitán, el nonualco prohibió cobrar impuestos y deudas, la fabricación e ingestión de aguardiente y los reclutamientos forzosos de aborígenes.
También estableció severas penas contra el robo, el pillaje, la violación y otras, lo cual desmiente otras tesis sobre la presumible condición de Aquino de asaltante de caminos y abusador de mujeres, opinó el poeta salvadoreño.
Al mismo tiempo demandó el reconocimiento y autonomía política del territorio liberado por su ejército, que comprendía los departamentos de La Paz y San Vicente.
La primera rebelión indígena en Cuzcatlán duró casi siete meses por la falta de abastecimientos, dinero y las maniobras de los oligarcas para aniquilarlo.
La ofensiva desatada contra los sublevados rindió sus frutos hacia febrero de 1833 y dos meses más tarde el líder fue capturado tras la delación del párroco Juan Bautista Navarro, recibido antes por Aquino en los territorios bajo su control.
El Rey de los Nonualcos padeció prisión, lo obligaron a recorrer con grilletes desde el centro de San Vicente hasta la Cuesta de los Monteros y después de fusilarlo, decapitaron su cadáver.
Cuentan que la cabeza del artífice de la gesta indígena fue hervida en aceite, paso previo a su exhibición en una jaula de hierro para intimidar a los revoltosos.
La familia de Aquino sufrió similar persecución y tuvo que esconderse en las montañas de la zona, mientras los despojos del héroe terminaban en el cementerio sin que se descubriera por obra de quién, relató el historiador salvadoreño Julio Alberto Domingo.
Sólo en julio de 1984, en pleno apogeo de la guerra interna extendida hasta 1992, varios vicentinos ubicaron la sepultura, colocaron una placa y levantaron un pequeño monolito en su honor.
La opinión pública conoció del sitio y de la acción de los citadinos miembros del Patronato Cultural cerca de 22 años después por el empeño de Oscar Martínez, director de la UFG-Editores, de la Universidad Francisco Gaviria.
El guardían de las buenas personas

Las buenas personas y trabajadoras tienen un guardián en El Salvador: un perro delgado, de cola larga, dientes afilados y ojos rojos, conocido como el cadejo blanco.
Contrario a lo que relatan otros mitos populares, este ronda por las noches y aunque sus pasos suenan como cascos de cabro, sólo aparece para proteger de cualquier peligro al caminante.
En ese afán, el can de hocico puntiagudo se pelea hasta con el cadejo negro, que supuestamente es el mismo demonio encarnado en un perro de ese color.
Contada para condicionar la forma de ser, pensar y actuar de infantes y mayores, como el resto de las leyendas que corren por estos países, la referida asegura que el can más claro vela por quienes son respetuosos de sus congéneres y salen casi de madrugada a trabajar.
Otra versión señala que el cadejo blanco también cuida a los borrachos en la calles, para que no les ocurra nada y sus familias no tengan que padecer por ello, mientras otra defiende que este sólo aparece cuando se trata de mujeres y el negro, ante los hombres.
Pero la mayoría coincide en que el relato mitológico se originó a partir de lo ocurrido a una pareja de campesinos salvadoreños a raíz del nacimiento de sus dos hijos: uno blanco y otro negro.
Según la leyenda, los gemelos de diferente color eran identificados por los vecinos por el color de su piel y muchas veces criticados por lo poco que ayudaban a sus progenitores.
Más bien, estos se la pasaban vagando por las calles sin hacer nada desde muy pequeños y solían divertirse escondidos entre los matorrales y asustando a los jóvenes que venían o iban a fiestas a media noche.
Un buen día, los hermanos trataron de atemorizar a una pobre viejita que pasaba por el lugar y ella les echó una maldición: "vagos, si les gusta asustar a la gente indefensa, pues lo seguirán haciendo por el resto de su vida".
Los gemelos no le dieron importancia a lo expresado por la señora y regresaron a sus casas para satisfacer sus ganas de comer, donde horas después fueron encontrados por sus padres transformados en perros y lanzando terribles aullidos.
La pareja nunca logró imaginar que ambos animales, uno negro y otro blanco, eran sus hijos y ante los chillidos espantosos que hacían decidieron cerrar la puerta del hogar y marcharse para siempre.
Desde entonces, cada media noche ambos siguen a los caminantes como perros pacíficos, mas si les tiran piedras, crecen al tamaño de un hombre y les ponen sus ojos rojos como de fuego.
Transformados en una suerte de toro salvaje, este
El cadejo, sea blanco o negro, no ladra solo silba y acompañan a los trasnochadores hasta sus destinos pero no los lastiman, siempre que no atenten contra ellos.
Muchos salvadoreños creen además que este sabe lo que las personas piensan durante su andar y cuando se sienten bien con ellas, las cuidan hasta el cansancio.
Incluso, velan llegan a dormir junto a ellos para cuidarle de los malos espíritus o de alguna persona que quiera hacerle daño, de modo similar a como lo haría un fiel guarda espaldas.
En relación con esta creencia, también corre en El Salvador la historia de un joven que vivía cerca de las costas y visitaba todas las tardes a su novia en un pueblo vecino hasta que se le apareció en el camino una gran chanchona (cerda).
Al ver a esta en el centro de la calle, en actitud desafiante, el muchacho sintió miedo y con cuidado desenvainó el machete, pero pese a lo afilado de este, no logró inflingirle ninguna herida al animal.
Días después, sintió unos pasos muy leves cerca de él y de repente vio a la par un pequeño animalito oscuro con pezuñas como los cabros: era el cadejo, empeñado en protegerlo.
Aún después de casado, y sin que recorriera largas distancias, el hombre tenía la certeza de andar acompañado por el curioso perro, símbolo de los espíritus que supuestamente rodean a los seres humanos.
Caribe: los hermanos de la costa

Mezclar el vino con agua es un sacrilegio, enseñaron los bucaneros, rudos hombres de mar europeos que quizás cansados de sus correrías terminaron en suelo caribeño dedicados a cazar, comer y beber en exceso.
Pero entre col y col, lechuga, enseña el refrán popular. Los hermanos de la costa, como también fueron identificados, devinieron expertos en preparar el sabroso boucán o cecina, tan codiciado por las tripulaciones de las naves piratas y corsarias, de paso por la zona.
Práctica común entre ellos fue negociar con los marineros que rondaban el área, dueños de suficientes mercancías para pagar el exquisito plato de cerdo asado, rociado con jugo de limón, pimienta, orégano y hierbas aromáticas.
Cientos de hombres de mar, cansados de guerrear contra los buques españoles para quitarles el oro y la plata -arrancados antes a los indígenas americanos-, probablemente sintieron muchas veces llegar al paraíso de los cristianos al atracar en isla Tortuga, en Haití.
Los bucaneros, mayoría en el lugar, los esperaban con barriles enteros de vino y ricas postas de carne de cerdo, pero también de codornices y palomas torcaces.
Las aves eran colocadas en el vientre del primero y asadas hasta que la piel del chancho quedara crujiente y dorada, lista para el festín.
Además de cazar animales salvajes para preparar esos platos, los bucaneros traficaron pieles, carne salada, tabacos y algunos objetos de plata labrados, afirmó el historiador cubano José Luciano Franco.
Cuando los primeros de ellos tomaron posesión de isla Tortuga, ni Inglaterra ni Francia hicieron esfuerzos financieros ni militares por ejercer el dominio en las Antillas, según el autor de la Historia de la Revolución de Haití (1965).
La pequeña guarnición española en la ínsula, casi sin contacto con los suyos y carente de auxilio, pronto abandonó el lugar sin resistencia a los aventureros interesados en asentarse en él para convertirlo en base de operaciones en la región.
Luego comenzó la disputa entre ingleses y franceses por controlar el territorio, y conllevó a la expansión de los segundos hacia las costas occidentales de La Española a inicios del siglo XVII.
La división de labores en las comunidades establecidas en estas tierras por los franceses incidió en que los cazadores fueran llamados bucaneros; los dedicados al corso, filibusteros; y los labradores, habitantes.
Mientras unos acopiaban cueros de buey a montones, otros llevaban a la Isla un botín considerable, lo cual los colocó en condiciones de negociar con decenas de buques que arribaron a las costas.
La fama de la bonanza económica disfrutada por los habitantes de Isla Tortuga atravesó el Atlántico, en particular durante la gestión como gobernador del francés Bertrand d'Oregon.
Este, por ser uno de los principales instigadores de la piratería contra las colonias españolas en el Caribe, alentó la inmigración desde Francia y ofreció créditos a los decididos a viajar a la Isla.
D'Oregon trató de mantener la paz y el crecimiento poblacional a través de estrategias tales como contratar mujeres dispuestas a servir de esposas a los hombres de mar asentados allí.
Bajo su égida, los franceses poblaron casi todo el norte de La Española. Durante su administración, el surgimiento de las habitaciones del Cul de Sac, en Santo Domingo, atrajo igualmente a muchos antillanos y franceses al otrora cuartel general de piratas y filibusteros en el Caribe.
El valor incalculable de América Latina
América Latina abarca sólo el 16 por ciento de la superficie terrestre y el ocho por ciento de la población del mundo, mas ocupa un lugar ventajoso en el escenario internacional por su riqueza ecológica.
La globalización, la unipolaridad y el neoliberalismo desatados a partir del desplome del socialismo en Europa, en los años de 1980, incidió en que muchos de los recursos de la región comenzaran a considerarse estratégicos para la seguridad nacional por la potencia del norte.
Cuestiones esenciales desde la óptica de la sustentabilidad planetaria- entiéndase biodiversidad, desnuclearización y los identificados como servicios ambientales- convergen en los países del área, donde quizás llegue a jugarse el futuro de la humanidad.
Este criterio, en el que concuerdan especialistas de diversas ramas, guarda relación conque la zona es una de las pocas del mundo libre de instalaciones nucleares, dueña del 27 por ciento de la reserva de agua dulce superficial, de una riqueza biológica y boscosa.
Los bosques tropicales y templados latinoamericanos ofrecen un servicio muy preciado para la supervivencia de los seres humanos: la captación del dióxido de carbono y otras sustancias contaminantes, opinó Antonio Elizalde, rector de la Universidad Bolivariana de Chile.
Estadísticas del Banco Interamericano de Desarrollo señalan que América Latina alberga, de las especies conocidas, el 27 por ciento del total de las mamíferas, el 37 de las reptiles, el 43 de las aves, el 47 de las anfibias y el 34 por ciento de las plantas de floración.
La región también es privilegiada porque cuenta con 700 millones de hectáreas cultivables, 570 millones propicias para el pastoreo natural y más de 800 millones pobladas de bosques, según investigadores del Departamento de Desarrollo Sostenible del organismo financiero.
Elemento de peso en el valor readquirido por América Latina, antes proveedora del oro con el cual creció el capitalismo, es la cuantiosa riqueza hídrica expandida por su jurisdicción.
Además de la abundancia de arroyos, bañados, esteros, glaciares, lagos, lagunas y ríos, diseminados del Bravo a la Patagonia, destaca el tercer acuífero más grande del mundo: el Guaraní, cuyo volumen es de 55 mil kilómetros cúbicos.
Varios autores coinciden en que las guerras, al avanzar la centuria, serán provocadas por la ansiedad de controlar las aguas continentales ante la ascendente demanda y el previsible agotamiento del recurso por la deforestación, el despilfarro y otras cuestiones asociadas.
Científicos prevén para 2025 una demanda de 56 por ciento por encima del suministro en el mundo: sólo el sector industrial estadounidense consumirá para entonces 1,5 billones de litros de agua dulce y generará 300 mil millones de litros de desechos por año.
Gian Carlos Fernández, investigador mexicano, precisó que tales cifras no incluyen el gasto de los agricultores, ni el de los grandes centros urbanos de ese país.
Negocio que supera el relacionado con la industria farmacéutica es el del agua embotellada, cuya venta creció más de 80 veces hasta alcanzar el récord de 22 mil millones de dólares de ganancia de 1970 a 2000, de acuerdo con datos de la Organización Mundial del Comercio.
En ello descansa la pugna entre los que defienden que el agua es un bien común social relacionado con el derecho a la vida y los que consideran que esta debe verse como una mercancía al estilo del café, el petróleo, el trigo o el tabaco.
A tono con la segunda opción, el Banco Mundial impulsa la concentración del control de las fuentes hídricas en manos de organizaciones no gubernamentales -Conservation International, World Wild Fund for Nature, y otras-, y la privatización de las cuencas.
Mientras, las transnacionales alientan a los Estados a deshacerse, a favor de aquellas, de los sistemas de distribución, almacenaje y potabilización, añadió Fernández.Ejemplos sobran en América Latina de gobiernos que, sin detenerse en los atributos ecológicos de sus países, cedieron a presiones de ese tipo o entregaron la soberanía sobre el medio ambiente en virtud de Tratados de Libre Comercio ideados en Estados Unidos.
Estos obviaron la magnitud del valor estratégico que conservan los minerales y el petróleo latinoamericanos, pero en particular, si la región logra integrarse sobre su propio eje, puede transformarse en la cuarta economía más poderosa del planeta.
La integración autónoma permitiría administrar de conjunto la riqueza natural de la zona y participar con ventajas en las negociaciones de cuotas de producción y precio, señaló el profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, Fernando A. Noriega.
La unidad del área también redundará en la conformación del tercer mayor mercado potencial del mundo, sólo superado por los de China y Japón, añadió el catedrático.
Para entonces, la importancia estratégica de la Patria Grande, en el plano económico, puede traducirse en poder de negociación de su posición en el sistema financiero internacional y constituirse en el bloque poseedor de los ecosistemas de mayor biodiversidad conocido.
Centroamérica: el silencio como castigo

La United Fruit Co.
Cuando sonó la trompeta, estuvo
Todo preparado en la tierra
Jehová repartió el mundo
Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors y otras entidades:
La Compañía Frutera Inc.
Se reservó lo más jugoso,
La costa central de mi tierra,
La dulce cintura de América.
Bautizó de nuevo sus tierras
Como "Repúblicas Bananas",
Y sobre los muertos dormidos,
Sobre los héroes inquietos
Que conquistarón la grandeza,
La libertad y las banderas,
Estableció la ópera bufa:
Enajenó los albedríos,
Regaló coronas de César,
Desenvainó la envidia, atrajó
La dictatura de las moscas,
Moscas Trujillo, moscas Tachos,
Moscas Carías, moscas Martínez,
Moscas Ubico, moscas húmedas
De sangre humilde y mermelada,
Moscas borrachas que zumban
Sobre las tumbas populares,
Moscas de circo, sabias moscas
Entendidas en tiranía.
Entre las moscas sanguinarias
La Frutera desembarca
Arrasando el café y las frutas,
En sus barcos que deslizaron
Como bandejas de tesoro
De nuestras tierras sumergidas.
Mientras tanto, por los abismos
Azucarados de los puertos,
Caían indios sepultados
En el vapor de la manaña:
Un cuerpo rueda, una cosa
Sin nombre, un número caído,
Un racimo de fruta muerta
Derramada en el pudridero.
Pablo Neruda
El silencio es el peor de los castigos que enfrenta hoy Centroamérica, región que clasifica entre las más desatendidas por los medios de comunicación globalizados.
Aunque los índices de violencia y pobreza colocan a esta zona en situación similar, las miras siguen centradas en la crisis del Medio Oriente o la depauperación de África.
El anonimato condena además al abundante legado de los primeros pobladores del continente extendido por el área, mientras se reiteran reportajes, comentarios, y todo tipo de análisis sobre las pirámides egipcias o las milenarias culturas grecorromanas y asiáticas.
Cualquiera podría pensar que poco importa el profundo drama humano que se juega en la denominada "cintura de América", tan visibilizada en la década de los 80 por los medios, analistas, periodistas, politólogos, historiadores, entre otros.
En esos años, la región fue un encarnizado campo de batalla por las terribles guerras internas en Guatemala, Nicaragua y El Salvador, que dejaron por saldo miles de desapariciones, torturas, asesinatos, y otros crímenes.
El combate abierto entre los movimientos guerrilleros y los ejércitos nacionales, financiados y asesorados desde Washington, redundó en esa época en la muerte de más de 400 mil mujeres, hombres e infantes en Centroamérica.
Honduras y Costa Rica tampoco escaparon del conflicto, porque fueron convertidos en base de operaciones de la contrarrevolución nicaragüense con la anuencia de sus gobiernos.
Sin embargo, esta permanece desaparecida del campo noticioso concebido incluso por los medios alternativos progresistas, que proliferan y se empeñan en hacer más visible la realidad latinoamericana, opinó el ensayista y escritor Marcelo Coloussi.
En el imaginario de muchos, América Central sigue siendo una idea vaga, un lugar exótico plagado de selvas, un cúmulo de naciones bananeras sin mucho que aportar al debate sobre los rumbos que guían a la política internacional o al futuro de esta parte del mundo.
Peor aún: se ignoran los vestigios de las monumentales pirámides expandidas por el istmo, tanto o más admirables que las egipcias; la astronomía maya, con un calendario más exacto que el gregoriano impuesto en todo el mundo; o sus matemáticas, pese a ser los inventores del cero.
También se desconoce el holocausto del pueblo maya en Guatemala, donde se registraron más de 200 mil muertes y 600 aldeas fueron incendiadas, al mismo tiempo que cualquiera puede comentar sobre los asesinatos en masa del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.
Ambos pueden calificarse de monstruosos, pero la producción cinematográfica prioriza las denuncias sobre el segundo y se olvida de las masacres de tierra arrasada que padecieron estos pueblos en el contexto de las dictaduras militares de los años 70 y 80.
Estas y otras razones inciden en que los países centroamericanos sean apreciados como un bloque donde confluyen varios esbozos de repúblicas o republiquetas, caracterizadas por el atraso comparativo, condiciones de vida muy difíciles, impunidad, corrupción estatal y alta violencia.
Mas, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Belice, Panamá y Costa Rica, con algunas diferencias, funcionan también como una estructura casi homogénea por ciertos aspectos económicos, políticos, sociales y culturales.
Salvo la denominada Suiza de Centroamérica, estos países acumulan los más bajos índices de desarrollo humano del continente, superados apenas por Haití, una de las naciones más depauperadas del mundo.
Los tímidos pasos dados por los sectores de poder en función de la modernización de estas economías, bajo la impronta neoliberal, apenas lograron contrarrestar la larga data de la condición de agroexportadoras.
La liberalización extrema, el incremento de la explotación y de la conflictividad social, unido al control de las transnacionales extranjeras son los resultados más elocuentes de estas estrategias.
Centroamérica también es considerada uno de los principales centros de operaciones del crimen organizado, donde actúan sin muchas trabas traficantes de personas y de drogas, cuyo destino final suele ser Estados Unidos.
La zona además sufre el deterioro progresivo de su biodiversidad, por la ausencia de planificaciones a largo plazo y el saqueo desmedido de sus recursos naturales, aceptado por corruptas autoridades estatales.
A este panorama se suma la presencia estadounidense, mucho más notoria que en otras partes de Latinoamérica, donde el ingreso de divisas por concepto de remesas desde el norte constituye una de las principales fuentes de sobrevivencia.
Esto marca la política de algunos gobiernos, especialmente en El Salvador, a lo que se suma el renovado interés de Washington por el área debido a su condición geoestratégica.
