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El bumerán de la red de redes

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Frente a la información oficial difundida por los megamedios, la telefonía celular e Internet, se erigen en este siglo como mecanismos de defensa del derecho a conocer la verdad o al menos, otras visiones sobre un mismo acontecimiento.

La cuestionable apertura y participación en los procesos de comunicación se desdobló en un bumerán para sus impulsores, quienes probablemente nunca previeron las insurrecciones mediáticas gestadas en los últimos años contra sus proyectos de dominación.

El despliegue de redes detractoras del Área de Libre Comercio en las Américas, de los Tratados de Libre Comercio, y la hemorragia bloguera desatada a raíz del golpe de Estado contra el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, son apenas algunas muestras.

Los sucesivos descalabros de sistemas políticos orientados al socialismo, las dictaduras militares de los años 1980 y otros factores, permitieron al aparato mediático cultivar un imaginario derrotista en relación con las revoluciones y reforzar la cultura del mercado.

En medio de este escenario, muchos aceptaron de manera acrítica la devaluación de ideologías, de proyectos políticos transformadores, de las pasiones encarnadas por estos, de las prácticas sociales colectivas, y de sentimientos y valores humanos considerados trascendentes.

El “vale todo” plantó sus botas sobre las culturas locales y trocó todo en descartable y efímero, con el respaldo de una discursiva mediática potenciadora de la desfragmentación y el desprecio a las prácticas anticapitalistas conscientes o simbólicas.

Los avances tecnológicos, en tanto favorecieron la globalización del conocimiento de lo que sucede en los lugares más remotos, favorecieron la conformación de la subjetividad de esta época histórica, la saturación informativa y la incomunicación alienante.

La enajenación de los sujetos se puso a la orden del día con el distanciamiento creado por la política hegemónica, entre las imágenes y dichos que saturan los medios y el ancho campo de las resistencias, dolores y esperanzas populares.

Tal estado de hecho redundó en el desencuentro entre las palabras y sus significados y de las imágenes que consumimos con las representaciones de nuestros actos cotidianos, considera la argentina Claudia Korol.

La “comunicación en formato zapping” condujo a la proliferación de interpretaciones mesiánicas, de fundamentalismos, la exacerbación de los individualismos, y la continua frustración de la creencia en los fetiches sucesivos establecidos por el mercado.

La generación permanente de mensajes estimuladores de necesidades y ansiedades materiales es inherente a un sistema social cuya prioridad es la reproducción ampliada del capital y su embellecimiento responde a la necesidad de fomentar la cultura consumista.

Varios estudiosos coinciden en que el sentido de pertenencia localista se diluye con las ofertas de los emporios mediáticos, porque muchos no encuentran respuestas a sus necesidades básicas en la cotidianeidad y, ante lo que le muestran, sienten cada día más empobrecidos sus rasgos.

La incomunicación, como estrategia de dominación, marcha acompañada del terrorismo mediático, novísimo adjetivo en boga, alusivo a una práctica que supera la centuria.

Desde que William R. Hearst definiera a los titubeantes reporteros del New York Journal -designados para cubrir el conflicto hispano-cubano de finales del siglo XIX- que él se encargaría de fabricar la guerra con las informaciones de ellos, sentó las pautas de lo que sería ejercicio constate en esta centuria.

Numerosos son los ejemplos de la complicidad de los medios con las fuerzas más retrógradas y su predisposición a invadir los espacios ajenos para, a tono con los objetivos de ellas, secuestrar mentes e inducirlas a aceptar el dominio al que se les somete.

El terrorismo mediático alude a la manipulación de la información, establecida mediante el silencio, la censura, y la propaganda, con la intención de influir en la opinión pública para crear dudas, temores, y zozobras con fines políticos, económicos, religiosos, u otros.

Es incalculable el potencial de la información para arrastrar a un país a un conflicto y la de los medios y agencias publicitarias para usar la verdad, en detrimento de ella misma, sin descuidar las reglas del espectáculo.

La guerra mediática es un complemento de las otras guerras, aunque no alcanza a sustituirlas. En todo caso, se suma a las formas tradicionales de represión contra los pueblos y en Latinoamérica, cobra rango de problema de seguridad nacional y regional.

Fernando Buen Abad, comunicólogo mexicano, considera que la envergadura de las campañas mediáticas por desacreditar a los elementos de progreso en este continente debe ser contrarrestada con la instalación de un frente de comunicólogos del área, que en constante intercambio con los movimientos sociales de bases, articule la defensa ante esa agresión.

Para sus artífices, son meras trivialidades las masacres étnicas, la muerte diaria de miles de personas por hambre o enfermedades curables en el mundo, o el ametrallamiento de poblaciones enteras bajo cuestionables ideales democráticos.

El terrorismo mediático guarda vínculos estrechos con la tríada periodismo, periodista y poder, y prevalece desde los comienzos de la hostilidad entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Estados Unidos.

Ambos, empeñados en sostener el liderazgo en sus respectivos bloques geopolíticos y controlar políticamente los territorios ultramarinos, ricos en reservas de materias primas y fuentes de energía no renovables, hicieron del terrorismo mediático un arma común, recuerda Gregorio Javier Pérez Almeida

Pero por suerte, la historia de la comunicación contemporánea muestra el progresivo incremento de la insatisfacción con este modo de obrar de los medios de difusión masiva.

La crisis de credibilidad avanza y algunos hablan de insurrecciones mediáticas ante la creciente “inseguridad informacional”. Ramonet insiste en que el cuerpo social está desarrollando mecanismos de alerta ante lo que escucha, lee o ve, en los aparatos ideológicos de la globalización.

Baste un recorrido por el espacio virtual y saltarán a la vista las muestras de que la ciudadanía, cercana al convencimiento de que estos la engañan por razones políticas y financieras, les hace la contrapartida.

Sábado, 17 de Octubre de 2009 11:50 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

El poder de los medios en el siglo XXI

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   La dictadura mediática nos somete y toda resistencia es poca frente a las supercherías bien pensadas por los encargados de oxigenar al capitalismo, fomentando una cultura de masas acorde con sus postulados de dominación.

   El mensaje discriminador, cada vez más descarnado, enseña que para alcanzar el probable triunfo anunciado vale salir de compras con mayor frecuencia, aclararse el cabello, depilarse el cuerpo y la mente, y someterse a la tiranía de un régimen alimenticio estresante.

   Las trasnacionales mediáticas y sus repetidoras nacionales aumentan sus dividendos con el manejo de poderosas armas: la información, la publicidad y el entretenimiento.

   La combinación de estas les permite imponer estilos de vida e intereses, el individualismo, el consumismo, la pérdida de identidad, y la dependencia en todos los órdenes.

   Los códigos inoculados por los megamedios y sus sucedáneas incitan a mujeres y hombres a dedicar más tiempo al cuidado de la apariencia, que a pensar. Simplificar parece ser la fórmula mágica.

   La relativización de las posiciones políticas, económicas y otras; la ambigüedad de los personajes y situaciones; la superficialidad al representar el entramado social y a los actores, tratan de frenar la aspiración humana de entender lo que acontece.

   Esa no es cuestión que deba preocupar, sugieren en clave subliminal los agentes de la difusión en esta era de monopolios mediáticos preestablecidos, respetuosos de los preceptos más turbios de la concepción nacionalsocialista alemana acerca de la propaganda.

   La rigurosa jerarquía impuesta mantiene sólo a ciertas televisoras y periódicos como referentes de la información circulante por el mundo, quienes exhiben sin recato el traje de soldados e indispensables engranajes de la organización y ejecución de planes dirigidos a avasallar voluntades.

   De acuerdo con el comunicador Alberto Rojas Andrade, los encargados de promover o justificar guerras, alientan la desmoralización, el olvido y la ignorancia.

   Lejos de promover la educación cívica y arrojar luces sobre lo que acontece en cualquier parte, metamorfosean la realidad según los intereses de sus patrocinadores e incentivan la degradación ambiental, el despilfarro, el consumismo, y la violencia, añade.

   En vez de cubrir el déficit de identidad ascendente en nuestras sociedades occidentalizadas -por la quebradura de pilares básicos como la familia, la Iglesia Católica y otras instituciones-, los predestinados a formar opinión pública tratan a los seres humanos como vil mercancía.

   El respeto a las leyes de la información hace mucho cedió el terreno a la producción de noticias bajo las leyes de la oferta y la demanda. Hasta los mejores intencionados, adaptan sus formas de decir y hacer, con el propósito de insertarse en el mercado y vender mejor.

   En ese esfuerzo, los medios de difusión masiva siguen las leyes de la retórica y otras dominantes en la cultura de masas. Prevalecen los efectos de emisión, simplicidad, espectacularidad, maniqueísmo, velocidad, urgencia, e instantaneidad, en el sentido de la velocidad en tiempo real.

   Es última, gracias a la magia de Internet, destruyó la obediencia al período necesario para elaborar las noticias y destapó la premura por transmitir, en el orden técnico meramente, en desmedro de la verificación oportuna de datos y de la calidad del producto comunicativo en general.

   El valor de la información ahora descansa en la agilidad con que llegue a los receptores, luego de ocurrir el hecho noticioso, y el de los medios de difusión masiva, en su capacidad de competir por llegar primero a vender.

   La gratuidad en los servicios de esta naturaleza, cultura impulsada también por la red de redes, perturba a su vez los mecanismos comerciales de la información, señala el doctor en Semiología e Historia de la Cultura, Ignacio Ramonet.

   Los gratuitos crecen, en la misma medida en que otra vía se impone para captar el beneficio económico por los mensajes. “El negocio consiste en vender ciudadanos a los anunciantes”, define el francés.

   Los vendedores de productos comunicativos batallan por atrapar a más receptores en esta época y recibir, en proporción, más solicitudes de campos para publicidad.

   Para ello, la información tiene que bajar su nivel de elaboración, reajustarse para atrapar al menos interesado en consumirla. Cuantos más atrayente y sencilla sea esta, más numerosos serán los que se le acerquen y el medio ganará más interesados en publicar sus anuncios en él.

   Tantos leen, escuchan o miran un medio, tantos pueden ser capturados por los promotores de los bienes de la sociedad de consumo y la urgencia en modificar el funcionamiento estructural de la información, para lograrlo, redunda en el descuido de parámetros esenciales como la verdad, siempre subjetiva y en función del punto de vista de quien la transmite.

   La globalización neoliberal, impensable sin el progreso desmesurado de las comunicaciones en su arista tecnológica, modificó todas las estructuras de funcionamiento de la sociedad.

   Este fenómeno, esencialmente económico, implicó el aniquilamiento de las barreras a la circulación de los capitales, al desmaterializar el mercado de cambio.

   La revolución digital, hija de un proyecto encaminado a agilizar el trasiego de capitales y no a proporcionarnos el placer del amor o la amistad a despecho de distancias físicas, creó un sexto continente, Internet, e impulsó la fusión de empresas especializadas en materia comunicativa.

   Texto, imagen y sonido, andan tomados de la mano por las autopistas del ciberespacio, mientras se fortalecen los pulpos integradores de las principales esferas de la información.

   La rentabilidad es la única preocupación de estas megaempresas, en tanto los medios, convertidos en actores dominantes en sociedad a partir de su matrimonio con el poder financiero, asumen el papel de aparatos ideológicos de la globalización.

   Ramonet explica que esta penetra con el apoyo del ahora Segundo Poder –detrás del financiero y por delante del político-, que la estableció y defiende como sinónimo de progreso o modernidad.

   Aparejada a esta idea, corre una orientada a inmovilizar cualquier síntoma de resistencia, sustentada en la tesis de la imposibilidad de luchar contra la pareja infernal que suponen los medios y el poder financiero.

   La voluntad política de supeditar a ambos es un arma temida por los adalides del sostenimiento de la ideología globalizadora. No es gratuito que esta expresión de resistencia a la intensión de dominar el mundo sea la más atacada por el aparato mediático en este siglo.

   De ello dan fe las múltiples maquinaciones contra el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y su líder Hugo Chávez; el presidente ecuatoriano Rafael Correa; y sus pares Evo Morales (Bolivia), Cristina Fernández (Argentina) y Daniel Ortega (Nicaragua), por sólo citar algunos.

Jueves, 08 de Octubre de 2009 15:47 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Cambio social en clave de comunicación

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 Barrer con los latifundios mediáticos, con el terrorismo implantado por los medios, y democratizar la comunicación y la información, son eslóganes repetidos cuando se habla de la necesidad del cambio social.

   Todos parecen estar convencidos de tales urgencias, pero cada quien tiene su propia idea de cómo o para qué debe hacerse.

   “Las fisuras en este reclamo colectivo son demasiadas”, afirma el director del Observatorio Latinoamericano en Comunicación y Democracia, Aram Aharonian .

   Probablemente, un sinnúmero de participantes en tal polémica desconozca el significado real de lo que implica democratizar la comunicación.  

   Más allá de poner los medios en manos del Estado, concebido como representante máximo de la nación, esta debe legitimar el derecho a informar y estar informados, así como la responsabilidad mediática de fomentar la formación de la ciudadanía.

   La democratización de la comunicación debe frenar, además, la articulación y funcionamiento de los monopolios y oligopolios mediáticos y garantizar que los medios alienten la recuperación de la memoria y de la cultura nacional.

   Las reformas o cambios legislativos en este orden, reclamadas por muchos, supondrían una variación relativa desde el Estado y de poco valdrían si ocurrieran sin un previo debate o participación popular eficaz, señala Aharonian.

   Para el directivo, el desconocimiento de estas cuestiones y de la opinión pública al refrendar una ley de tal alcance puede arrastrar consigo un costo político enorme a cualquier proceso político progresista.

   Una normativa pensada desde arriba, sin consultar a los movimientos sociales populares y a la ciudadanía en general, puede terminar siendo autoritaria y restrictiva de la libertad de expresión y ello implicaría una regresión en los objetivos que deberían orientarla, añade.

   Mientras, las producciones enlatadas de las transnacionales de la información norteñas acaparan la atención de los públicos locales, al ser reproducidas por medios de estos países.

   De igual modo, crece el divorcio de generaciones enteras con sus costumbres originales y la asimilación al patrón macdonalizado de pensar y desenvolverse en sociedad.

   En tiempos de globalización no basta con la voluntad y la sabiduría popular recuerda que de buenas intenciones, está empedrado el camino al infierno.

   Es necesario programar modelos de comunicación distintos que acerquen a los desposeídos a los progresos de la ciencia y la técnica, pero no como meros observadores, sino como beneficiarios de sus resultados.

   Incluso, aquellos medios autoclasificados de alternativos, siguen centrando sus análisis en el accionar de los gobiernos progresistas y poco espacio dedican a visualizar a los únicos capaces de modificar radicalmente las relaciones de fuerza, los movimientos sociales y el pueblo en general.

   La mentada alternatividad no siempre descansa en bases reales. Terminología, informaciones priorizadas, y formas de presentación, suelen ser calcos o acercamientos poco felices a los medios tradicionales y poca relación guardan con los sectores a los cuales dicen representar.

   A estos medios surgidos en el fragor del combate por el cambio social más cabría denominarlos libres o independientes, o emitidos desde la ciudadanía, como sugiere el sociólogo belga, Armando Mattelart.

   Entre las propuestas comunicativas por el cambio destacan las de las redes de radios comunitarias, acogidas en su afán por legitimarse como mecanismos de presión ante las realidades nacionales.

   El acceso y la información son los pilares defendidos por estos medios, que apuestan por la diversidad lingüística, cultural y mediática, en correspondencia con quienes constituyen sus principales receptores: los excluidos o marginados.

   “No habrá cambios profundos sin el concurso de los de abajo, organizados en movimientos. Colocar el fondo del análisis en los gobiernos es dejar a un lado nada menos que a la parte decisiva de la realidad, por lo menos desde una mirada antisistémica”, opina el uruguayo Raúl Zibecchi.

   La redistribución de las riquezas es una tarea pendiente en esta América Latina lastimada por las secuelas del neoliberalismo y resulta utópico soñar con cambios de fondos sin cumplirla.

   Por consiguiente, una de las principales causas de los conflictos sociales continúa en pie y puede erigirse en instrumento de movilización contra los progresistas en el gobierno.

   La democracia sólo se salvará en América Latina y el Caribe si se logra democratizar los medios, pero para ello resulta indispensable una remoción radical de los pilares básicos sobre los cuales se sustenta el dominio capitalista, y así allí deben dirigirse las miradas con el concurso de todos.

Jueves, 08 de Octubre de 2009 15:43 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Latinoamérica: dependencia y comunicación

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La lucha de los latinoamericanos por liberarse de la dominación interna y de la dependencia externa empieza con el siglo XX, pero en el plano cultural, esa batalla alcanza preponderancia en los 1970. Una de las aristas de este despegue es la investigación científica en comunicación, comprometida con el cambio estructural, en beneficio de la democracia.

La renovación de las técnicas narrativas, poéticas, cinematográficas, musicales y otras de índole cultural, también acompañaron a este movimiento, que incluyó cierta radicalización del discurso político y de las conceptualizaciones teológicas y en las ciencias sociales.

Este proceso coincidió en el tiempo con la efervescencia revolucionaria desplegada por el subcontinente bajo la impronta de la Revolución Cubana (1959), pero mucho agradeció al inconmensurable valor del caudal acumulado en materia cultural e intelectual en los países situados al sur del Río Bravo y a su capacidad de generación.

En la época, numerosas casas editoriales extranjeras catapultaron a la fama a los escritores de la zona- identificados con el nacionalismo y hasta con las ideas socialistas en boga- y las costumbres, tradiciones e historia de los pueblos sobre cuyas experiencias descansaba el "realismo mágico", que deslumbró a la "culta" Europa.

Teóricos concuerdan en que quizás ello responda a que, para entonces, allende el Atlántico empezaba a vislumbrarse el progresivo agotamiento en el campo de las ideas y la falta de estímulos a la generación de ideologías y mitos sociales capaces de movilizar energías favorables al enriquecimiento efectivo de la vida humana.

La genialidad de hombres que colocaron a Europa en la cúspide del pensamiento y las artes en otras etapas- como los filósofos de la antigüedad, los grandes exponentes del renacentismo, del iluminismo, la revolución industrial o el marxismo-, pocas veces fue superada. Por el contrario, en el transcurso de la decimosegunda centuria predominó, de forma gradual, un pensamiento fragmentado y parcializado, en defensa de un solo modo de concebir el desarrollo.

Para América Latina, en contraposición, la década de los sueños supuso el ascenso de la llamada izquierda, de los movimientos guerrilleros y de liberación nacional, pero también, la proliferación de ritmos musicales, corrientes literarias, filosóficas, religiosas y de todo tipo, casi siempre orientadas a impulsar transformaciones sociales para bien de las mayorías.

El espíritu unificador prevaleciente en el período se evidenció, igual, en la voluntad de reconocer la identidad compartida por los pueblos del subcontinente y en el orgullo por la prolífera novelística cuestionadora emergente.

Esta forma de narrar lo cotidiano demostró la asimilación de los códigos de la literatura universal y de la cultura masiva moderna, más logró romper con esquemas foráneos, con tal de representar las experiencias de estas naciones y traspasar los límites del cientificismo occidental.

Los realizadores cinematográficos también procuraron un singular modo de hacer en ese ámbito, en tanto sacerdotes y religiosos católicos de la región, encaminaron la reinterpretación de la palabra de Dios, estampada en la Biblia.

La Teología de la Liberación, cuya aparición es situada por algunos en 1968, derivó del cuestionamiento al estilo occidental de concebir la relación entre los seres humanos y sus deidades y redundó en múltiples aportaciones doctrinarias latinoamericanas sobre la cuestión. Todas, en sincronía con la más genuina tradición apostólica y magisterial del catolicismo, pero preponderando la opción preferencial por los pobres.

Tampoco las Ciencias Sociales quedaron al margen de las reevaluaciones en la etapa: el desarrollismo propugnado por la Comisión Económica Para América Latina y, su contraparte, el dependentismo marxista, incitaron a una caracterización específica de la historia y de las dimensiones de lo social, al mismo tiempo que centraban sus análisis en problemas como el desarrollo, la dependencia y la revolución.

-. Escuela de Comunicación en América Latina

Estas corrientes renovadoras abarcaron las Ciencias de la Comunicación Social en América Latina, cuyos teóricos no siempre lograron desprenderse de los patrones racionales emanados de los centros intelectuales de los países centrales.

Para el mexicano Javier Esteinou, desde la expansión de los medios de difusión electrónica por la región, las investigaciones comunicológicas en esta parte del mundo atravesaron por tres momentos: la fase clásico-humanista (1900-1945), la fase científico-teórica (1945-1965) y la fase crítico- reflexiva (1965-1984).

Esta última difiere por el agotamiento de los modelos de desarrollo implementados y en correspondencia, por la comprensión de la urgencia de romper con esquemas conceptuales colonizantes.

En esa coyuntura, germinó una nueva etapa intelectual, que examinó la comunicación como parte de los procesos de reproducción estructural de lo social y contribuyó a enriquecer la teoría de la comunicación, al abrir ampliamente la temática de la observación.

Problemas sobre la estructura de poder de los medios, los flujos de información, las condiciones sociales de producción de los discursos, la socialización de las conciencias por las industrias culturales, la democratización de los sistemas de información, la subordinación y dominación de las culturas nativas, la apertura a la comunicación alternativa popular, el impacto de las nuevas tecnologías, la instauración de un nuevo orden mundial de la información, la construcción de una nueva hegemonía, entre otros, fueron incorporados a la reflexión en materia de comunicación.

En la etapa, despegó la tendencia a asimilar los aportes de la economía, la historia, la antropología, la sociología, la ciencia política, el psicoanálisis, la lingüística, la biología, entre otras, para explicar los fenómenos de la comunicación y avanzó la comprensión histórica de la función de los medios, al concebirlos como parte de la totalidad social.

La periodización defendida por Esteinou contrasta con la sugerida por C. Catalán y Guillermo Sunkel, para quienes la producción intelectual vinculada a la comunicación atravesó por cuatro momentos en Latinoamérica en el siglo XX: el primero data de los años 1950- marcado por las tendencias funcionalistas-; un segundo, desde finales de los 1960 hasta principios de los 1980- dominado por las corrientes críticas-; un tercero, inserto en el segundo; y un cuarto, a partir de los 1990.

En el segundo y tercer momento, distinguidos por Catalán y Sunkel, predomina la conocida por teoría crítica y tienen lugar los primeros intentos de crear un paradigma autóctono, las Políticas Nacionales de Comunicación. Con estas, la lucha contra las transnacionales de la información y el derecho de todos los sectores a participar en los procesos de comunicación, quedó legitimada.

Según la cubana Ileana Medina Hernández, aunque en este período logró delinearse una línea de investigación sobre los usos sociales de los medios, que retomaba los enfoques de usos y gratificaciones, ésta no tuvo grandes dimensiones ni aportes.

Preocupados por el estudio de la propiedad sobre los medios, de las grandes transnacionales de emisión, del contenido ideológico que se suministra en los mensajes, los grandes olvidados fueron los sujetos, es decir, los procedimientos de consumo y recepción de los medios, señala esa autora, en base a consideraciones de teóricos latinoamericanos.

Es la obra de Medina Hernández, una tentativa de cubrir el déficit en los acercamientos al quehacer intelectual en la región en materia comunicológica a finales del siglo XX. En ello radica su mérito esencial y en el análisis que ofrece acerca de las aportaciones a los estudios de recepción, realizadas por Jesús Martín Barbero, Néstor Canclini, Guillermo Orozco, y Valerio Fuenzalida.

Más allá de los capítulos dedicados a estos pensadores, Medina Hernández apenas destina casi tres páginas a evaluar la trayectoria de la investigación en comunicación en América Latina, sin ahondar en el contexto histórico del período que intentó abarcar.

Todo científico social vive en una sociedad determinada y por más que insista en distanciarse de las relaciones predominantes en ella, termina reflejándolas en su labor. Los investigaciones científicas, en muchos casos, son espejo de las convicciones y actitudes ético- ideológicas de sus autores.

De allí, la importancia de no perder de vista- al analizar la trayectoria del discurso comunicológico en Latinoamérica-, la coyuntura en la cual surgieron pronunciamientos individuales, instituciones y publicaciones, acerca del tema, para acercarnos más a su significado y enfatizar en el modo en que cambiaron o al menos removieron, la manera tradicional de hacer y de decir en la rama.

El cuarto momento delimitado por Catalán y Sunkel está entrelazado con procesos desatados en medio del declive de las utopías socialistas, del derrocamiento de las dictaduras militares en el subcontinente, y de la expansión del uso de las modernas tecnologías, lo cual propició cambios sustanciales en un continente de riqueza cultural inigualable.

La aceptación del papel del sujeto en esta coyuntura, supuso un reconocimiento de la diferencia, de la heterogeneidad, de la diversidad, de la subjetividad, de la relatividad de los procesos sociales, y ello complejizó los objetos de investigación. Una visión más antropológica ganó espacio frente a las influencias estructuralistas y desde la comunicación de masas, tomaron auge los estudios sobre el receptor.

 

Medina Hernández señala como característica esencial de los estudios generados a partir de la última década del siglo, el desplazamiento de un enfoque estrictamente comunicativo a otros de tipo culturales. En tanto, otros autores pusieron en entredicho la confluencia de interpretaciones atravesadas por la lógica posmodernista, proclive a legitimar nuevos esquemas de poder y modos de sumisión o caer en el extremo de priorizar al individuo sin considerar los conflictos y determinaciones macrosociales.

 

Otras periodizaciones de los estudios comunicológicos en América Latina surgieron entre 1960 y el 2000. Salvando las distancias entre ellas, todas coincidieron en destacar la incidencia de los vaivenes políticos en el área en la creación intelectual respecto a la cuestión.

 

En estos países prevalece el anhelo de construir una teoría latinoamericana de la comunicación, por oposición a las concepciones hegemónicas originadas en los centros de poder y capaces de reflejar la especificidad de los fenómenos comunicativos en una zona marcada por una realidad diferente.

 

Valerio Fuenzalida y María Elena Hermosilla defienden que los estudios de recepción serían una contribución valiosa a las nuevas teorizaciones y una originalidad latinoamericana, porque son casi inexistentes en otras partes del mundo.

 

La superación del subdesarrollo y la potenciación de la democracia, subyacen en los proyectos elaborados en base al legado histórico, a las condiciones sociales, económicas y políticas, en Latinoamérica. Ello explica el propósito común de incentivar la participación popular, el respeto a los derechos y formas de vida del otro, y estimular la creatividad y protagonismo de los disímiles actores sociales.

 

 

Viernes, 12 de Diciembre de 2008 10:25 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

La caída de Occidente

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Un texto sacudió a la intelectualidad latinoamericana rumbo a la tercera década del siglo XX: Der Untergang des Abendlandes o La decadencia de Occidente. Los comentarios aparecidos en la Revista de Occidente, editada por José Ortega y Gasset, contribuyeron a difundir en la región las tesis del filósofo alemán, quien predecía el fin de la cultura europea.

Spengler rechazaba el concepto de historia eurocentrista por “ignorar por completo las grandes culturas americanas” e insistía en la senectud de una cultura que, en su opinión, no podía ser la cumbre de la historia universal.

El teórico esgrimía la supuesta impopularidad de la cultura occidental, entre otras razones, y su propensión a desatenderse del alma, regirse por el utilitarismo, y romper el contacto con lo que identificó por símbolo primitivo (Ursymbol).

La larga época de prosperidad vivida tras la segunda guerra mundial y hasta mediados de los 1970- por la aplicación de teorías económicas y concepciones de todo tipo elaboradas en las otrora potencias coloniales y en las emergentes (como Inglaterra y Estados Unidos, respectivamente)-, puso en tela de juicio estas opiniones.

Los constantes progresos tecnológicos, el avance vertiginoso de las economías, de la calidad de vida, y alguna que otra nueva creación desde el pensamiento, confundieron a muchos en esos años.

Más, a mediados de los 1970, la prosperidad cedió terreno al aumento de la inflación, la ruptura del orden monetario posterior a la guerra- el patrón oro- dólar y las tasa de cambio fijas-, al alza de los precios del petróleo y al cambio de opiniones acerca de los objetivos que debía seguir la política económica.

Esto explica la tendencia a reevaluar la visión spengleriana. Gobiernos, medios políticos, intelectuales, y académicos, coincidieron en ese contexto en la urgencia de cambiar el mundo, aunque las discrepancias prevalecieron en relación con los mecanismos a utilizar para lograrlo.

Por un lado, unos admitían la necesidad de introducir modificaciones estructurales para preservar el status quo, en tanto otros concordaban en que la decadencia de los sistemas históricos en boga resultaba irreversible y propiciaron estos para transformarlos.

“En esta rápida discusión de la crisis de la civilización del capitalismo actual se debe señalar como síntoma de su agotamiento cultural la escasa y decreciente creatividad expresiva e intelectual”, afirma Graciarena y enfatiza en que artísticamente, “esta es una de las épocas más pobres de la historia de Occidente”.

En su opinión, ni los logros del progreso técnico- científico compensan esta debacle, sino más bien la refuerzan, porque propulsa el “vaciamiento interior del hombre y la expansión de sus tendencias autodestructivas”.

Esta época es pobre en el campo intelectual y débil en su fuerza de estímulo para generar nuevas ideologías y mitos sociales capaces de movilizar energías sociales hacia ideales y objetivos que signifiquen un enriquecimiento efectivo de la vida humana, añade.

El sociólogo francés Alain Touraine reafirmó esta tesis en 1992, al demostrar que “la idea de la modernidad, cuando es definida por la destrucción de los órdenes antiguos y por el triunfo de la racionalidad, objetiva o instrumental (a la manera eurocéntrica), ha perdido su fuerza de liberación y creación”.

Touraine desmontó la concepción clásica de la modernidad y la desligó de la costumbre de reducirla a la razón y en ese análisis, introdujo el tema del sujeto y la subjetividad. Para él, el control de lo vivido, su transformación en personal, el reconocimiento de su autoría, el paso del Ello al Yo, es el Sujeto, el cual a su vez es actor, porque no actúa conforme a la situación que ocupa en el entorno social, sino transformándolo.

Este concepto del sujeto y su capacidad de transformación impulsó el abandono del lenguaje determinista en los estudios sobre la sociedad y orientó estas pesquisas hacia el reconocimiento de la influencia de los actores y de las posibilidades de cambio que estos siempre suponen.

Quienes retomaron desde diferentes disciplinas la cuestión presentada a inicios del siglo por Spengler, exhibieron un punto en común: defendieron la necesidad de romper con una mirada del mundo basada en añejos patrones y de reacomodar esta a las peculiaridades de cada región.

Viernes, 12 de Diciembre de 2008 10:05 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.


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