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Revolución: un reto al imaginario católico en Cuba

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La historia sigue su curso a lo largo de sendas tan inopinadas como imprescindibles Poco es el dominio que podemos ejercer sobre el futuro, y absolutamente ninguno sobre el pasado”.
Winston Churchill, Washington, 16.enero.1952.

Al ocurrir el triunfo revolucionario, en 1959, muy pocos escaparon del regocijo general que envolvió a la población cubana. Sólo los elementos más cercanos al poder político, la sacarocracia y otros miembros de los sectores pudientes, mayoritariamente ligados de forma indisoluble al capital estadounidense en el archipiélago y permeados por un profundo maniqueísmo hacia el modo de vida americano, no pudieron enmascarar su recelo.

El respaldo a las medidas de carácter socioeconómico, adoptadas desde los primeros momentos, fue la respuesta casi unánime de más del 95 por ciento de los habitantes del país.

Es de suponer que en esa cifra estuvieran comprendidas mujeres y hombres que reconocían la existencia de Dios, según la Encuesta Nacional sobre el Sentimiento Religioso del Pueblo de Cuba. Aunque de ellos el 72, 5 por ciento se autodefinía católico, según la propia fuente, alrededor del 76 por ciento aceptó ser no practicantes sistemáticos y del 24 por ciento de los que proclamaron ser practicantes, sólo el 11 por ciento recibía los sacramentos con asiduidad, lo que equivalía a un reducido 2 por ciento.

Mucho se ha especulado acerca de los resultados de esa encuesta y sobre todo, de la interiorización de lo católico en el cubano de entonces y de hoy . A nuestro modo de ver, hacia 1959, la religiosidad cubana era un collage de creencias, ritos y tradiciones donde el comprometimiento, las normas y leyes, la institucionalidad y la doctrina escaseaban.

El pueblo cubano era mayoritariamente creyente, pero su catolicismo era cuestionable si partimos de la asimilación ad intra, de la dedicación y la exteriorización de lo católico en la vida diaria. Ser católicos, para algunos no era más que jugar a una suerte de moda que suponía refinamiento e hidalguía; para otros era el refugio a un triste status económico, a sus problemas familiares o sencillamente, el modo de seguir la tradición.

No todos los católicos siguieron los mismos derroteros al triunfar la Revolución: algunos se marcharon: (1) confiados en un pronto regreso, sujeto a la actuación de los Estados Unidos con respecto al proceso revolucionario cubano; (2) decididos a no regresar nunca, recelosos del rumbo hacia el socialismo que podía tomar el país en el futuro. Otros se quedaron: (3) enquistándose para preservar su catolicismo de las influencias turbulentas del nuevo proceso; (4) o sumándose al desarrollo de los nuevos proyectos sociales.

Este último grupo también sufrió una escisión: (4.1) una parte se alejó progresivamente de la Iglesia, sumergida en las faenas del período de transformación socioeconómica y política que se abría (4.2) otra, la más consecuente con su fe, defendió sus convicciones religiosas sin apartarse ni un momento de la construcción de un modelo más justo de sociedad.

Si nos remontamos a los pasajes más tristes del conflicto Iglesia Católica- Estado en los primeros años, pudiera pensarse en la escasa representatividad del último grupo que hemos delimitado, sin embargo, vale reconocer su inclusión en el cuadro social cubano de entonces. Ellos fueron protagonistas de todo lo hermoso, desagradable, duro y fuerte que puede ser una Revolución y tuvieron que superar el reto que representaba un proceso de profunda justeza social, orientado hacia el comunismo intrínsecamente perverso y defender sus convicciones religiosas ante la áspera crítica contra el opio del pueblo, pero siempre lo hicieron desde su tierra sin vacilar en su entrega a una causa que representaba lo mejor para ella.

Esos hombres fieles a Dios y convencidos nacionalistas, tal vez sin proponérselo, me inspiraron a buscar imágenes, representaciones y figuraciones que conformaban el ideario de los católicos cubanos en la fecha, razón esencial de la heterogeneidad de actitudes que manifestaron ante los cambios sociopolíticos iniciados en 1959.

1-. Doctrina Social Cristiana

Uno de los sucesos más importantes para la Iglesia Católica en la centuria recién concluida lo constituye sin dudas la firma del Tratado de Letrán, el 11 de febrero de 1929, resultado de la política conciliatoria desplegada por Achille Ratti, conocido como el Papa Pío XI y Benito Mussolini, en su primera época de gobierno. El primero, interesado en zanjar las diferencias con respecto a la soberanía temporal y la cuestión financiera y restablecer la influencia de la Iglesia en los asuntos civiles italianos. El segundo, convencido de la popularidad y el prestigio que ello podría acarrearlea él y a su régimen tanto dentro como fuera de Italia y de la urgencia de aniquilar la influencia del Partito Populare en la vida política nacional.

El Tratado de Letrán contempló varios acuerdos: el Tratado de Conciliación, el Concordato y la Convención Financiera. El primero solucionó la cuestión romana, al reconocer la independencia de la Santa Sede y su total soberanía sobre la Ciudad del Vaticano, al mismo tiempo que legitimó el lugar de la Religión Católica Apostólica y Romana como única religión oficial del Estado. El Concordato contemplaba la autonomía de la jerarquía eclesiástica como una sociedad autorregulada y privilegiada dentro de la sociedad nacional, el control de los matrimonios entre católicos por parte de la Iglesia y la enseñanza obligatoria de la doctrina católica en todos los centros de enseñanza secundarios y en las escuelas elementales, cuestión esencial para lograr la reproducción de la fe católica en el país. Con la Convención Financiera, la Santa Sede recibió una importante inyección de dinero a las puertas de una de las mayores crisis cíclicas del capitalismo: 750 millones de liras en moneda y mil millones de liras en bonos del Estado, cifra con la que algunos bancos católicos fueron salvados de la quiebra.

Aunque la conciliación no eliminó totalmente las diferencias entre la Iglesia y el Estado, no cabe duda que la jugada diplomática de Pío XI garantizó insuperables ventajas a la institución eclesiástica; sin embargo, al reconocer al gobierno encabezado por Benito de Mussolini, el Papa estimuló la aceptación de la ideología fascista en Italia y posteriormente en otros lugares. Por otra parte, el fascismo de los primeros tiempos resultaba bastante atrayente para la mayoría de los católicos que reconocieron en sus cartas credenciales coincidencias en su enemistad con el liberalismo, la masonería y el comunismo.

La oposición de la Iglesia Católica al comunismo tenía sus fundamentos en que éste se nutría fundamentalmente de una hiperbolización de las concepciones ateístas del materialismo dialéctico e histórico, elaborado por Carlos Marx y Federico Engels y difundido en Europa hacia la segunda mitad del siglo XIX. La afirmación de que lo primario es la materia y que lo espiritual es un reflejo activo de ella, atentaba contra la creencia en la existencia de Dios y de su papel esencial en la creación y evolución del mundo. La condena a la propiedad privada y el enfrentamiento armado entre las clases sociales, despertaron también los recelos y motivaron al Papa León XIII (1878 – 1903) a emitir una encíclica de condena a los postulados esenciales de esta teoría hacia 1891.

“ Para remedio de este mal, los socialistas, después de incitar en los pobres el odio a los ricos, pretenden que es preciso acabar con la propiedad privada y sustituirla con la colectiva, en que los bienes de cada uno sean comunes a todos, atendiendo a su conservación y distribución los que rigen al Municipio, o tienen el gobierno general del Estado. Con este pasar los bienes de las manos de los particulares a la comunidad, y repartir luego esos mismos bienes y sus utilidades con igualdad perfecta entre los ciudadanos, creen que podrán curar la enfermedad presente Pero muy lejos está este procedimiento de poder dirimir la cuestión, antes bien perjudica a los obreros mismos; y es, además, grandemente injusto, porque derriba el derecho de los que legítimamente poseen, altera la incumbencia y deberes del Estado e introduce una compleja confusión en el orden social”

Difundida con el título Rerun Novarum, esa encíclica papal se convirtió en uno de los pilares fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia católica en el período preconciliar. Esta Doctrina Social proporciona un modelo general de sociedad deseable y toda una estrategia de acción, plagada de argumentaciones muy detalladas que se apoyan en las más diversas disciplinas; cuya estructuración, fundamentación y evolución ha marchado en proporción directa con el antagonismo frente a la Ilustración, el liberalismo y el socialismo; siempre confiando en la propiedad privada sobre los medios de producción como un canal viable, aunque digno de regulaciones, como garantía de una idónea distribución y el pleno empleo. Es considerada por algunos estudiosos como una ideología política en razón de sus contenidos, de su organización discursiva y de su función ya que arrastra consigo diversos ingredientes hacia la integración relativa de un conjunto social nuevo, sus nexos con el liberalismo han seguido derroteros muy desproporcionados y nebulosos y ha favorecido en cierto modo la democracia representativa y sus cacareadas libertades, a despecho de las reservas que ha reflejado con respecto al libre mercado y su coincidencia con los modelos corporativos. A la insinuación de líneas autogestivas de raigambre socialista algo limitadas, esta doctrina suma la defensa de tesis capitalistas como la propiedad privada sobre los medios de producción apuntando modalidades de propiedad social como la empresa comunitaria. La Doctrina Social participa también de las controversias por el reconocimiento del carácter activo de la sociedad civil, lo que ha inclinado al magisterio papal a reevaluar el papel de la difusión doctrinaria.

El anticlericalismo enarbolado por la Revolución mexicana de 1910; la política desplegada por el poder soviético después del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre de 1917, que demostró enorme hostilidad a la Iglesia Ortodoxa y otras denominaciones y limitó la libertad de expresión de los creyentes; y la persecución religiosa desatada en España en los años treinta bajo las banderas del marxismo, enarboladas por el llamado Frente Popular, resucitaron el temor ante cualquier proceso revolucionario y ahondaron el sentimiento anticomunista entre las principales figuras del catolicismo.

Las encíclicas papales de Pío XI Quadragesimo annoxii promulgada en mayo de 1931, en el cuarenta aniversario de la Rerum Novarum; Delecctísima Nobis, del 3 de junio de 1933 y Divini Redemptoris, de 19 de marzo de 1937; el Decreto contra el comunismo (1949) y los Mensajes de Navidad de Pío XII (1940 a 1949), entre otros, así lo corroboran.

“Procurad Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen a la victoria del comunismo en sus países, serían los primeros en ser víctimas de su guerra; y cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distinguen por la antigüedad y la grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los sin Dios.

...Los pobres en efecto, son los que están más expuestos a las insidias de los agitadores que explotan su desgraciada condición para encender la envidia contra los ricos y excitarles a tomar por la fuerza lo que les parece que la fortuna les ha negado injustamente; y si el sacerdote no va a los obreros y a los pobres, para prevenirles o para desengañarlos de los prejuicios y falsas teorías, se convertirían en fácil presa de los apóstoles del comunismo”.

La protección del cristianismo y de la Iglesia ante la agresividad que iba alcanzando el ateísmo en los países seguidores de la línea trazada por la URSS, devino eje de las principales preocupaciones del pontificado. Pío XII (1939- 1958) sostuvo, con mano firme esas banderas durante su gestión al frente del Vaticano, así lo atestiguan un amplio número de documentos rubricados por él y dedicados a tratar aspectos relacionados con la libertad religiosa en los países del extinto campo socialista. El enraizamiento de la paradoja marxismo- cristianismo conllevó a la intolerancia hacia cualquier expresión de contacto, cooperación, encuentro o coexistencia.

“...hemos evitado... el convocar a la Cristiandad hacia una cruzada. Mas podemos exigir una plena comprensión del hecho de que, ... debemos lamentar con profunda pena que algunos católicos, eclesiásticos y seglares, presten su apoyo a la táctica del confusionismo ,... Por lo demás ¿ a qué fin discutir sin un común lenguaje, o cómo es posible encontrarse, si los caminos son divergentes, esto es, si una de las partes obstinadamente rechaza y niega los comunes valores absolutos, haciendo así irrealizable toda ‘coexistencia’ en la verdad?”

Todas esas encíclicas y documentos pontificios, enriquecieron la Doctrina Social de la Iglesia Católica. Esta fue ampliamente difundida en Cuba durante los años cincuenta a través de las enseñanzas del Padre Manuel Foyaca de la Concha, sacerdote jesuita, Conciliario Técnico de la Junta Directiva de Acción Católica Cubana y fundador del Movimiento Democracia Social Cristiana; las publicaciones católicas, los conductores de las Iglesias locales y las Secciones Católicas de las más importantes publicaciones periódicas, marcando como hierro candente al cuero del ganado, la mentalidad de los católicos cubanos al favorecer el desarrollo de un imaginario orientado contra la peste moral, la abominable secta, los perversos delirios, la propaganda diabólica, los engaños premeditados, el veneno, la brutalidad repugnante u otros calificativos de corte medioévico, con los cuales León XIII, Pío XI y Pío XII, procuraron anatemizar al marxismo, convencidos de los lazos que lo unían a la matriz anticristiana de la Ilustración.

2. Política de Guerra Fría y divulgación de las prácticas del socialismo en los países europeos y China

Otro factor que acrecentó el rechazo al comunismo en gran parte de la población cubana desde finales de los cuarenta y sobre todo en los católicos, fue las constantes alusiones en la prensa nacional a las políticas de gobierno seguidas por los países socialistas europeos bajo las banderas del socialismo real, desde la óptica leninista y stalinista y por China. Títulos tan sugerentes como “Vio un hombre asesinar a los rusos a 200 oficiales polacos” y “La persecución religiosa en tierra China” , donde religiosas consagradas aparecían como victimarias de varios niños; son expresiones de esa realidad.

El avance de las tropas soviéticas sobre Europa y la conversión al socialismo de los países liberados por ellas durante la segunda contienda bélica mundial; la creciente acción liberadora de las fuerzas progresistas en los países semicoloniales y dependientes; unido a la ascendente ola de protestas, manifestaciones, huelgas y mítines protagonizadas por el movimiento obrero y comunista en las principales naciones capitalistas, condujeron al imperialismo a la búsqueda de mecanismos más sutiles y efectivos para el despliegue de la lucha ideológica contra el comunismo en la segunda mitad de los cuarenta del siglo XX.

Los planes Marshall y Dawes, dirigidos por Estados Unidos so pretexto de contribuir a la estabilización de las resentidas economías europeas; el establecimiento de bases militares en numerosos puntos del globo terráqueo; las intensas campañas propagandísticas contra la URSS y todo lo que ella representaba; no fueron más que la prolongación de la política de Guerra fría emprendida a partir del lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

“De Sttetin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, una cortina metálica ha descendido sobre la mitad del continente europeo. Detrás de esa línea, se hallan todas las capitales de los viejos países de la Europa central y oriental, vale decir, Varsovia, Berlín, Praga, Budapest, Belgrado y Sofía. Todas esas históricas ciudades y sus respectivas poblaciones están sometidas, en una forma u otra, a la influencia de Moscú, sujetas al dominio del Kremlin en alto grado y en proporción siempre creciente. Tan sólo Atenas, con sus glorias inmortales, es dueña de decir sin trabas sus destinos en comicios libres, garantizados por observadores británicos, norteamericanos y franceses”

Las palabras de Winston Churchill, en Fulton, Estados Unidos delimitaron las fronteras ideológicas de entonces. Preocupado por el avance del Ejército Rojo hacia Europa occidental y la certeza de lo que eso podría repercutir en el futuro, el primer ministro inglés ya había hecho alusión a la cortina de hierro en un cable particular dirigido al presidente Harry Truman (1945- 1953) , fechado el 4 de junio de 1945. Esa expresión estuvo muy en boga durante los años cincuenta y de ello son fiel reflejo las publicaciones periódicas cubanas.

Tal vez como ninguna otra, ésta alusión nos induce a respirar los aires que soplaban, viciados por el distanciamiento entre los dos grandes polos en los que se fragmentó el mundo después de la Segunda Guerra Mundial.

Hacia 1953, los países de Europa occidental se habían restablecido de los efectos negativos que la beligerancia había causado en sus economías, exceptuando a Berlín, e integrado al pacto militar que estableció la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Los tres grandes: Reino Unido, Francia y Alemania habían recuperado su base industrial y no vacilaron en estrechar vínculos con el gobierno de Dwigh David Eisenhower (1953-1961) .

Los resquemores con respecto al progresivo restablecimiento de la URSS y a sus avances en materia de armamentos unido a la incógnita surgida acerca del nuevo liderazgo, después de acaecida la muerte de José Stalin, el 6 de marzo de 1953, los unía en causa común con Estados Unidos.

La ola anticolonial que envolvió a varios territorios del continente asiático después del establecimiento de la República Popular China, en 1949; provocó que todos ellos reorientaran las armas de la Guerra fría hacia los países del Tercer Mundo, con lo que se amplió el campo de acción de esa política.

Las oligarquías latinoamericanas comenzaron a percibir el asedio del peligro comunista desde finalizada la guerra, por lo que apoyaron las iniciativas regionales que pudieran contrarrestar su avance. La estructuración del sistema interamericano, a través de la aprobación del texto del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en Río de Janeiro 1947 y de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Bogotá 1948; abrieron el paso a los intereses hegemónicos de Estados Unidos en este lado del mundo y de hecho, a la política de enfrentamiento a los grupos progresistas y revolucionarios.

Guatemala, en 1954 fue la primera víctima de las maquinaciones estadounidenses: en la Décima Conferencia Interamericana (Caracas 1954), el representante de Estados Unidos, manifestó su preocupación por el creciente deseo latinoamericano de asistencia económica y lo que eso podía facilitar el camino a los supuestos planes de expansión comunista y la declaración de compromiso interamericano con la intervención colectiva contra el comunismo internacional, demostró la aceptación de las tesis imperiales.

Esta declaración estaba tácitamente dirigida contra Guatemala, presentada en la ocasión como víctima de una conflagración dirigida desde la URSS.

La línea gubernamental mantenida por el gobierno en Cuba, encabezado por Fulgencio Batista Zaldívar, era una suerte de espejo donde se reflejaba la coincidencia con el rumbo señalado por Washington a finales de los cuarenta. Desde los primeros momentos de su mandato, éste apresuró la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con la URSS y otras naciones socialistas y alentado el alistamiento de hombres para colaborar con las tropas estadounidenses en Corea. También apoyó los planes injerencistas en Guatemala, secundó la posición del imperialismo con relación a la entrada de las tropas soviéticas en Hungría, estrechó sus vínculos con los gobiernos tiránicos de América latina y declaró la guerra sin cuartel a todo lo que, a su modo de ver, guardaba relación con el comunismo.

Si hurgamos un poco más en las complejidades de los cincuenta, percibiremos un sinnúmero de resonancias de la Guerra Fría en Cuba. La persecución despiadada contra los militantes del Partido Socialista Popular (PSP), personalidades e instituciones progresistas, enarbolada por Carlos Prío Socarrás en 1947 y sostenida por Batista, constituyeron la extensión a la realidad cubana de la variante maccarthista y su cacería de brujas.

La actividad desplegada por el Buró de Represión Anticomunista (BRAC), el crecimiento de las listas de sospechosos y toda la avalancha de informaciones que, combinando verdad y ficción, desprestigiaban a los países socialistas, atizó el fuego donde se fraguó el rechazo al comunismo de los católicos cubanos.

3. Incidencia del mayorazgo de católicos españoles en Cuba

Aunque la Iglesia Católica en el país, liderada por el Cardenal Manuel Arteaga Betancourt, había dado pasos de avance considerables en pos de su cubanización, era mayoritaria aún la presencia de religiosos de origen español encargados de fomentar la fe entre los católicos cubanos.

Testigos algunos de ellos de la oleada anticlerical desatada en España en la década del treinta, no podían evitar la mirada de recelo contra cualquier intento transformador de la realidad nacional que pudiera producirse, máxime si dejaba entrever cierta identidad con la línea marxista.

Desde su primer mes de existencia, muchos se sintieron traicionados con la legislación republicana del primer bienio y del Frente Popular, independientemente de sus credos religiosos. Con tal de contrarrestar la hegemonía de la Iglesia Católica en España, los republicanos adoptaron una serie de disposiciones que atentaron abiertamente contra la difusión de la fe católica y su papel normativo dentro de la sociedad; permitieron la quema de conventos en el mes de mayo de 1931; desataron un ataque legislativo a la institución eclesiástica, eliminando sus facultades para concertar matrimonios y excluyendo a las órdenes religiosas de la enseñanza; anularon la financiación estatal del culto y el clero y prohibieron la existencia de crucifijos y símbolos religiosos en oficinas y centros dedicados a la enseñanza.

En casi toda la España republicana las Iglesias fueron cerradas, los curas tuvieron que ocultarse y los servicios religiosos pasaron a la ilegalidad, pese a las buenas intenciones del Ministro de Justicia del gobierno de la República, Manuel de Irujo, vasco y católico quien se esforzó por atenuar la situación.

Pero el republicanismo no sólo atentó contra la institución eclesiástica: las clases propietarias también sintieron sobre sí el peso de las reformas, sobre todo en lo tocante a la tenencia y uso de la tierra.

Razones como esas condujeron a muchos de los que se habían aliado al republicanismo durante sus dos primeros años de vida, a torcer sus posiciones y, tras los asesinatos de curas y religiosos, convencerse de lo nefasto que podía resultar un régimen ideológicamente identificado con las doctrinas de Marx y Engels interesado en reivindicar los derechos de los desposeídos.

La Iglesia Católica y el catolicismo eran para los españoles expresión de unidad nacional y de la defensa de los intereses materiales amenazados por un posible régimen comunista. Sus fuertes nexos con el conservadurismo político y social, lo convertían en una máscara perfecta para desarrollar una sublevación militar contra una república anticlerical, pero también democrática, autonomista y socialmente reformista.

Por eso, todas las fuerzas interesadas en arrebatarle el poder al Frente Popular hicieron quórum alrededor de la supuesta defensa del catolicismo. Tal fue el caso de José A. Primo de Rivera, hijo del depuesto dictador y principal figura de la Falange, cuya misión espiritual era probablemente católica, lo que hacía del fascismo una nueva versión de la catolicidad.

Aunque a los insurgentes del 18 de julio de 1936, más que defender el catolicismo, lo que les importaba era defender sus intereses político-económicos, la reacción inmediata en la mayor parte del país fue una masacre de miembros de la Iglesia por parte de los partidarios del Frente Popular.

“Trece obispos, 4184 curas diocesanos, 2365 religiosos y 233 monjas fueron perseguidos y asesinados, sobre todo en las primeras semanas de la guerra; especialmente allí donde el anarquismo era la fuerza dominante. A veces murieron en el curso de las represalias generales contra supuestos elementos derechistas locales, como les sucedió a cinco sacerdotes fusilados en Fuenteovejuna, junto con treinta y ocho seglares, el 20 de septiembre de 1936. Otros en ataques específicos, como los catorce novicios claretianos fusilados en un andén, cuando iban de Ciudad Real a Madrid, o las veintitrés adoratrices, asesinadas en la madrugada del 10 de septiembre, en un cementerio madrileño.

...Casi la mitad de los curas de la diócesis de Gomás- Toledo- fueron ejecutados, y prácticamente el 60 por ciento murieron en dos diócesis catalanas, en las zonas anarquistas de Barbastro y Lérida. Al mismo tiempo miles de iglesias, monasterios, conventos y colegios católicos fueron destruidos .

Algunos republicanos procuraron justificar las masacres anticlericales argumentando que la Iglesia había sido la causante del odio que culminó en la violencia antirreligiosa del ‘34 y posteriormente de manera abrumadora del ‘36 con su falta de sensibilidad ante la pobreza y la represión, además, señalaban que la violencia contra la Iglesia no era responsabilidad ni resultado de la política republicana, sino de grupos incontrolados que actuaron por su propia cuenta, lo cierto es que como señala Frances Lannon “la identificación con la Iglesia era un pasaporte para la muerte”.

La fuerte resistencia del país vasco, católicos incluidos, dificultó la rápida victoria de las fuerzas contrarias al republicanismo. La lealtad a una república que, tras muchas demoras, les concedió el status de autonomía y el rencor por la destrucción de la ciudad de Guernica, símbolo de la cultura vasca y profundamente católica y la ejecución de catorce sacerdotes vascos, devotos y ortodoxos, pero nacionalistas en extremo, por las tropas franquistas; foguearon los ánimos.

A pesar de la heroica resistencia, las fuerzas de la derecha triunfaron y se estableció en España el régimen del general Francisco Franco. La contribución de la jerarquía católica a esa victoria fue resarcida con la derogación de las contribuciones de la Iglesia al Estado, el restablecimiento de los principios del dogma católico y su moral en todos los niveles de enseñanza y la libre utilización de los medios de difusión masiva.

No todos estaban conformes con el autoritarismo franquista, pero pocos podían substraerse de apoyar a un gobierno que había aniquilado a los enemigos comunes: el liberalismo, la laicidad, el comunismo y el socialismo.

Mayoría en la institución eclesial cubana, los religiosos de origen español traspolaron sus resentimientos y recelos a las comunidades de fieles en Cuba y, salvo escasas y honrosas distinciones, no pudieron asimilar un proceso de cambios tan radical como el iniciado al calor del establecimiento del Gobierno Revolucionario en enero de 1959.
Martes, 26 de Febrero de 2008 08:09 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> Hay 1 comentario.

Creer pero ¿en qué o en quién?

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   Ante tantas muertes por hambre, desempleo, desesperanza, represión, SIDA y otras epidemias, como la criminalidad y el narcotráfico, crece hoy la influencia de algunas sectas y grupos religiosos en Centroamérica. 

   Tal es el caso del Ministerio Internacional Creciendo en Gracia, liderado por el puertorriqueño José Luis Miranda, quien dice ser Jesucristo Hombre e incita a tatuarse el número de la bestia (666) y una señal de fidelidad (SSS). 

   Portavoces de la congregación en Costa Rica y Honduras estimaron que entre ambos países hay unos 10 mil seguidores del autodenominado profeta, al mismo tiempo que en Guatemala llegan a dos mil, en El Salvador a mil 500 y en Nicaragua, a mil. 

   Estas cifras tienden al aumento no obstante al rechazo de gran parte de la población, de las jerarquías católicas y protestantes, y hasta de las autoridades gubernamentales. 

   Líderes cristianos y funcionarios en el área coinciden en que este “Anticristo” es un estafador, que alienta al irrespeto de las normas sociales y a la tradición cristiana. 

   Las controversiales prédicas de Miranda redundaron en su expulsión oficial de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.  

   “Hay que evitar que venga aquí un loco que diga que es el Mesías, por eso damos la orden de sacarlo del país y tiene un impedimento para entrar”, alegó el presidente salvadoreño, Elías Antonio Saca. 

   La cruzada contra esta secta, para la cual fueron movilizados también antimotines, guardias de seguridad, policías y otros agentes del llamado orden, responde a los postulados básicos que difunde. 

   Pero también, a las marchas y protestas callejeras protagonizadas por sus miembros en estos y otros territorios, donde se reiteraron las quemas de Biblias, la destrucción de crucifijos, relicarios, santos, libros y otros símbolos católicos y los llamados a actuar a voluntad. 

   Los choques entre distintos sectores por esas acciones reflejaron la incidencia que podía tener tal expresión de religiosidad en el acrecentamiento de la violencia social y la división en las fragmentadas sociedades centroamericanas. 

   Papi, como llaman algunos seguidores a Miranda y los niños utilizados en las campañas publicitarias articuladas a través de internet, penetró legalmente en territorios identificados con lo católico como España. 

   En menos de un lustro, igual, captó la atención de miles de personas de ambos sexos en Centroamérica y articuló decenas de centros de reunión en Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.  

   La congregación, con sede en Miami, Florida, posee más de 300 centros educativos, 200 programas de radio y televisión, y páginas informativas en la red de redes. 

   También recibe ingresos mediante una tienda virtual que oferta música, videos, libros y otros accesorios, y cuenta con otro espacio diseñado para captar la “siembra”: el equivalente al diezmo que pagan los creyentes católicos. 

   Fuentes diversas consultadas sugieren que el artífice de este movimiento tiene 60 años y nació en Ponce, Puerto Rico, donde creció en un barrio pobre, estuvo en la cárcel por robo y se convirtió en un adicto a la heroína cuando tenía 14 años. 

   El predicador acumuló a su vez una amplia trayectoria religiosa: primero fue católico romano, luego pentecostal y hasta dijo ser bautista.   Pero tras una supuesta visión nocturna hace más de dos décadas- dice en sus presentaciones-, se convirtió en sucesor de Jesucristo en la tierra. 

   Desde ese instante- comentó a la reportera Mariah Blake, del semanario Miami New Times- él y el Señor Jesucristo se convirtieron en uno y no puede aprender de nadie más. 

   Dios amó tanto al pueblo de habla español que me envió en un cuerpo puertorriqueño, dijo después al Diario de Hoy, de El Salvador.  

   Todo parece indicar, de acuerdo con ese testimonio, que la voz interior impulsó a Miranda a trasladarse a Miami, Florida, donde fundó el Ministerio Creciendo en Gracia junto con un estudio de televisión.  

   Aunque allí apenas acumuló una feligresía de cerca de 500 miembros, luego articuló 300 congregaciones adicionales en casi toda Latinoamérica, Australia, Canadá y Estados Unidos. 

Viernes, 03 de Agosto de 2007 18:08 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

La Iglesia Católica en la Cuba de los años cincuenta

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(Ponencia presentada al IV Encuentro de Estudios Sociorreligiosos. Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociorreligiosas (CIPS). Cuba, julio 2004 y publicada en formato digital por esa institución cubana).

El repaso del desenvolvimiento de la Iglesia Católica en Cuba durante los primeros cincuenta años del siglo veinte suele conducir a muchos a sobre dimensionar la influencia del catolicismo en el contexto nacional en víspera de 1959, pues casi todo apunta a un florecimiento de sus estructuras organizativas como resultado de un ambiente favorable para la actuación de sus miembros.

Desde principios del siglo XX, el cubano había desatado sus afanes de ponerse al día y orgulloso de su emancipación, trató de recuperar el tiempo perdido dejándose penetrar de un espíritu cosmopolita muy favorable a la evolución de las diversas estructuras de la sociedad civil.

Al decir de nuestro Alejo Carpentier "...del 1920 al 1940, puede decirse que La Habana abandonó sus vestimentas de ciudad provinciana, abriendo los brazos a los grandes vientos del mundo"[1] y la Iglesia no se mantuvo ajena a ello, fortaleciendo su imagen exterior con la organización de memorables ceremonias y congresos y a través del envío constante de considerables sumas de dinero a Roma, "su nueva casa matriz", con lo cual alimentó esa imagen de la "Cuba católica" que confundió a muchos en los primeros tiempos del proceso revolucionario[2].

Dos documentos permiten completar una idea más o menos exacta de la evolución operada dentro de la institución hacia este período, tras medio siglo de abolido el Patronato Real, la Encuesta Cómo piensa el pueblo de Cuba sobre la existencia de Dios, Jesucristo, la Virgen, el divorcio, las supersticiones.- realizada y publicitada por la Agrupación Católica Universitaria (ACU) en 1954- y el Informe a la I CELAM: Resumen de las respuestas del Episcopado de Cuba al cuestionario de la Sagrada Congregación Consistorial para la Conferencia de Latinoamérica en Río de Janeiro: La Habana, 30 de marzo de 1955[3],

Uno viene a ser complemento del otro, pues tocan a fondo el estado de cosas tanto en lo espiritual como en lo terrenal y reflejan lo que había logrado recuperar la institución desde el punto de vista oficial, educacional y en cuanto a infraestructura hacia los cincuenta.

Algunas fuentes señalan que la Encuesta se realizó con fines políticos, como es el caso de Alfredo Menéndez, ex miembro del Partido Socialista Popular y jefe de un departamento del Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar en la época.

Méndez dice haber conocido por razones de su trabajo a Melchor W. Gastón, administrador del Ingenio Dolores SA (hoy Pedro Betancourt, en el municipio matancero del mismo nombre), quien facilitó el trabajo a los encuestadores de la ACU en sus propiedades y colaboró con la subvención de la investigación motivado por el interés de tantear el aliento católico imperante[4].

Por su parte, el actual vicario capitular de La Habana, mons. Carlos Manuel, insiste en que la mayoría de los obispos se opusieron siempre a que en Cuba hubiera un partido demócrata cristiano, por lo cual alentaron a los católicos a afiliarse a aquellas organizaciones políticas que eran más afines con sus ideologías.

Sin embargo, el sacerdote no descarta que hubiera laicos de la Agrupación Católica u otros sectores que pensaran en la posibilidad de un partido demócrata cristiano, sobre todo por la ascendencia social que habían alcanzado algunos de ellos[5].

El descontento general con los partidos políticos existentes para la fecha y los preparativos electoreros orquestados por la dictadura para 1954, pueden haber inducido a algunos miembros de la Iglesia a examinar el terreno para constatar el apoyo que podían obtener de crearse un partido de los católicos o algo similar, pero eso es algo que aún se queda en el plano de la especulación por falta de otros elementos probatorios.

Lo cierto es que la encuesta "sobre el sentimiento religioso del pueblo cubano", como también se le conoce, delineó el estado del catolicismo en base a la opinión de cuatro mil adultos de ambos sexos, mayores de 18 años, que fueron entrevistados, dos mil 758 residentes en zonas urbanas y mil 242 en áreas rurales, según lo publicado por los realizadores, quienes dijeron haber visitado más de 100 poblados, "sin contar los caseríos o viviendas aisladas"[6].

Salta a la vista la seriedad con que asumieron su labor los 180 participantes en el trabajo de búsqueda, revisión, codificación y tabulación de los resultados, pues compartieron sin temores la preocupación que los invadió al palpar la escasa interiorización de lo católico del 72, 5 por ciento que se autoproclamó como tal.

"Es preciso aclarar que la palabra católico debe entenderse en todos estos trabajos con un sentido de autoclasificación. Esas cifras comprenden a todos los que dijeron ser católicos. Cuando se analizan las prácticas religiosas y los criterios dogmáticos de tales sujetos, la cifra de verdaderos católicos se reduce notablemente....

Por consiguiente, al valorar ese 72,5 por ciento de la población cubana que dijo ser católico, podríamos aplicar la famosa frase de "no son todos los que están, ni están todos los que son"[7]

Como se podía presumir a priori, la Encuesta... demostró que la inmensa mayoría de los cubanos creían en la existencia de un poder sobrenatural: "un 96,5 de los entrevistados respondió afirmativamente sin dubitaciones, un 2,0 por ciento se negó a responder la pregunta o no supo qué decir. Y sólo un 1,5 por ciento afirmó no creer en Dios".[8]

También se constató que el índice de catolicismo era superior entre los blancos (79) que entre los negros (64) y que tenía mayor arraigo en la clase alta (100), que en la media baja (82) o en la clase baja (67).

Dato curioso ¿verdad? En la misma proporción que se descendía en la escala social, perdía terreno la aceptación de la religión que representaba el episcopado dirigido por el cardenal Manuel Arteaga Betancourt y más interesante aún, sólo un 67 por ciento de los cristianos respondió que Jesucristo es Dios e, incluso, mostraron una "idea vaga" del carácter supuestamente divino de Dios por desconocimiento o deficiente preparación doctrinal[9].

Al mismo tiempo, este estudio tan llevado y traído por los que me han precedido en el análisis del tema por razones obvias, reveló la urgencia de priorizar el trabajo evangelizador sobre todo al interior del territorio nacional con una clara conciencia de las desventajas para el desarrollo de una labor de tal amplitud.

"La primera conclusión que se desprende es la imprescindible necesidad en que nos encontramos en Cuba, de darles a nuestras actividades católicas un carácter más proselitista, de regocijarnos menos con la contemplación de las ovejas mejores que tenemos en nuestro rebaño y ocuparnos más de las ovejas que se encuentran fuera, y que en el caso concreto son muchas más, muchísimas más, que las que están dentro del redil,...

Segunda conclusión: Los grandes móviles que hacen a la mayoría de las gentes, acercarse a la Iglesia o alejarse de ella, no son nunca de carácter teórico o abstracto, sino de orden concreto y personal... no es la aceptación de tal o cual dogma del Credo, lo que aparta a los hombres de la Iglesia, ni son razonamientos doctrinales, los que mueven a aproximarse a ella, sino la conducta personal de los católicos y de los representantes de Cristo...que viven en la localidad (principalmente, como es natural, en la del párroco del pueblo)...

Cuarta conclusión: Una de las mayores dificultades que nuestro pueblo tiene en contra de la Iglesia radica, como hemos visto anteriormente, en el llamado "cobro de los sacramentos" que hace que muchos de nuestros trabajadores y campesinos tomen a mal el tener que pagar los estipendios del bautismo de un hijo y desistan de casarse por la Iglesia, para hacerlo, si acaso, solamente por lo civil..." [10]

Tal estado de cosas siguió siendo arrastrado hacia 1959 por lo que para muchos, las aportaciones de la encuesta de la ACU no pueden ser soslayadas al evaluar los divorcios pueblo-jerarquía, jerarquía-revolución o "catolicismo-revolución" en el trienio 1959-1961.

El repaso de cada argumentación no deja lugar a dudas: para una gran mayoría, ser católico era una suerte de moda que le permitía estar a tono con los de su estamento social, una posible vía de solución a sus problemas terrenales o al menos de desahogo de otros o simplemente el modo de respetar la tradición familiar.

Aunque desde épocas anteriores ya se había definido, desde entonces la religiosidad del cubano suele evaluarse como un collage de ritos, creencias y costumbres, donde lo formal suele diluirse y dar paso a la espontaneidad a tenor de las circunstancias.[11]

Para completar la visión sobre la estructura católica en los cincuentas basta analizar el Informe al I CELAM[12], presentado por la delegación de la Iglesia en Cuba en la reunión inaugural del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), reunido por primera vez con carácter oficial en Río de Janeiro, importante ciudad brasileña, bajo el arbitrio de Pío XII y a petición de los obispos de la región[13].

Delegados de las Antillas, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela asistieron al encuentro, donde habló en nombre de los cubanos el obispo vasco, Enrique Pérez Serantes, por designación de la conferencia episcopal del archipiélago.

Ese resumen aborda temas relacionados con la catequesis; comunicación social; familia, vida, infancia y juventud; laicos; misiones; educación; y liturgia, entre otras.

Coincidiendo con la encuesta de la ACU, el documento reseña que de una población estimada de cinco millones 832 mil 227 habitantes que tenía Cuba entonces, cinco millones 130 mil supuestamente eran "católicos" y podían acceder a unas 172 parroquias, 596 Iglesias y capillas y 11 "quasi parroquias", en poder de la institución eclesiástica en el país.

Pese a los intentos de cubanizar el clero, promovidos por el cardenal Manuel Artega Betancourt desde los cuarenta, hacia la fecha era mayoritaria la presencia de extranjeros dentro de las estructuras eclesiásticas, pues de los 200 sacerdotes diocesanos, sólo 95 eran cubanos, mientras que de los 461 religiosos, sacerdotes únicamente 30, agrega el informe.

Algo similar pasaba con los miembros de las distintas congregaciones u órdenes religiosas, pues de los 329 religiosos laicales, 75 nada más eran nacionales, de mil 549 religiosas de coro, 441, y de 323 Hijas de la Caridad, 115.

La inmensa mayoría de los religiosos provenían de la España franquista y habían sido formados en ella, por lo que era enemigos confesos de cualquier tendencia proizquierdista de pensamiento, además, por ser una prioridad de la Iglesia la educación, alrededor de mil 661 estaban dedicados a ella en los numerosos colegios, centro y catequesis creados al efecto y, junto a los fundamentos de la doctrina social católica y otros conocimientos, transmitían sus prejuicios al respecto.

Unas 136 Hijas de la Caridad estaban enroladas en obras de beneficencia, fundamentalmente en asilos y hospitales, 30 religiosos laicales colaboraban indistintamente en un sanatorio o en una clínica infantil y otros 299 de ellos se ocupaban de la enseñanza, al igual que mil 209 religiosas de coro y 153 religiosos sacerdotes.

Según el Informe a la I CELAM, también en Cuba estaban radicadas las Órdenes Terciarias franciscana, dominica, carmelita y servita- que agrupaba a los franciscanos y franciscanas de raza negra, imposibilitados de pertenecer a la Orden Terciaria de San Francisco por su color- y que el apostolado seglar se practicaba por la oración, las Congregaciones Marianas (Hijas de María, ACU, etc), la Asociación de Caballeros Católicos de Cuba y los Escuderos de Colón, las Damas Isabelinas, la Legión de Cristo, la de María, la Conferencia de San Vicente Paúl, el Movimiento de Profesionales e Intelectuales Católicos, los Médicos Católicos, los Artistas Católicos, entre otros y por una Acción Católica italianizada, al mismo tiempo que se iniciaban los Cursillos de la Cristiandad.

En cuanto a centros de formación sacerdotal, sólo se mencionan los seminarios menores situados en La Habana, Matanzas, y Santiago de Cuba, en los cuales estudiaban unos 114 seminaristas que podrían cursar estudios superiores posteriormente en el único seminario mayor del país: el de San Carlos y San Ambrosio, en el que estaban matriculados 19 futuros sacerdotes.

Para ese entonces, consta en la relación, también existían unos tres noviciados masculinos: el jesuita, el salesiano y el franciscano, cuyas matrículas de conjunto sumaban unos 146 estudiantes y dos noviciados para religiosos docentes: el de la Salle y el de los Maristas, con 17 alumnos en total.

El documento refleja a su vez que la iglesia contaba en 1955 con 212 escuelas- incluidas las parroquiales y las pertenecientes a determinadas órdenes religiosas- a las cuales asistían unos 61 960 alumnos de ambos sexos, cifra que representaba el 2,5 por ciento de la población en edad escolar del país solamente, en la cual estaban comprendidos unos dos millones de niños y jóvenes entre 7 y 18 años de edad. El 30 por ciento del alumnado católico pertenecía al sexo masculino.

Tres centros de enseñanza superior o universidades aparecen relacionados: la de los pp. Jesuitas, la de los hermanos la Salle y la creada por los pp. Agustinos procedentes de los Estados Unidos: Santo Tomás de Villanueva, la cual concentraba una matrícula de mil alumnos, provenientes en su mayoría de las capas más altas de la sociedad habanera.

"La eficacia de los colegios católicos es notable. Casi puede decirse que es una de las principales causas del florecimiento religioso que ha tenido lugar en Cuba de treinta años a esta parte...", argumentaban los obispos para luego insistir en el prestigio alcanzado por un gran número de los colegios dirigidos por religiosos, "Sin embargo, algunos colegios católicos, en particular dirigidos por religiosas, no están a la altura de la pedagogía moderna", acotaban.

A tenor del resumen objeto de análisis, a las propiedades relacionadas anteriormente, la institución eclesiástica sumaba 20 asilos de niños, 21 de ancianos, 3 hospitales de adultos y 2 infantiles, un sanatorio siquiátrico, un leprosorio, un orfanato, una clínica para damas y varios dispensarios y consultorios médicos, donde se dispensaba cierta gratuidad en dependencia de la extracción social de los pacientes.

Organizada en dos arquidiócesis y cuatro diócesis, en correspondencia con las seis provincias en que estaba dividido el territorio nacional, la Iglesia contaba además con centenares de cofradías entre las que se contaban la del Santísimo Sacramento, la de la Virgen de Loreto, de Fátima, del Santísimo Rosario, de Nuestra Señora de la Caridad y otras.

Las actividades en esas cofradías, congregaciones y asociaciones religiosas eran sufragadas con recursos provenientes de contribuciones de sus miembros y sólo en ocasiones excepcionales recibían un extra de la jerarquía, las órdenes religiosas o el clero. Esa es una de las razones por las cuales las obras eclesiásticas nunca lograron abarcar a todos, aunque también pesó el insuficiente número de religiosos en el país y su concentración en las ciudades, mayormente en los barrios donde residían los más adinerados- única posibilidad de agenciarse cuantiosos fondos que costearan y hasta hicieran rentables las actividades pastorales- algo que apartó progresivamente a amplias masas populares de la Iglesia[14].

Para 1955, agrega el informe, la misión apostólica de la Iglesia continuaba realizándose a través de la catequesis y de las obras piadosas institucionalizadas en las diferentes parroquias, congregaciones u asociaciones de seglares, que dirigidas por sacerdotes muchas de ellas, eran formas auxiliares del apostolado jerárquico.

Desconociendo un tanto lo arrojado por la encuesta de 1954, el resumen realizado para la I CELAM, aseguraba que el catolicismo tenía fuertes raíces en la nacionalidad cubana y apoyaba esos planteamientos en un 90 por ciento de personas autoproclamadas creyentes, pese a que no eran consecuentes en la práctica del evangelio ni poseían una adecuada formación doctrinal.

Un aspecto que no podemos soslayar es el modo en que el episcopado corroboró que "a pesar del laicismo imperante", el Estado y la Iglesia mantenían muy buenas relaciones y que de hecho "el Estado ofrece a la Iglesia un trato especial, por ser la religión mayoritaria del pueblo cubano, prestándole incluso ayuda económica para la construcción de templos y escuelas y para sus obras de beneficencia, aunque esta ayuda no es regular ni se incluye en el presupuesto nacional".

Otro comentario de la época nos completa la visión sobre lo que ocurría en la mayor parte de esos colegios católicos y que todo parece indicar, no tuvieron en cuenta los responsables de informar a la CELAM:

"las escuelas católicas son las más costosas. Todo lo pagan los alumnos. Las niñas y niños que asisten como becados, por ser pobres, son tratados con diferencias humillantes: se les obliga a salir y entrar por puerta distinta de la principal"[15]

Para muchos constituyó una afrenta en esas épocas de crisis, la construcción de "siete iglesias a pleno lujo" en los predios capitalinos de Miramar y hasta la distante Playa de Santa Fe, resultado de la inversión de un millón de pesos y con "curas que viajan en automóviles propios, todo lo cual ha sido obtenido con la caridad mal entendida de nuestras familias acomodadas y la de la clase media", mientras numerosos niños andaban descalzos, parasitados y durmiendo algunos de ellos "en un saco de yute, en un cajón o en el suelo".[16]

Un paso importante en la divulgación de la actividad desplegada por los miembros de la Iglesia fue la inclusión de la Sección Católica en los principales diarios que circulaban por el país, aproximadamente desde 1945 cuando Santiago Claret, uno de los periodistas más sobresalientes desde los años ‘20 y director del diario Información, decidió incluir una columna religiosa donde prevalecieran suertes de crónicas o comentarios del acontecer católico[17].

Al comprobar la aceptación de la estrategia aplicada por ese medio, El Diario de la Marina, El Mundo y El País decidieron ampliar los espacios destinados tradicionalmente a difundir todo lo relacionado con el catolicismo.

"La prensa es una de las más importantes funciones y actividades de la Acción Católica", había señalado en 1929 el Papa Pío XI y la jerarquía católica en Cuba asimiló la lección, explotando al máximo las posibilidades de propagación de su accionar y el de los seglares para lograr una mayor aceptación.

También en el período surgió la Unión de Profesionales Católicos, organización que agrupó a unos 50 intelectuales bajo la dirección del p. Pastor González, sacerdote de vocación tardía y conocedor de los intríngulis políticos, pues había sido Subsecretario de Agricultura durante los gobiernos de Carlos Manuel de Céspedes y de Carlos Mendieta Montefur y miembro del ABC antimachadista[18].

La exclusión de los negros de los programas caritativos o evangelizadores de la Iglesia fue una constante durante estos años. Condenable en cualquier coyuntura, es comprensible tal discriminación en una sociedad que evitaba cualquier roce con los "de color" y que renegaba de sus raíces africanas, motivando enconados debates como el protagonizado por importantes figuras de la cultura nacional una década antes bajo el slogan de ¡Abajo la lira, arriba el bongó![19].

Eso explica por sí solo la tardía y reducidísima inclusión de negros en las matrículas del Seminario y los recelos con los cuales fue ordenado el primer sacerdote "de color"- p. Armando Arencibia- en 1942.

Pese a lo progresista de esos cambios, la realidad en las distintas parroquias y comunidades de fieles nunca varió del todo, pues muchos negros y mulatos no pudieron perdonar la ceguera de los católicos frente a su condición social y prefirieron mantenerse apartados de sus cultos ante la posibilidad real de ser mal mirados.

Uno de los pocos obispos que alcanzó considerable ascendencia entre los sectores populares por su entrega al trabajo misionero fue mons. Pérez Serantes; a quien era más fácil encontrar en zonas de la Sierra Maestra que en la sede del arzobispado santiaguero, o en Roma, o en congresos como a otros, según los testimoniantes.

Como consecuencia de la elevación de mons. Arteaga Betancourt al rango de "Príncipe de la Iglesia", el laicado cubano entró en contacto con los representantes de las comunidades eclesiales asentadas en el resto de las Antillas y Centroamérica entre 1946 y 1954.

Varios congresos, seminarios y reuniones entre representantes eclesiásticos de diferentes naciones tuvieron como sede La Habana desde finales de los cuarenta y promovieron el despegue del catolicismo y de su principal organización, la Acción Católica Cubana.

La realización del Seminario Interamericano de Estudios Sociales (enero de 1946), promovido por la National Catholic Welfare Conference[20]; del Primer Congreso Eucarístico Nacional (21 de febrero de 1946)[21]; la Segunda Semana Interamericana de Acción Católica (febrero 1949) inauguraron esas celebraciones.

Ya con el avance de los 50´, la institución eclesiástica organizó el Congreso Regional de la Juventud Obrera Católica (1952), el Congreso Nacional Guadalupano (1953) y el Congreso Interamericano de Educación Católica (1954)[22].

Para esa época comenzaba a avizorarse cierta rivalidad entre algunas de las asociaciones de seglares, alimentadas por la propia evolución de la institución eclesiástica en el período y por el contexto sociopolítico y económico en el que desenvolvía la actividad de las mismas.

"Las contradicciones en el mundo universitario eran agudas entre la Agrupación Católica Universitaria, con un magnífico local en Mazón y San Miguel, en La Habana, patrocinada por la Compañía de Jesús; y la Juventud Universitaria Católica patrocinada por la Acción Católica. La JUC contaba con menos recursos, pero al ser parte de la Acción Católica reclamaba para sí el liderazgo católico en los predios universitarios. Aquella división estaba haciendo daño a la unidad interna de los jóvenes católicos universitarios...Se hablaba de la caridad cristiana, el perdón la misericordia y la mansedumbre en medio de enconadas polémicas por el control de un poder que, en definitiva, debía ser presidido por el culto al único y mismo Dios, en una sola Iglesia y con una sola fe, ¿cuál era entonces el motivo de aquellas contradicciones sino la soberbia y la ambición humanas, similar a la de los escribas y fariseos?...

Las contradicciones estaban presentes en una divergencia evidente entre el lenguaje, los mensajes, los documentos doctrinales y la acción cotidiana. El problema se reflejaba con fuerza, e impedía la necesaria unidad de acción, que les permitiera influir más decisivamente en la vida nacional"[23].

La ACC desarrolló su primera Asamblea General en noviembre de 1956. En ella, los representantes de las cuatro ramas mostraron cierta satisfacción porque su apostolado había permanecido supuestamente ajeno a toda militancia política en medio de la complicada coyuntura nacional, tal y como la jerarquía había insistido en una Circular Conjunta emitida semanas antes de la reunión.

A pesar de tales manifestaciones, los testimoniantes refieren que algunos laicos ya participaban en la lucha insurreccional para entonces, sólo que por decisión personal continuaban como simples afiliados a la organización sin asumir cargos de dirección significativos dentro de ella para no comprometer la imagen de la institución eclesiástica ante el régimen.

 

-Gestación de un ideario anticomunista en la Cuba del período

El modo de expresarse una sociedad determinada en ciertas épocas de su evolución, conserva y recrea las determinaciones del pensamiento cotidiano, manteniendo inalterable el sentido primario más no su significado y, por ser la reiteración lo que marca hábitos y costumbres, la traducción lingüística tiende a erigirse como transmisor de tales rutinas, confiriendo a cada grupo social una identidad específica en su ámbito natural, la sociedad civil.

Teniendo en cuenta tales razones, la sociedad civil deviene refugio de las tradiciones, hábitos, costumbres y conceptos valorativos que el grupo dominante proyecta como estereotipo a imitar y que no parecen guardar relación alguna con el Estado o los mecanismos de reproducción y consecución del poder.

La aparente uniformidad que ofrece ésta, esconde la ruptura que significa la existencia de diferentes grupos, clases y estratos sociales, cada uno de los cuales genera una refracción valorativa propia, de acuerdo con sus condiciones reales de vida[24].

La evolución del pensamiento católico en Cuba en los ´50, estuvo sensiblemente marcada por la realidad nacional de entonces y por la influencia de acontecimientos y procesos que tuvieron lugar más allá de los límites del archipiélago, cuestión ésta que no siempre se ha tratado con el peso que realmente posee al evaluar la dinámica de las relaciones Iglesia- Estado tras el triunfo revolucionario.

A pesar de los riesgos que implica una generalización, asumimos que en la conformación de un imaginario anticomunista en la etapa influyeron los ecos de la "guerra fría", articulada por el imperialismo contra el creciente avance de las fuerzas progresistas al término de la Segunda Guerra Mundial; la mayoritaria presencia en la institución eclesiástica de religiosos de origen español, marcados por los acontecimientos de la década del treinta en España y por los dogmas de una Iglesia Católica preconciliar y la doctrina social difundida por la institución eclesiástica en el período.[25]

La permanente labor de sacerdotes y religiosos hacia los ´50, entre los que se inscribe con particular preponderancia el p. Manuel Foyaca de la Concha, sacerdote jesuita, Conciliario Técnico de la Junta Directiva de Acción Católica Cubana y fundador del Movimiento Democracia Social Cristiana, contribuyó a la difusión de los aspectos fundamentales de la doctrina social de la iglesia anterior al Concilio Vaticano II, marcada por un furibundo anticomunismo.

La inestimable influencia de las enseñanzas del p. Foyaca, como se le reconocía en los círculos laicos habaneros, estuvo muy aparejada a la aparición en las publicaciones de los grupos de Acción Católica Cubana y otras de corte religioso de cuestiones relacionadas con las orientaciones dictadas desde Roma, transmitidas a su vez por conductores de las Iglesias locales y reporteros a cargo de las Secciones Católicas de los más importantes periódicos.

Todos ellos marcaron como hierro candente al cuero del ganado la mentalidad de los católicos cubanos al favorecer el desarrollo de un imaginario orientado contra la "peste moral", la "abominable secta", los "perversos delirios", la "propaganda diabólica", los "engaños premeditados", el "veneno", la "brutalidad repugnante" u otros calificativos de corte medioévico con los cuales León XIII, Pío XI y Pío XII, procuraron anatemizar al marxismo, convencidos de los lazos que lo unían a la matriz anticristiana de la Ilustración.

El anticlericalismo enarbolado por la revolución mexicana de 1910; la política desplegada por el poder soviético después del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre de 1917, que demostró enorme hostilidad a la Iglesia Ortodoxa y otras denominaciones y limitó la libertad de expresión de los creyentes; y la persecución religiosa desatada en España en los años treinta bajo las banderas del marxismo, enarboladas por el llamado Frente Popular, resucitaron el temor ante cualquier proceso revolucionario[26] y ahondaron el sentimiento anticomunista entre las principales figuras del catolicismo.

Las encíclicas de Pío XI Quadragesimo anno[27] promulgada en mayo de 1931, en el cuarenta aniversario de la Rerum Novarum; Delecctísima Nobis (3 de junio de 1933) y Divini Redemptoris (19 de marzo de 1937)[28]; el Decreto contra el comunismo (1949) y los Mensajes de Navidad de Pío XII (1940 a 1949), entre otros, así lo corroboran.

El apego a la concepción anticomunista que marcó el pensamiento católico por más de medio siglo- sustentado en ese cuerpo de reflexiones papales encaminadas a guiar la práctica social de los seglares-, sirvió de parapeto ideológico a las acciones de los principales representantes de la institución eclesiástica en el país, quienes se distanciaron durante las insurrección armada contra el batistato y luego arreciaron sus ataques en la misma proporción en que fueron delineándose las intenciones nacionalistas, democráticas y liberales del gobierno revolucionario al producirse la radical transformación de la propiedad.

En el contexto de los cincuenta, a las fuerzas interesadas en revertir el orden imperante en los países latinoamericanos no les quedaron muchas opciones por el despliegue de la cruzada anticomunista que supuso la mal llamada "guerra fría"[29], sobre todo al concretar Estados Unidos una mayor influencia en la región.[30]

Todo eso trajo consigo la polarización de los conflictos sociales y de los sectores protagónicos en ellos, que en el caso cubano adquirió molduras sui generis por la genialidad política que demostraron los líderes de la lucha antidictatorial al maniobrar dentro de tales circunstancias históricas para atraer al máximo de fuerzas a su alrededor.

Conscientes de los prejuicios prevalecientes en la época y, ante la urgencia de lograr la unidad de todos los factores interesados en derrocar a la dictadura, la dirección revolucionaria soslayó las diferencias alimentadas por la propaganda antisoviética y elaboró un discurso filosófico- cultural que difería de la literatura política de moda, en el cual se entrecruzaban ideas socializadoras o procomunistas de forma velada para desbrozar el camino hacia la aceptación popular.[31]

 

- La Iglesia frente a la dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar

Algunos testigos de la década coinciden en que al producirse el golpe de estado del 10 de marzo, la institución eclesiástica estaba liderada por el mejor conjunto de obispos de su historia, tanto por la calidad de la pastoral enarbolada como por el nivel científico o intelectualidad de algunos de ellos, entre los cuales sobresalían el cardenal y el obispo, también historiador, Eduardo Martínez Dalmau, quien era gran conocedor de Biblia y de Saber y Cultura, asignatura de la cual escribió un texto y otros comentarios de reconocido valor.

A pesar de sus claras luces, la mayoría de los miembros de la alta jerarquía trataron de mantenerse al margen de los acontecimientos políticos, sin tomar en consideración lo que ello podía repercutir en la visión futura de la mayoría sobre la institución.

El primer signo de esa estrategia conciliatoria fue el telegrama de reconocimiento formal al gobierno inconstitucional, rubricado a menos de un mes del madrugonazo por mons. Arteaga en nombre de la Iglesia y dirigido a la figura que encabezó el golpe militar.[32]

Testimoniantes y otras fuentes históricas coinciden en que los pronunciamientos condenatorios fueron evitados por la oficialidad eclesiástica desde los momentos iniciales del batistato, a pesar de las declaraciones de principios de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), a las condenas de la Asociación de Estudiantes de Derecho y a la cruzada de los más jóvenes contra la ilegalidad del régimen y al encauzamiento de fieles cristianos como el profesor católico Rafael García Bárcena, quien organizó el primer intento insurreccional contra la dictadura.

Bárcena, prestigioso filósofo cubano, autor del tratado Redescubrimiento de Dios, donde procuraba establecer la relación entre los avances de la ciencia y sus creencias religiosas, encabezó la "Conspiración del Domingo de Resurrección" (5 de abril de 1953), en la cual participaron numerosos estudiantes y jóvenes que pretendían avanzar sobre la posta 13 del Campamento Militar de Columbia, en Marianao para derrocar al dictador[33].

Pero mientras una cifra considerable de laicos se sumaba de manera independiente a la lucha insurreccional, el episcopado se empeñaba en consolidar la posición social alcanzada por la institución, evitando cualquier fricción con el orden político vigente.

El distanciamiento del acontecer nacional exhibido por la jerarquía católica durante los 16 primeros meses de la dictadura sólo quedó violado durante el contexto de la carnicería desatada tras los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, de Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente:

La brutalidad que revelaron los miembros de la policía y del ejército al interior del territorio de la arquidiócesis santiaguera obligó a tomar partido, aunque únicamente trascendieron los llamados de mons. Pérez Serantes.

Testimonios recogidos por la autora señalan que, al conocerse los resultados de la primera réplica armada a la dictadura, el cardenal fue impelido para que intercediera por la vida de Fidel Castro y de otros asaltantes que permanecían escondidos de las autoridades santiagueras.

Un testigo directo de aquellos acontecimientos, el laico Juan Emilio Friguls, recuerda su designación como miembro de la comisión que realizaría las gestiones en nombre de la Iglesia Católica.

"...yo no puedo decir que haya ido oficialmente en nombre del laicado...Me llamaron del arzobispado el 28 de julio de 1953...era Raúl del Valle, secretario personal del Cardenal...que por favor, fuera para allá...Me recibió el Cardenal..., que si estaba dispuesto a cualquier gestión, que él ya no tenía edad para ir allá y que eso pertenecía a mons. Enrique Pérez Serantes...Que habían preguntado a Pérez Serantes si quería que yo fuera como mediador y el dijo que sí, con una condición... de que no interviniera nadie del gobierno..., que fuera una cosa eminentemente de la Iglesia y por eso pidió dos laicos, para confirmarlo"[34]

El arzobispo de Santiago de Cuba ya había decidido hacerse acompañar de un laico de origen español que residía en su jurisdicción, Enrique Canto, tesorero de la colonia española y presidente de la juventud de Acción Católica en Oriente[35], mientras que el cardenal delegó en Friguls por los vínculos que este tenía con la región oriental desde sus épocas como delegado de la Federación de la Juventud de Acción Católica y por su actividad periodística desde la Sección Católica del Diario de la Marina.

Al mismo tiempo que se coordinaban acciones, mons. Pérez Serantes daba a conocer a sus feligreses las gestiones que realizaba frente a las autoridades con tal de que cesara la violencia a través de una pastoral.[36]

El mismo día que se dio a conocer ese documento, Friguls viajó con destino a Santiago de Cuba, autorizado por la dirección del Diario de la Marina, pero advertido por la jerarquía de que no iba en calidad de periodista sino como miembro de una misión "diplomática":

"llegué al aeropuerto santiaguero [29 de julio] vestido como para una boda; con pantalón de dril cien, camisa blanca y corbata negra...Llegamos sobre las once y pico de la noche...me esperaba un jeep del Arzobispado...no había nadie en las calles todo estaba lleno de soldados. El arzobispo me pidió que no llamara a nadie, ...y que a las seis y media de la mañana del día siguiente el me recogería en el jeep..."[37]

En las primeras horas del 30, mons. Pérez Serantes dirigió una misiva al coronel Río Chaviano, jefe del Regimiento No. I Antonio Maceo, a cargo del mando militar de la provincia. En ella se brindaba gustoso para ir en busca de los fugitivos que habían atacado al cuartel Moncada y agradecía las facilidades que le habían brindado las autoridades para su gestión.[38]

Conocida la macabra carrera de los miembros del Ejército de la República, puede prestarse a confusión el cúmulo de bendiciones prodigadas en su carta por el prelado al aliado de Batista. Sin embargo, una lectura desprejuiciada del texto en cuestión y el recuento del riesgoso ambiente en el cual se movía mons., ofrecen argumentos suficientes para comprender y hasta justificar en cierta medida el rejuego diplomático utilizado con tal de evitar más crímenes y preservar la integridad de los sobrevivientes del grupo comandado por Fidel Castro, lo que al final se logró por la acción independiente de él y de otras personas ajenas a la institución católica.

Después de desayunar con el recién llegado de la capital en la sede del arzobispado, en la mañana del 30, el arzobispo recibió a "una joven, trigueña...ella le pidió hablar en privado, muy apenada....después me enteré que era una normalista y que tenía que ver con el movimiento revolucionario...luego fuimos a buscar a Canto que vivía en Vista Alegre, el Cubanacán de Santiago..."[39]

Ya en compañía de Canto, mons. le orientó al chofer dirigirse a la carretera Siboney, donde los esperaban dos muchachos "vestidos con pantalón de mezclilla en una guardarraya", que los condujeron hacia una manigua que servía de refugio a cinco de los asaltantes al Moncada y casi al llegar allí, apareciendo unos soldados que empezaron a tirar tiros, mientras la comisión católica intercambiaba con Juan Almeida, Armando Mestre, Alcalde y dos revolucionarios más.[40]

Lo que aconteció posteriormente se conoce, sobre todo por los trabajos de la periodista Martha Rojas, los cuales devinieron en insustituibles documentos históricos para conocer el desarrollo del juicio contra los asaltes y todo lo que ocurrió con ellos luego.

A partir de esos acontecimientos, la oposición al régimen se hizo más virulenta y numerosas parroquias, locales de las asociaciones laicales y otros sirvieron de escenario para la labor conspirativa antibatistiana con la anuencia de sacerdotes y religiosos.[41]

No puede afirmarse que los curas alentaran a los jóvenes a participar en el movimiento subversivo contra la dictadura, pero sí hubo quienes ayudaron a esconder a los perseguidos por el régimen como es el caso del p. Ángel Gazteluz, quien ocultó en la parroquia del Espíritu Santo a Sergio González (El Curita), días antes de su asesinato en una calle de la capital[42].

Muchos de los documentos que recogieron el rechazo al golpe militar o que fueron emitidos en el transcurso de la guerra de liberación por las fuerzas opositoras incluyeron también frases alusivas a Dios, pero tales pronunciamientos no pueden asociarse a una postura cómplice de la jerarquía católica en el período, pues era una costumbre de la época invocar al "todopoderoso" y puede comprobarse en correspondencias personales, oficiales, publicaciones y testimonios individuales.

Además, no debe perderse de vista que algunos de los principales dirigentes del movimiento revolucionario habían estudiado en colegios católicos o pertenecían a familias cristianas y la principal pretensión que tenían era aunar esfuerzos para pelear por la patria igual que un siglo atrás lo intentara nuestro José Martí con la creación del Partido Revolucionario Cubano, "con todos y para el bien de todos".[43].

 

- Desatada la tormenta, discrepancia de opiniones

Diversas son las opiniones acerca de la contribución de la Iglesia a la guerra contra la dictadura, pero es indudable la total ausencia de una política oficial con respecto al problema cubano. Obispos, dirigentes laicos, católicos y hasta el propio nuncio apostólico, mons. Luis Centoz, defendían criterios diferentes con respecto al papel que debía desempeñar la institución o a sus deberes[44].

La heterogeneidad de posiciones frente al conflicto podemos delimitarla en tres grupos fundamentales que tenían un aspecto en común: carecían de una plataforma y de métodos comunes para enfrentar esos problemas.

El más minoritario de estos grupos, pero también el más consciente de la situación que atravesaba el país, estaba integrado fundamentalmente por laicos que recibieron el visto bueno de mons. Pérez Serantes, de los obispos Evelio Díaz Cía (Pinar del Río) y Alberto Martín Villaverde (Matanzas) en cierta medida; de la dirigencia de los grupos sociales de la Juventud Católica y de la Juventud Obrera Católica y de la mayoría de los párrocos y seglares cubanos.

En el bando radicalmente opuesto, podemos citar a aquellos que se nuclearon alrededor del obispo de Camagüey- español de nacimiento-, mons. Carlos Riu Angles, y de su homólogo en Cienfuegos, mons. Martínez Dalmau.

La coincidencia de intereses con la tiranía marcó los derroteros por los cuales encaminaron sus pasos estos y sus seguidores con tal de mantener el status quo que los beneficiaba. Pueden insertarse también en esta corriente la mayor parte de los religiosos españoles radicados en Cuba, algunos líderes de la influyente Agrupación Católica Universitaria, administrativos de la Universidad Católica de Villanueva, hacendados, ganaderos y el núcleo fundamental de la burguesía urbana.

Inclinada a defender la estabilidad de la Iglesia a cualquier precio y de espaldas al arreciamiento del conflicto nacional, localizamos una tercera posición, cuyo portavoz fue el cardenal Arteaga Betancourt.

Muchos católicos secundaron a su máximo representante, quien intentó hasta el último momento la reconciliación entre los principales grupos en pugna con tal de allanar el camino hacia una solución negociada sin mayores consecuencias.

La contribución de la reducida minoría del primer grupo que consignamos, en el que se incluyen además los pp. Francisco Beristaín y Jorge Vez Chabebe- Moisés o Madrigal, tesorero del 26 de julio en la capital-, Ribas Canepa, Maximino Bea, Lucas Iruretagoyena y el "Comandante" Guillermo Sardiñas- que ejercían funciones como capellanes del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra hacia 1958- y otros; demostró que la religión era compatible con el espíritu revolucionario en política, aunque fuese un tanto minimizada a raíz de los acontecimientos que marcaron la dicotomía Iglesia- Estado en el trienio 1959- 1961.

Aunque renegamos de los extremos, que han conducido a algunos a enaltecer con ribetes de leyenda lo que en definitiva fue una prolongación del accionar de un pueblo entero, cabe reconocer que esos representantes del clero y otros tantos que a nivel de parroquias apoyaron la insurrección fueron, tal vez sin proponérselo, los precursores del movimiento radical de izquierda que cobró vida dentro de la Iglesia Católica Latinoamericana en los sesenta, cuyo principal exponente fue el sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo (1929-1966).

Todos los testigos de la época coinciden en que el cardenal Arteaga bendijo a muchos de los sacerdotes y laicos que posteriormente se sumaron directamente a la lucha, fundamentalmente en los dos últimos años, impulsados por la muerte de su correligionario José Antonio Echevarría (13 de marzo de 1957) y la desfachatez creciente de los esbirros. Pero de ningún modo, estos ejemplos pueden ser considerados exponentes de una política oficial de la Iglesia Católica frente a la dictadura por razones abordadas anteriormente.

"...la falta de unidad entre los dirigentes eclesiásticos fue un rasgo típico del rol político de la Iglesia durante el año anterior a la victoria de Fidel Castro. Al mantener la jerarquía una interpretación claramente contradictoria con respecto a las responsabilidades de los católicos frente a los continuos abusos de Batista (hasta cierto punto su deseo de proteger sus propios intereses), los obispos perdieron la oportunidad de crear una nueva posición de contacto con el pueblo, especialmente dada la contribución de muchos laicos y sacerdotes seglares quienes, al ver la naturaleza del conflicto, ya habían asumido plenamente esos compromisos morales. Para muchos católicos resultó inaceptable que, frente a la represión y el asesinato repetidos (y hay que recordar que murieron 20 000 cubanos en la lucha contra Batista), la jerarquía- con la excepción notable de Pérez Serantes- no emitiera ninguna declaración firme respecto a esa situación"[45]

Otro reflejo de la inexistencia de un consenso entre los jerarcas eclesiásticos motivó notables cuestionamientos por parte de la dirección revolucionaria y de los propios católicos: los intentos de conciliación nacional encabezados por el episcopado en febrero de 1958.

Partidarios de una salida negociada al conflicto, los obispos apoyaron calurosamente lo que entonces transcendió como el "diálogo cívico" entre los políticos tradicionales y las instituciones del país para lograr una salida de Batista del poder por métodos pacíficos.

La propuesta partió de mons. Pérez Serantes y el 25 de febrero tuvo lugar la primera reunión de los obispos en la sede habanera, donde también estuvo presente el nuncio apostólico, mons. Luis Centoz.

Pese a que al final los participantes coincidieron en la aprobación de una "Exhortación del Episcopado" que debería darse a conocer a toda la nación, la prensa se encargó de divulgar los pormenores del encuentro, en el cual prevaleció la diferencia de criterios de los obispos Riu Angles (Camagüey) y Martínez Dalamau (Cienfuegos) con la posición pacificadora de sus correligionarios.[46]

Cierto que la actitud mediadora y el documento correspondiente no pueden considerarse como una toma de posición muy concreta por parte de la Iglesia ante la situación política reinante, pero tales expresiones provocaron un estado de alerta entre los representantes del poder, que envueltos en los trajines preparatorios de las elecciones a efectuarse a finales del año, decidieron convocar a todos los censores de prensa para evitar su divulgación.

La Prensa Asociada y la Prensa Unida dieron al traste con esas intenciones, pues ya habían publicado la información, con lo cual impidieron el establecimiento de una nueva censura como propusieron algunos de los implicados[47].

Cumpliendo con el proyecto conciliador, la jerarquía nombró una "Comisión de Concordia" integrada por el p. Pastor González, el banquero Víctor Pedroso, Raúl de Cárdenas y Gustavo Cuervo Rubio, quienes aceptaron la misión de establecer los contactos necesarios con los partidos opositores, las fuerzas guerrilleras y el gobierno.

Los dirigentes del Partido Nacional Revolucionario, del Movimiento de Liberación Revolucionaria, del Partido Revolucionario Cubano (auténtico) y otros entrevistados aceptaron la iniciativa de la Iglesia y propusieron el establecimiento de garantías genuinas, la amnistía política y el regreso de los exiliados, a pesar de algunos pronunciamientos discordantes.

Este proceso, alentado desde la Iglesia, demostró la falsedad de una supuesta ansiedad de los cubanos de participar en la justa electoral y puso en estado de alerta al régimen, a pesar de la cautela que mantuvieron los miembros de la Comisión de Concordia que en ningún momento solicitaron abiertamente la renuncia del dictador; pues documentos con tonos similares habían contribuido al derrocamiento de las dictaduras militares establecidas por Gustavo Rojas Pinilla y Marcos Pérez Jiménez, tras ser emitidos por los obispos de Colombia y Venezuela, respectivamente.

Con la agudeza política que lo distinguió siempre, el líder del movimiento insurreccional no tardó en manifestar su desacuerdo con la tibieza de los obispos, proponiendo algunas aclaraciones necesarias en el texto, a través del noticiero de la emisora radial CMKC, de Santiago de Cuba, el 9 de marzo de 1958:

"1) que el episcopado debe definir qué se entiende por "Gobierno de Unidad Nacional".

2) que la alta jerarquía eclesiástica debe aclarar al país si considera posible que algún cubano digno y que se respete a sí mismo, esté dispuesto a sentarse en un Consejo de Ministros presidido por Fulgencio Batista.

3) que esta falta de definición por parte del Episcopado está dando lugar a que la dictadura trate de canalizar su gestión hacia una componenda entregüista y contrarrevolucionaria.

4) que, en consecuencia el Movimiento 26 de julio rechaza de plano todo contacto con la Comisión de Conciliación

5) que al Movimiento 26 de Julio solo le interesa exponer su pensamiento al pueblo de Cuba, y reitera, por tanto, sus deseos de hacerlo ante una comisión de representantes de la prensa nacional

6) que habiendo transcurrido una semana de nuestro emplazamiento público sin que la misma (...) haya dado respuesta alguna fijamos de plazo hasta el 11 del corriente, para que el tirano diga sin más dilación ni rejuego, si permite o no el tránsito de los periodistas por el territorio que dominan sus tropas

7) que vencido ese plazo, el Movimiento 26 de Julio hará un pronunciamiento definitivo al país, lanzando las consignas finales de la lucha

8) que a partir de este instante el pueblo de Cuba entero debe estar alerta y poner en tensión todas sus fuerzas.

Las cadenas están al romperse"[48]

¡Premonitorio documento! El final de la dictadura estaba cerca y el desencuentro con las opiniones conciliatorias de la mayoría de los miembros de la jerarquía eclesiástica cobraba forma; esta oportuna respuesta aclaratoria dejó entrever el ambiente de inconformidad que avanzaba entre las fuerzas inmersas en la lucha en la Sierra y el llano con el silencio mantenido por la oficialidad de la Iglesia ante la ilegalidad del gobierno establecido el 10 de marzo y los crímenes cometidos por sus personeros.

El episcopado no se dio por aludido frente a las exigencias de la principal figura del Movimiento 26 de Julio. La iniciativa partió del Conjunto de Instituciones Cubanas, que expresó públicamente su opinión en torno a las posibilidades de resolver pacíficamente la crisis proponiendo el cese del gobierno y su sustitución por uno de carácter provisional, formado por "prestigiosos ciudadanos".

Representantes de 43 asociaciones religiosas, fraternales, profesionales, cívicas y culturales firmaron esa solicitud, que incluía un listado de condiciones a cumplir para viabilizar el revertimiento de la difícil situación nacional, agravada por la guerra civil.[49]

El cuestionamiento a los propósitos reelectorales y el peligro de una campaña de descrédito por parte de los guerrilleros, también motivaron la rápida maniobra del primer ministro, Emilio Núñez Portuondo, quien canceló las gestiones de la "Comisión de Concordia" justificando ante la opinión pública que el "gobierno de unidad nacional" estaba reflejado en el gabinete ministerial bajo su mando, cuyo objetivo fundamental no difería de las propuestas del episcopado[50].

En su sección "En Cuba", del 16 de marzo de 1958, la revista Bohemia reflejó los sucesos alrededor de la "Exhortación del Episcopado", e incluyó un comentario de mons. Pérez Serantes, muy esclarecedor de la posición del arzobispo frente a los mismos:

"yo creo que el documento está bastante claro...Un gobierno de unión nacional debería ser un gobierno distinto. Tendría que ser un nuevo gobierno (...) Creo que está dicho todo".

A pesar del descalabro de las propuestas conciliatorias de febrero, mons. Pérez Serantes continuó insistiendo en el transcurso de 1958 sobre la urgencia de una solución a la crisis socioeconómica y política que atravesaba el país, solicitando el concurso de todos los que pudieran contribuir a ello.[51]

Con motivo de las festividades de la Virgen de la Caridad del Cobre, el arzobispo de la provincia oriental emitió una circular el 22 de agosto en la que llamaba a invocar al "Señor" para que retornara la paz, pero a menos de dos meses, tuvo que insistir, indignado por el descaro con que ciertos elementos de la dictadura exhibían el cuerpo de un joven rebelde, víctima de sus abusos:

"...acontecimientos cada día más trágicos se han ido sucediendo con mucha frecuencia en esta nuestra zona oriental, tan duramente probada...

Se nos informa...que, después de haber perdido la vida en las inmediaciones de esta ciudad un joven rebelde, su cadáver fue paseado por algunas calles a la vista d multitud de personas que con horror e indignación tuvieron necesidad de verlo.

...pedimos a quien corresponda una palabra de reprobación del hecho bochornoso, una actitud de justa represión, y la seguridad de que hechos de esta naturaleza no habrán de repetirse..."[52].

Como en etapas anteriores y posteriores, el prelado de origen vasco demostró ser el obispo más identificado con los problemas que aquejaban a sus feligreses, quienes vivieron muy de cerca los horrores de la contienda armada.

A punto de las navidades de 1958, la retórica de Serantes ataca más de cerca a los que preferían continuar con los ojos y oídos cerrados ante la barbarie y se disponían a festejar en medio del hambre y el luto que azotaba a un sector muy amplio de la población ellas.[53]

 

Viernes, 05 de Enero de 2007 09:47 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.

La Iglesia Católica en el epicentro de las transformaciones

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"Las revoluciones no son paseos por hermosos prados por donde los hombres marchan sin dificultad. Los procesos de cambio están cargados de ellas y las multiplican. La Historia no transcurre en forma lineal: las situaciones contradictorias generan pasiones en las que se desliza el conflicto humano y marcan el proceder revolucionario"

Armando Hart Dávalos

La ausencia de pronunciamientos determinantes por parte de la jerarquía contra la dictadura encabezada por Fulgencio Batista (1952-1959) aceleró la identificación paulatina de los creyentes cubanos con el ideal revolucionario, que cobró impulso con la adopción inmediata de leyes y decretos democrático-populares a partir del triunfo del 1 de enero de 1959.

Incluso, desde mediados de los cincuenta, muchos condenaron tal silencio, al compararlo con las valientes posturas asumidas por las jerarquías de Argentina, Colombia y Venezuela contra los gobiernos similares que habían sometido a esos países latinoamericanos.

El rechazo a esas posiciones, la criminalidad exhibida por la dictadura hacia 1958 y el interés de la Iglesia en mantener su "libertad" con tal de conseguir mejores condiciones para cumplir su "misión"[1], explican un tanto porque los obispos saludaron el advenimiento del gobierno encabezado por Fidel Castro.

Pero en poco tiempo, la afabilidad cedió paso a una abierta confrontación como resultado de la radical conversión del orden socioeconómico y político existente y por los compromisos y la articulación social de una iglesia preconciliar y sin instrumentos para el reacomodo[2].

La revolución significó un reto para el pensamiento católico en Cuba, donde prevalecía un imaginario anticomunista como resultado de la Guerra Fría, la divulgación de las injusticias cometidas contra los creyentes en los países socialistas, la doctrina social emitida desde Roma y la mayoritaria presencia en la institución eclesiástica de religiosos de origen español, marcados por los acontecimientos de la década del treinta en su país.

Confundidos ante la nueva coyuntura, que marcó la interrupción del proceso de reavivamiento religioso verificado en el transcurso de los cincuenta, los católicos asumieron diferentes posiciones en los momentos iniciáticos del proceso transformador iniciado luego de la victoria contra la dictadura.[3]

Mientras algunos se marcharon confiados en un pronto regreso, sujeto a la actuación de Washington, otros partieron decididos a no regresar jamás. Pero entre los que se quedaron, también se percibieron posiciones heterogéneas: unos se enquistaron para preservar su fe de las influencias de la "peste abominable", al mismo tiempo que un segundo grupo se sumó al desarrollo de los nuevos proyectos.

Inmersos en el maremoto revolucionario, algunos católicos se apartaron de manera progresiva de su fe y de la práctica religiosa, en tanto otros, tal vez los más consecuentes con su credo, defendieron sus convicciones sin apartarse ni un momento de la construcción de un modelo más justo de sociedad.

Protagonistas de todo "lo hermoso, desagradable y duro que puede ser una revolución", esos creyentes se montaron en el tren en marcha desde enero de 1959 y tuvieron que sortear por más de dos décadas los desafíos de un proceso de profunda justeza social orientado hacia el comunismo "intrínsecamente perverso".

Ellos se vieron obligados a defender sus convicciones religiosas ante la áspera crítica contra el "opio del pueblo", como consecuencia del desencuentro Iglesia-Estado, alimentado por la hostilidad de la jerarquía y el sectarismo de algunos supuestos revolucionarios, que se escudaron en la asimilación del modelo soviético con su variante ateísta presumiblemente científica. [4]

Esta cuestión se vinculó al entorno creado por el despliegue del conflicto Estados Unidos- Cuba, del cual es imposible sustraerse al evaluar el entorno en el cual se desenvuelve la dinámica contradictoria de las relaciones entre ambos poderes a partir del primer bienio revolucionario.

Los vínculos con los sectores afectados de forma económica por las medidas revolucionarias y el apego al anticomunismo de la totalidad de los obispos dieron lugar a discursos coincidentes con los emitidos desde Washington y eso profundizó la confrontación entre ambos polos, reflejada en la denominada guerra de las pastorales (1960).

La conflictividad fue en ascenso a partir de la circular Por Dios y por Cuba (mayo 1960), emitida por Monseñor Enrique Pérez Serantes, Arzobispo de Santiago de Cuba, y su tono marcadamente anticomunista quedó acuñado de manera definitiva en la circular Ni traidores ni parias , del 24 de septiembre de ese año.

 

"a los funcionarios de Norteamérica no nos ligan vínculos de sangre, de lengua, de traición, de conciencia o de formación...los funcionarios de Norteamérica no han ejercido ni una sola vez, directa o indirectamente, influencia alguna sobre Nos, como no la han ejercido jamás los falangistas, con los cuales nunca hemos tenido relaciones de ninguna clase...pero no tenemos rubor en decir, y nos parecería cobardía no decirlo, que entre norteamericanos y soviéticos, para nos no cabe vacilar en la elección...Por amor a Cuba estamos dispuestos a que nos llamen contrarrevolucionarios y traidores. Eso sí, siempre diremos: Cuba sí, comunismo, no"

 

Este documento, de corte radical, delimitó como ningún otro las posiciones de los obispos después de la Circular Colectiva del Episcopado Cubano (7 de agosto de 1960) y motivó numerosas acciones de rechazo de la población e incluso de católicos ya sumados a la vorágine revolucionaria.

Circulares, artículos periodísticos y cartas pastorales delimitaron entonces las posiciones de los jerarcas católicos, semejante a la de quienes defendían el acercamiento a Estados Unidos, cuyo gobierno ya había manifestado su oposición al mandato de Fidel Castro y alentaba numerosas acciones encaminadas a su desestabilización[5].

Pese a eso, los dirigentes estatales mantuvieron un sistemático ataque a todo tipo de discriminación que pudiera perjudicar la unidad e insistieron en no privilegiar credo alguno, algo que, de modo paradójico, negaron las Tesis y Resoluciones sobre la Religión, la Iglesia y los Creyentes, aprobadas durante el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (1975) y aún vigentes.

La guerra sin cuartel contra el "oscurantismo religioso", anunciada en el pleno constitutivo del PCC (1965) y legitimada por los congresos celebrados luego, marcó la práctica política durante las dos décadas iniciales de la revolución.

En el caso cubano, una decisión partidista de tal envergadura conformaba un patrón a seguir por las restantes estructuras y se tradujo en asedio cuestionable hacia los seguidores de cualquier religión, pero en especial, hacia los católicos.

Testigos de esos años todavía recuerdan las desgarraduras provocadas por el envío de creyentes a campamentos agrícolas junto a marginales y presos comunes; las obligadas planillas o preguntas que tuvieron que responder para acceder a una beca, centro laboral u organización de masas; la oposición descarnada a incluirlos en las nóminas de las organizaciones políticas, entre otros.

Al margen de esos errores, incomprensiones y desavenencias, causados en la mayoría de los casos por una incomprensión de la verdadera política estatal, la dirección política de la nación evidenció la búsqueda constante de soluciones para actuar con respecto al fenómeno religioso y sumar a los creyentes a la construcción del socialismo.

Momento trascendental constituyó la celebración del IV Congreso del PCC (1992), en el cual se modificaron los Estatutos y se eliminaron las ambiguas formulaciones que permitían interpretar la no aceptación de los creyentes en las filas de esa organización política.

En el encuentro se propusieron además cambios en la Constitución, que implicaron la precisión explícita del carácter laico del Estado, de la libertad religiosa en tanto derecho y de la no discriminación por razones religiosas.

De igual modo, la Carta Magna garantizó a partir de esa fecha que no se impidiera el ejercicio del culto, con agravantes si el delito fuera practicado por algún funcionario estatal, con lo cual se desterraba cualquier posibilidad de abuso de poder u otro similar.

Muy a la par, la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del PCC- creada desde los 60´s y encargada de las relaciones oficiales con las organizaciones religiosas- continúo la línea inaugurada por su otrora director, Felipe Carneado, y desplegó una estrategia favorable al acercamiento a las instituciones y grupos religiosos nacionales y extranjeros, con lo cual evidenció el afán por superar distancias y viabilizar la comprensión.

Largo resulta el camino por recorrer en ese sentido, pues este movimiento no se opera de forma homogénea ni acelerada y tropieza con la resistencia al cambio en diferentes niveles de la sociedad, marcados por estereotipos y prejuicios contrarios a esas intenciones unitarias, favorecidas por el entorno creado a partir de la visita del otrora Papa Juan Pablo II.

Durante su recorrido por las provincias cubanas, el extinto Karen Wojtyla incluyó en sus discursos varios elementos de crítica sociopolítica, al mismo tiempo que calló en relación con los logros alcanzados por el gobierno de la revolución en diferentes campos.

De cualquier modo, su estancia en el país reforzó la autoridad de la Iglesia local e impulsó la apertura del espacio de los católicos en el contexto nacional, en el cual comenzó a vislumbrarse la multiplicación de publicaciones periódicas e instituciones dedicadas a divulgar la realidad del mundo católico y el respeto a su doctrina social posterior al Concilio.


 

Viernes, 05 de Enero de 2007 09:32 Autor: Isabel Soto Mayedo. ;?> No hay comentarios. Comentar.


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