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Augurios en los libros del Chilam Balam

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La rabia acumulada por la destrucción de sus comunidades y el empeño en infundir vida a la mitología y tradiciones mayas inspiraron los apocalípticos libros del Chilam Balam.

Concebidos tres siglos después de iniciada la conquista y colonización de América”, éstos vaticinan el posible desmoronamiento de la bóveda celeste, el hundimiento de la tierra, la destrucción y renacimiento de los nueve niveles del inframundo, los 13 cielos, y el robo de la Gran Serpiente.

De modo similar al Popol Vuh o Libro del Consejo de los mayas quichés, estas obras narran un mito originario donde los dioses de ese mundo oculto mantienen cautivo al universo y relacionan los anuncios de sus deidades sobre el dolor que causarían hombres extraños.

“Venido de la boca de Dios es y lo manifiestan cinco sacerdotes. Sacerdotes Adoradores, llegados a la presencia de Dios. Ellos profetizaron la carga de la amargura para cuando venga a entrar el cristianismo”, recordaban tres siglos después.

Los autores de estos textos aseguraban que el Profeta y Evangelista Balam auguró además que junto a esa creencia se expandirían por esta parte del mundo “vómitos de sangre, pestes, sequías, años de langosta, viruelas, la carga de la miseria, el pleito del diablo”.

Las referencias a quienes se “beben a los hermanos esclavos de la tierra” reflejan el velado rechazo a esos seres de barba que cambiaron por la fuerza del arcabuz el rumbo de estas comunidades.

“Falsos son sus Reyes, tiranos en sus tronos, avarientos de sus flores...No hay verdad en las palabras de los extranjeros. Los hijos de las grandes casas desiertas, los hijos de los grandes hombres de las casas despobladas, dirán que es cierto que vinieron ellos aquí”.

En lo fundamental, los libros del Chilam Balam rescatan tradiciones religiosas y mitológicas de los mayas, razón por la cual destaca entre ellos la "cuenta de los katunes", relatoría de sucesos históricos de notable repercusión.

Estos hechos fueron analizados conforme a la lógica del concepto del tiempo cíclico elaborado por los sabios de esa civilización.

Varios investigadores coinciden en que el chilam balam o sacerdote-jaguar pudo haber existido y que la titulación de los manuscritos derivó del respeto que logró granjearse entre sus contemporáneos por su honor y grandeza.

Otros afirman que el nombramiento de estos textos responde al reconocimiento a un supuesto adivino de cosas ocultas al resto de sus paisanos o a varios de ellos.

Lo cierto es que, tal como llegaron a nuestro tiempo, contienen una incalculable información sobre la sociedad en el Yucatán colonial, permeada del ámbito en que fueron concebidos y de los aportes de la cultura española.

Tal era el respeto de estas mujeres y hombres a lo narrado en esos textos, que un determinado libro de este grupo, propiedad de una comunidad o estrato social, era resguardado por el jefe, sabio o sacerdote.

Para garantizar su rápida identificación, al título original se le añadía el patronímico con el que se conocía a esa población, lo cual explica la existencia del Chilam Balam de Chumayel y de los de Maní, Tizimín, Laua, Ixil y Tusik, entre otros que sobrevivieron al desgaste del tiempo y al descuido de los seres humanos.

Hecho lamentable, si se considera que estas fuentes facilitan una mejor comprensión del México colonial, en el que la Iglesia Católica trató de imponer la fe a partir de una cuestionada obra evangelizadora y de una amplia labor educacional, como en el resto del subcontinente.

Con el ánimo de propagar el cristianismo para “salvar a las almas” diseminadas por estas tierras de los “terribles fuegos del infierno”, miembros de las distintas órdenes religiosas enseñaron el castellano y hasta el latín a varios nativos.

Resultado de esas enseñanzas, a los idiomas indígenas se les adaptó el alfabeto llegado a través del Atlántico y se le añadieron signos representativos de los sonidos que les eran ajenos.

La nueva escritura se organizó con fines puramente religiosos en la mayor parte de los casos, pero herederos de un peculiar estilo de narrar, los mayas pronto captaron su potencial para expresar sus ideas.

En igual proporción que lograron dominar los códigos impuestos, procuraron a su vez asentar en la lengua de los conquistadores profecías, rituales e incluso, peticiones a la corona española.

De los prestigiosos manuscritos surgidos bajo este signo, pocos son tan reconocidos como los Libros del Chilam Balam, identificados en base a la costumbre de designar a los sacerdotes, chamanes o videntes de esta cultura mesoamericana con el vocablo chilam.

Balam, en cambio, hace alusión al temido jaguar, solo que en este caso fue utilizado conforme a su acepción de título honorífico.

El texto hallado en Chumayel afirma que las palabras recogidas en sus páginas fueron compuestas para ser dichas “al oído de los que no tienen padre y de los que no tienen casa” y llama a ocultarlas “como se esconde la Joya de la Piedra Preciosa”.

Por su parte, la interpretación histórica de Yucatán o profecía del sacerdote Napuc Tun pronosticaba que la tierra ardería y chorrearía amargura como antesala al tiempo del dolor, del llanto y la miseria.

“En los días que vamos a tener, ¿qué Sacerdote, qué Profeta dirá rectamente la voz de las Escrituras?”, se preguntaba a su vez el sabio o sacerdote Ah Kuil Chel, reconocido como uno de los anunciadores del futuro en estos libros.

Mas, los entendidos suelen apreciar en mayor medida las palabras del Chilam Balam por la sutileza con la cual logra transmitir sus opiniones, supuestamente vinculadas a la impronta del cristianismo trasplantado por los europeos.

Tras reconocer que en el Trece Ahau serían arrolladas las deidades mayas Itzá y Tacna, preconizaba que en señal del único Dios (Hunab Ku, "Unica-deidad") llegaría el Arbol sagrado (Uaom Ché, madero-enhiesto) de lo alto, mientras que por el poniente se acercarían los hombres del Sol (Ah Kines, "Sacerdotes-del culto-solar").

Al mismo tiempo, llamaba a recibir a los huéspedes de barba, provenientes de las tierras del oriente y conductores de la señal de Dios, pero auguraba que este sería el principio de los que denominó hombres del Segundo Tiempo.

“Cuando levanten su señal en alto, cuando la levanten con el Arbol de Vida, todo cambiará de un golpe. Y aparecerá el sucesor del primer árbol de la tierra, y será manifiesto el cambio para todos”, afirmaba.

Luego añadía: “Buena es la palabra de arriba, Padre. Entra su reino, entra en nuestras almas el verdadero Dios; pero abren allí sus lazos, Padre, los grandes cachorros que se beben a los hermanos esclavos de la tierra.

“Marchita está la vida y muerto el corazón de sus flores, y los que meten su jícara hasta el fondo, los que lo estiran todo hasta romperlo, dañan y chupan las flores de los otros”.

Estos y otros pronunciamientos, recogidos en los ocho libros que sobrevivieron de los 18 atribuidos al adivino o brujo Balam, se suman a los que recuerdan sucesos desde el siglo V de nuestra era hasta bien avanzado el período colonial.

Quizás eso explica por qué también se refieren a la tragedia de los vencidos, al proceso de la conquista y vaticinan todo lo que acarrearía el ejercicio del poder de los españoles en esta región.

Miércoles, 04 de Junio de 2008 16:43. Isabel Soto Mayedo #. Indígenas

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