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Medios de Comunicación y Desarrollo

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La revolución más radical, en términos sociales, es aquella que logra transformar a los seres humanos en cuanto a la forma de ver el mundo, de relacionarse con los de su especie, con la naturaleza, e impulsar prácticas asociadas a esos nuevos códigos.
Más, el progreso del pensamiento sólo es posible a partir del conocimiento del entorno y ello depende en alto grado de la información recibida por los distintos canales establecidos: la familia, la enseñanza escolar, las instituciones, las organizaciones sociales, círculos de amistades, y medios de comunicación, entre otros.
En la medida en que esta información sea oportuna, confiable, atractiva, y ofrezca los argumentos explicativos necesarios para su comprensión y aceptación, así será asimilada por sus receptores y servirá de elemento potenciador del desarrollo.
La maduración mental de los individuos, de su capacidad intelectiva, es determinante para avanzar en el orden social y ello exige más que acciones encaminadas al incremento de los bienes materiales.
El crecimiento -entendido como el mejoramiento general de los niveles económicos, políticos, culturales, psíquicos y espirituales de las personas, en consonancia con la satisfacción de sus necesidades básicas- resulta impensable sin la comunicación.
Esta debe propiciar la comprensión individual de la realidad y de los problemas por resolver, para lo cual es indispensable la transmisión continua de conocimientos.
Por supuesto que en gran medida, el receptor procesará las informaciones recibidas según sus códigos de valores, gustos estéticos y visión del mundo, pero de cualquier manera siempre será un imperativo privilegiar la eficacia en la elaboración de los mensajes comunicativos, en correspondencia con el grado de desarrollo intelectual de la sociedad.
Seres humanos y sociedad son lo que se piensan y no lo que se les dice que pueden ser y en este amanecer del siglo, el pensamiento personal y el social se forman y dependen cada vez más del funcionamiento de los medios masivos de comunicación.
Frente al reforzamiento de la globalización, pocos logramos salvarnos de la dictadura mediática a que se nos somete.Por más resistencia que hacemos, a veces terminamos sucumbiendo frente a una que otra propuesta de la pertinaz lluvia de supercherías bien pensadas que los encargados de oxigenar al capitalismo transmiten por estas vías, acorde con los postulados de dominación de ese sistema y en los cuales escasean las sutilezas. .
Las trasnacionales mediáticas y sus repetidoras nacionales multiplican sus ingresos con el manejo de poderosas armas: la información, la publicidad y el entretenimiento. La combinación de estas les permite imponer estilos de vida e intereses, el individualismo, el consumismo, la pérdida de identidad, y la dependencia en todos los órdenes.
Los códigos inoculados por los megamedios y sus sucedáneas incitan a mujeres y hombres a dedicar más tiempo al cuidado de la apariencia, que a pensar. Simplificar parece ser la fórmula mágica.
La relativización de las posiciones políticas, económicas y en general; la ambigüedad de los personajes y situaciones relatadas; la superficialidad al representar el entramado social y a los actores- receptores de los mensajes, procuran frenar la tendencia humana a tratar de entender lo que acontece y en particular, cómo el pasado incide en el hoy. Esa no es cuestión que deba preocupar, sugieren en clave subliminal los agentes de la difusión.
En esta era de monopolios mediáticos, la rigurosa jerarquía impuesta mantiene sólo a ciertas televisoras y periódicos como referentes de la información circulante por el mundo, quienes exhiben sin recato el traje de soldados e indispensables engranajes de la organización y ejecución de planes dirigidos a avasallar voluntades.
Aunque los medios masivos de comunicación no provocan obligadamente efectos automáticos en la población, ocupan un lugar central en el desarrollo de las mentalidades y sensibilidades, particularmente la televisión, tanto o más que las principales infraestructuras educativas de nuestra civilización.
La distribución de información orgánica puede producir nuevas formas de conciencia en cualquier territorio y estas, a su vez, provocar cambios conductuales ajenos a los tradicionales.
Un poder reconocido a los medios masivos de comunicación es su capacidad para alimentar y excitar los sentidos y en eso son expertas las megatelevisoras y otros órganos de prensa contemporáneos, cuyos espacios informativos, de opinión, seriales, o telenovelas, circulan por el mundo y arrastran a millones de personas de todas las ideologías, grados de instrucción y sectores sociales.
Lo anterior jamás debe entenderse como una sobrevaloración de la capacidad de convencimiento de los medios. Admitimos que es cuestionable la posibilidad de estos de mover voluntades por si solos, cambiar ideologías y convencer de algo totalmente opuesto a lo que el público o los públicos viven.
Las informaciones transmitidas por los distintos canales comunicativos nunca son asimiladas de forma homogénea y por encima de la habilidad seductora de algunos de ellos siempre se erige la realidad y la experiencia personal de cada receptor, más fuerte que la producción simbólica y virtual de los mismos.
Pero en esta época de transición, en el orden civilizatorio, más vale no andarse con triunfalismos: mensajes comunicativos huecos, vacíos de contenido y retóricos, logran enamorar hasta a lo más cautos, en un terreno donde la competencia es brutal y está marcada por una total disparidad en el orden tecnológico.
La propuesta “mercadológica o hollywodense”, que concibe a los receptores como meros consumidores reales o potenciales diferenciados por estratos de ingreso, bien saborea su efectividad sobre grandes públicos. Más, el empeño de los que pensamos distinto no puede menguar.
Carezco de fórmulas mágicas o antídotos contra el mal, pero coincido con quienes piensan en que la recuperación de los espacios perdidos pasa por comprender a los auditorios “como complejos sectores humanos enmarcados por múltiples problemáticas educativas, laborales, económicas, habitacionales, étnicas, nutricionales, lingüísticas, políticas, etc., que deben resolverse para subsistir”.
Los medios de comunicación deben actuar como instrumentos culturales, propiciar la distribución de sensibilidades y conocimientos especializados por zonas de conflictos y no como empresas aisladas productoras de abundante información, divorciada de la situación en los barrios, en las municipalidades, o que afectan de algún modo a toda la nación.
Recursos tecnológicos, finanzas, talento y creatividad, deben ponerse en función de producir cargas informativas y atmósferas emotivas capaces de generar conciencia y enfrentar las contradicciones que frenan su progreso y el de la sociedad, en general.
Los públicos deben ser abordados como lo que son: sectores en distintos grados de desarrollo económico, político, social, cultural, psíquico, espiritual; cargados de interrogantes, anhelantes de informaciones, y no como meros receptores pasivos de informa
ción y decisiones centrales.

Martes, 15 de Diciembre de 2009 09:18. Isabel Soto Mayedo #. Poder y Comunicación

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