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Pasado y presente en las tardes de Trujillo

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La tarde puede perderse en Trujillo, pero siempre renace al batir de las olas sobre las costas de esa porción caribeña de Honduras, donde los conquistadores españoles celebraron su primera misa en América continental, en 1502.

Cada aurora es un augurio de fiesta en esta ciudad, siempre custodiada por sus vecinas más cercanas: las montañas Capiro y Calentura, en el norteño departamento de Colón.

Quizás tales guardianas son los responsables de la tranquilidad que reina en las calles de la primera capital del país centroamericano, en las cuales confluyen multiplicidad de estilos arquitectónicos de matriz española, inglesa, o francesa.

Esta urbe modesta y acogedora, habitada por más de 30 mil personas, tampoco escapa de la impronta vernácula expandida por el Gran Caribe, ni del recuerdo de las invasiones constantes de corsarios y piratas en los siglos XVI al XVIII.

La Fortaleza de Santa Bárbara, construida en la centuria décimo sexta, es testigo de los esfuerzos realizados por colonizadores y lugareños para defender la ciudad de las incursiones de los hombres de mar.

Por desgracia, muchas veces estos empeños terminaron en la frustración y los invasores -sin patas de palo, ni parches en los ojos, como suelen aparecer en la ficción popular- colmaron sus baúles más de una vez con el botín arrebatado durante jornadas enteras de saqueo.

Ello explica el traslado de la capital a Comayagua, unido a las incongruencias de un clima que provocaba numerosas bajas entre los colonizadores españoles, aunque llenaba de gozo a sus nativos.

Entre disímiles armazones de piedra, hormigón, madera, guano u otros materiales constructivos, la historia cobra vida cada día en Trujillo.

Esa ciudad es mucho más que el enclave turístico en que devino al pasar de los años. Trujillo es sus templos católicos sin grandes lujos, sus callejuelas empedradas, la sonrisa de su gente y el trinar de las aves.

Es un buena parte de la trayectoria del pueblo hondureño, a partir de la primera visita del almirante Cristóbal Colón (1502), pasando por la fundación de la aldea Triunfo de la Cruz (1524); hasta su conversión en un importante punto de embarque de oro y plata extraído del interior del país.

Trujillo es la remembranza de las cuitas entre los conquistadores europeos, sus abusos, sus intrigas por el poder. El lugar donde finalmente el filibustero estadounidense William Walker pudo ser capturado y ejecutado, como colofón a sus campañas guerreristas en Centroamérica.

Este punto de la geografía hondureña distingue por su carácter de reservorio del primer asentamiento humano creado por los colonizadores españoles en una época donde empezaba a emerger un nuevo mundo.

Y aunque poco queda de uno de los puertos de mayor apogeo del continente, hasta hace poco más de medio siglo, permanecen las huellas de la gloria disfrutada en las instalaciones comerciales y políticas creadas por ingleses, franceses y holandeses.

Muchos de estos viajaron y establecieron sus residencias en la urbe atraídos por su fama e importancia para los negocios, pero igual por el gran patrimonio natural, ecológico y cultural que la rodea.

Trujillo es el lugar propicio para fondeadero de las naves y una entrada natural a los valles de Aguan, Agalta y Olancho. Los suelos que rodean a su centro urbano, ubicado a unos 250 kilómetros de Tegucigalpa, son propicios para los cultivos de café, coco y frutales, sobre todo plátanos.

La zona en que está enclavada, además, es desde siempre asiento de indios pechs, misquitos y de pueblos garífunas o de origen africano. Quizás por ello, esta ciudad antigua mantiene el influjo mágico que arrojan los siglos sobre el pasado en forma de mitos y leyendas.

Unos y otras renacen con nuevos matices cada aurora en torno a las aguas saladas que bañan Punta Caxinas, a las tranquilas que engalanan la Laguna de Guaymoreto, o a las ocultas por la esplendorosa vegetación del Parque Nacional Capiro y Calentura, evidencias del patrimonio sin par de Trujillo.

Lunes, 23 de Julio de 2012 12:59. Isabel Soto Mayedo #. Crónicas Nuestroamericanas

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Periodista con experiencias como corresponsal de prensa en Bolivia, Nicaragua, y Guatemala.
Licenciada en Educación especialidad Filosofía e Historia, con estudios de Doctorado en Ciencias de la Comunicación, de Maestría en Historia de América Latina, el Caribe y Cuba; y diplomada en Periodismo, Género y Comunicación, en Relaciones Internacionales, y en Problemas y retos de la Globalización en América Latina.
Investigadora del Instituto de Historia de Cuba, con estancias en el Departamento Ecuménico de Investigaciones (Costa Rica), en El Colegio de México y en la Universidad Nacional Autónoma de Managua (Nicaragua), y como periodista invitada de la Organización Internacional de las Migraciones.
Premio Iberoamericano de Ensayo sobre las Libertades Laicas (México, 2010), Premio Margot Rosezensweig de Poesía de la Academia Mexicana de Literatura Moderna (México, 2003), y Premio de Mini-cuentos. Editorial Generaco Ltda. (Brasil, 2011)

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